Sabines y Gertrudis: un recuerdo imaginado

Fotografia: cenotes.org

 

El mitin ha terminado, frente al mar, en la ciudad caribeña, en el sureste del país. La luz del sol ilumina al mar y se alza gineta sobre las olas. La tarde está ingresando al tiempo. Tomo a Gertrudis del brazo y le digo: “Vamos a comer al restaurante del Cenote. Te gustará”. Gartrudis me ve, agradecida y asiente: “vamos”. Llegamos. En las orillas del Cenote los pinos se yerguen como flechas salidas de la piel de la Tierra. El musgo huele a humedad. Un viento lento anima las hojas además de arrancar murmullos a los pinos. EI viento invoca la voz del bosque. No se oyen los pájaros, aunque esporádicos aleteos advierten su presencia. La quietud domina el paisaje en esta hora intemporal de luces y sombras, del dominio del claroscuro. Gertrudis está exhausta después del mitin y ansiosa de llegar al Cenote y olvidarse del bullicio de las consignas, las promesas, los aplausos. Ni ella ni yo nos imaginamos lo que encontraríamos al ingresar al restaurante a orillas del Cenote. Sentados, escuchamos el caminar de Sabines, su amplia sonrisa al reconocernos y el apresurar el paso para encontrarnos. Estamos solos los tres en el restaurante. “¡Que fortuna!” Dice Sabines al saludarnos: “Gertrudis y tu, juntos, ¡que encuentro!” Exclama de nuevo el poeta. “Que tarde hemos pasado”-respondo-provocando el recuerdo del mitin convocado por el Candidato. “Había que estar aquí después de los discursos”, afirma Sabines mientras Gertrudis clava la mirada en el Cenote y solo musita: “¡cuanta paz!” Sabines le acaricia la cabeza y dice: “siempre seremos pequeños ante la naturaleza”. “Eso nos enseñó Franz”, agrega Sabines mientras Gertrudis sonríe ante el recuerdo de aquel explorador con quien compartió la vida. Justo intervengo para opinar: “la poesía es una posibilidad de”…No me deja Sabines terminar la frase para afirmar: “la poesía no, la vida. Sólo la poesía, que habla de la vida, abre la posibilidad de entenderlo todo”. Y se sienta al lado de Gertrudis a la orilla del Cenote. La luz del sol se torna débil, aunque no insuficiente para iluminar el bosque. El viento sigue lento, jalonando las hojas que parecen obedecerle con pereza. La reflexión de Sabines hermana la palabra con el paisaje: “la poesía está hecha del habla de lo cotidiano”-dice-“porque esa es su máxima capacidad de decir”. Voltea el rostro hacia nosotros: “no encuentro nada más allá de la poesía, excepto que es sinónimo de amor. Con la poesía lo significamos todo”. Gertrudis asiente y exclama: “también la fotografía se hermana con la poesía porque es reservorio de la memoria”. “¡Caray! Exclamo. ¡Qué puedo decir como antropólogo!”. Sabines se anima, habla con ánimo, disfrutando la confrontación de voces que el viento al revolotear en los árboles parece responder. “Lo ven”-nos dice-refiriéndose a los sonidos del bosque y del agua: “Ahora somos parte de la naturaleza por virtud de la palabra”. “Y viceversa”-respondo-“la palabra transforma a la naturaleza y la incorpora a la Cultura.” Gertrudis me ve con sorna y solo agita la cabeza. Sabines enciende el cigarrillo e inhala a profundidad. Ahora la pequeña incandescencia del cigarro compite con la tenue luz del sol. El rostro de Sabines se ilumina cada vez que el cigarro visita sus labios. No se ha quitado los lentes. Ve con profundidad esforzándose para no perderse las hazañas postreras de la luz, resbalando sobre un color turquesa cada vez más borroso. Justo en un momento así Gertrudis nos interpela: “Ven amigos lo que la fotografía es capaz de hacer: detener la luz, lograr que el sol no se apague y con ello, alumbra la memoria”. Sabines revira: “la poesía es como la luz. Sin ella la Cultura está en tinieblas”. “Pues si”-dice Gertrudis-“por eso acompaño la vida con mi cámara”. Mientras ellos hablan, pienso: “¡que personajes! Sabines y Gertrudis, hermanados en su destino por Chiapas, esa Tierra en la que florece la poesía y cuya vocación está inserta en la variedad de la Cultura”. La tarde ha terminado. El viento, lento, sigue animando a las plantas, otorgándole voz a los pinos, mientras la luna remplaza al sol, con otra presencia, con otra luz. El Cenote ya no es visible, sólo se percibe por el sonido del agua. “La poesía está aquí-dice Sabines-al lado del tiempo”. Nos ve mientras se levanta dejando caer la colilla, aplastándola bajo el zapato, iniciando el regreso. Hay una vereda en el musgo que está sugerida por la luz de la luna. Lo tomo del brazo y le digo: “Jaime, ¡lo que haz dicho explica el gran tema de tus poemas, la vida cotidiana”¡ “Todo lo que hemos hablado es la vida”-responde Sabines-y sigue: “Comerse la luna a cucharadas, amar intensamente, aburrirse en soledad, soltar las carcajadas, invocar a la nostalgia, ponerse de mal humor, bailar un danzón, beber pozol en Chiapa, asombrarse frente a la Pochota, oir la marimba, oler la lluvia, fumar, acordarte de la muchacha que cachondeabas en el cine, sentir la tierra fría, disfrutar la soledad, leer, dormir, llorar frente a la muerte. Todo eso es vivir” Sabines se detiene antes de abandonar el restaurante. Enciende otro cigarro y con él en los labios concluye: “La poesía es nuestra capacidad de vivir, recordando” “Y por eso son compañeras con la fotografía” casi grita Gertrudis.  Sabines nos abraza y camina por el sendero. Se dirige hacia su auto estacionado a unos metros. “Adios Jaime” le gritamos Gertrudis y yo. Mientras tomo del brazo a Gertrudis para dirigirnos al vehículo que nos transportará hasta la ciudad caribeña, pienso en lo que tengo que asimilar de esta experiencia tan singular: haber conversado, escuchando, a dos demiurgos de la chiapanequidad.

Bosques de Santa Anita, Tlajomulco de Záuñiga, Jalisco. A 14 de marzo, 2026.

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