Cómo no te voy a querer

En el deporte, la presencia de la Bestia Negra siempre ha sido motivo de seducción y morbo. Ambas cosas conducen a conductas, a veces anómalas, a veces viscerales, pero siempre acompañadas de heroísmo y estoicidad. De lo que se trata es de vencer al monstruo, eso que no nos deja dormir a gusto, el sueño reparador de los triunfadores

En el futbol, se le conoce como la Bestia Negra a ese equipo al que no podemos vencer, el que nos hace la vida difícil, al eterno enemigo que, sin saberlo del todo, se convierte en nuestro referente…para bien o para mal. Esa Bestia, no obstante, ayuda a plantear la vida de distinta manera, porque superarle nos allana el camino para ser mejores en el largo y sinuoso camino del balompié, en particular el de la Federación Mexicana de Futbol.

Había pasado mucho tiempo que el Pumas de la UNAM no le ganaba al América, por lo menos en la única forma posible de derrotarle: con contundencia y estrépito. Ya habíamos comentado que la manera de honrar a los adversarios es no tenerles compasión, así que, si lo tienes caído lo conveniente es no dejarle levantar porque, algún día, ese mismo no la tendrá contigo. Y así sucedió el domingo pasado, en lo que se convierte en una de las enormes hazañas en la historia de los Pumas, por todo lo que se involucra en esta ya desastrosa y surreal liga mexicana.

Por lo menos, de tres años para acá, el América se había convertido en eso, esa jodida Bestia a la cual no habíamos podido doblegar. Además de la afrenta que significaba perder con el equipo de la oligarquía y el conservadurismo, más lo era caer con el acérrimo rival de la universidad nacional, pero exactamente el más odiado de todos. Porque, por favor, el verdadero clásico del futbol mexicano no es contra el Chivas del Guadalajara, sino América-UNAM. Y lo es por varias razones que ya hemos expuesto en este espacio, pero puede resumirse en que no es una rivalidad únicamente futbolera, sino que se enfrentan dos proyectos de nación y de sociedad; dos visiones de cómo se expresan las instituciones en este país desigual: uno, la UNAM, pretendidamente inclusiva y democrática. Dos, el América y Televisa, oligarca y de una evidente élite financiera.

De ahí que este triunfo universitario, con una nómina bajísima, con jugadores de incipiente carrera (mucha enjundia, poca calidad), sin nombres famosos, con todo lo máximo que puede generar un club que no tiene dinero, ni grandes presupuestos mercadotécnicos, le sabe a gloria histórica porque se le dio en la línea de flotación de uno de los dos equipos más poderosos de la liga, en términos de inversión y patrocinadores. Es más que un logro, sin duda.

Porque derrotó al primer lugar del torneo, al más rico y al más presumido, hay que decirlo con todas sus letras. Le propinó un traspié justo en la liguilla, no en la temporada regular, sino en la instancia donde el América era el favorito para llevarse el título. La súper poderosa empresa se tambaleó, porque ya van dos intentos en este año que se quedan al filo. Y ahora derrotados por su eterno adversario. Si la maquinaria de hacer dinero (y de “distribuirlo”, a diestra y siniestra) se trastabilla con una derrota así, bien estamos haciendo los Pumas. No se trata de ganar, simplemente, sino de rebasar las posibilidades de que el América y su ideología quede como la única representación de cómo entender el futbol mexicano. Hay que hacerlo a un lado, si se puede desaparecerlo, porque le ha hecho mucho daño a la liga y al deporte nacional.

Se le ganó a una empresa millonaria que, siempre berrinchuda, cambió –por enésima vez- las reglas de liga para su propia conveniencia. Y ahora casi el último lugar le ganó, con toda autoridad, con toda la energía juvenil que siempre ha caracterizado a la UNAM.

Y desde luego, derrotamos a la Bestia Negra. La paciencia es un arte que se cultiva a base de paciencia, mucha paciencia y, sobre todo, de saber que “algún día” deberá llegar la nuestra, la que nos pertenece, porque la historia habla así de nosotros. No diría esto si los Pumas no fueran un equipo grande. Y como tal, lo que deberíamos hacer es estar agradecidos de realizar la hazaña de este fin de semana pasado. Entrañable club, la UNAM. De querencias mucho más allá del futbol, toda mi familia es Puma y algunos de sus estandartes adornan las paredes de las casas de mis hermanos con algún poster del Ché, de Emiliano Zapata y los Who.

Gane o pierda su próximo encuentro, la Universidad Nacional ya salvó la temporada. Nadie puede perder en el clásico, pero de hacerlo, lo haces con honor y valentía. Lo mismo si ganas: no es ganar por ganar, en estas instancias el triunfo por sí mismo es mediocre, sino a quién le ganas y cómo lo haces. Contextualizar las derrotas y los triunfos son méritos de un club grande, con aciertos y desaciertos, pero vencer en medio de las perores tribulaciones dentro de un torneo que, para la UNAM, comenzó como pesadilla y ahora culmina (o no, capaz damos mucho más de lo ya otorgado) como gloria al hacer a un lado a la Bestia egoísta y pagada de sí misma. Hace poco, alguien me había preguntado por el significado de las pertenencias en el deporte. No supe contestar bien, pero ahora se resume de la manera más tripera posible: “¿Cómo no te voy querer? Si mi corazón azul es, y mi piel dorada. Siempre te querré”.

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