Después del mar…

Mural pintado en la nueva cancha deportiva en El Nuevo Bosque. Foto: Marissa Revilla
Más de 100 personas perdieron sus casas en esta comunidad costera. Aunque fueron reubicadas tierra adentro, el desplazamiento no terminó: perdieron sus medios de vida, su tejido social y la posibilidad de escuchar el mar por las noches.
por Marissa Revilla
Frontera, Tabasco.- Eliseo, de 12 años, ya no se duerme con el sonido del mar. En su nueva casa, en un fraccionamiento de calles de concreto en Frontera, Tabasco, el silencio le resulta extraño. Antes, las olas lo arrullaban por las noches. Ahora extraña no solo el paisaje, sino la vida que desapareció con él.
“Se escuchaba bien cuando el mar rebotaba”, recuerda Eliseo. “Me arrullaba”.
La comunidad de El Bosque, en la costa de Tabasco, fue devorada por el avance del mar. Según datos del gobierno municipal, desde octubre de 2021 la localidad perdió más 90 metros de costa. Más de 50 casas fueron dañadas o destruidas, y al menos 100 personas han sido desplazadas. La mayoría de las familias reubicadas vive ahora en Frontera, una ciudad de poco más de 23 mil habitantes ubicada a 12.5 kilómetros tierra adentro. Solo algunas familias y pescadores permanecen en El Bosque, resistiendo junto al mar que sigue avanzando.
El caso de El Bosque no es único. En el Golfo de México, comunidades enteras desaparecen por la erosión costera acelerada por el cambio climático. El biólogo José Reyes Díaz Gallegos, investigador de la Universidad de Ciencias y Artes de Chiapas, explica que el fenómeno está asociado al incremento de la frecuencia e intensidad de los frentes fríos, conocidos como “nortes”, que generan oleaje más violento.
“Estos vientos entran, a veces, de forma muy violenta y, acompañados del oleaje, están provocando daños más fuertes que en el Pacífico”, señaló Díaz Gallegos.
Además, las playas del Golfo son mayoritariamente arenosas y más frágiles.
“Con los cambios que están habiendo en el clima, se dinamizan más los vientos y empiezan a ser más violentos”, añadió el biólogo.

Restos de las casas que se ha devorado el mar. Foto: Marissa Revilla
El niño que creció entre el río y el mar
Eliseo nació en El Bosque y vivió allí hasta hace poco. Desde pequeño acompañaba a su familia en actividades de pesca.
“A veces me levantaba en la madrugada y me iba al río”, cuenta Eliseo. “Nos íbamos a gaviotar, pescar con red, ayudábamos a acarrear pescado y luego mi mamá lo freía y lo comíamos”.
También recuerda los manatíes, los árboles y el paisaje que formaban parte de su día a día. Cuando llegó a vivir a El Bosque, dice, el mar todavía estaba más lejos.
“Yo sí lo alcancé a ver lejitos”. Con el tiempo, el agua comenzó a acercarse.
El día que el mar entró a su casa, Eliseo estaba con su abuela.
“Empezó a entrar el agua por abajo y nos tuvimos que salir corriendo. Sí nos asustamos”. La familia dejó atrás sus pertenencias y se trasladó a Frontera, donde vivieron un tiempo en una casa rentada antes de ser reubicados en el nuevo fraccionamiento.

Eliseo trepando un árbol de mango en la entrada de la colonia El Nuevo Bosque. Foto: Marissa Revilla
Rita Pacheco: “Se llevó todo lo que tenía”
Rita Pacheco Vicente, de 60 años, había construido su vida en El Bosque a partir del trabajo. Primero pescó y vendió productos del mar; después abrió una tienda de abarrotes.
“Vendía de todo un poco. Había mucha comida, mucha pesca. Todo estaba bien”.
Con el avance del mar, su negocio se volvió insostenible. El agua arrasó con todo. “Se llevó todo lo que tenía”, dice. Refrigeradores, mercancía y equipo quedaron inservibles. Rita asegura que no recibió indemnización ni apoyo tras perder su negocio.

Casa de Rita Pacheco en el Nuevo Bosque. Foto: Marissa Revilla
Las inconsistencias en la reubicación
Las familias desplazadas fueron reubicadas en un conjunto de viviendas en Frontera, construidas con fondos de la Comisión Nacional de Vivienda (CONAVI). Los testimonios recogidos en El Bosque indican que hasta ahora solo se han entregado 51.
“De nada a algo”, dice Rita. “Cuando menos tenemos una casa en qué vivir”.
Pero la vida es distinta. Lejos del mar, ya no hay pesca ni acceso directo a alimentos. Rita vive de apoyos sociales y de la ayuda ocasional de sus hijas. Regresar a El Bosque, incluso para visitar, implica un gasto que no puede asumir.
“A veces quisiera ir, pero son como 300 pesos de pasaje. Ya no es fácil”, dice Rita.
Habitantes reubicados cuestionan el proceso mediante el cual se asignaron las viviendas. Señalan que hubo inconsistencias en el censo y que no todas las familias afectadas fueron incluidas.
“Hubo gente que sí vivía ahí y no le tocó casa”, dice Rita. “Y otros que no estaban, sí”.
Nueve familias quedaron fuera y actualmente viven con familiares o en condiciones provisionales.
Guadalupe Cobos: pescar a pesar de todo
Guadalupe Cobos Pacheco atiende en la puerta de su casa, en el fraccionamiento El Bosque de Frontera.
“Yo creí que tener una casa acá nos iba a… como que ya íbamos a venirnos a vivir y nuestra vida iba a ser igual. Pero no, me equivoqué”.
Su familia se mueve constantemente entre la costa y Frontera. La mayoría de las personas desplazadas sigue yendo a pescar al lugar donde antes vivían. Salen a las cuatro de la tarde y regresan a las ocho o nueve de la mañana. Pasan la noche en el mar, o en hamacas improvisadas en la orilla.
“A veces nos quedamos en el río, a la intemperie, en una hamaca, mal dormidos. Todo por ganar algo para el día siguiente”, dice Guadalupe.
El viaje cuesta. Quien no tiene moto paga 300 pesos de pasaje. Trescientos pesos que podrían ser un kilo de carne, un garrafón de agua, los cuadernos de los niños. Por eso muchos han dejado de ir. Pero sin pesca no hay ingreso.
“Aquí en Frontera no hay trabajo. O te pagan 200 pesos por limpiar casas todo el día, o te vas al mar. Yo prefiero el mar”.

Guadalupe Cobos y su esposo Antonio en el huerto que han sembrado en el traspatio de su casa en El Nuevo Bosque. Foto: Marissa Revilla
Lo que también se perdió: la hamaca, el comedor, la escuela
En El Bosque viejo, Guadalupe amarraba su hamaca a los árboles y se dormía escuchando a las mujeres hablar en la tarde.
“Yo les escuchaba que estaban hable y hable, la coca, la sabrita. Era una comedera. Era otra vida”.
Las mujeres extrañan la temporada de cuaresma. Antes vendían empanadas de camarón, ceviche, pescado frito a los turistas. Era su ahorro para los tiempos malos. Ahora las lanchas llegan, descargan, y las mujeres se van rápido, sin tiempo de prender el comal.
Los niños del Bosque tenían comedor escolar con comida hecha por sus propias madres. Era un convivio diario. Ahora asisten a escuelas improvisadas —una móvil, otra en colonias vecinas— y el rezago educativo es evidente.
“Si le preguntas a Samuel si ya sabe leer, te va a decir que poquito. Apenas está deletreando”, dice Guadalupe. “Estamos en retroceso”.

Aula escolar provisional en El Nuevo Bosque. Foto: Marissa Revilla
El mar sigue hermoso, pero la vida ya no
Guadalupe fue al Bosque viejo la mañana de esta entrevista. El mar estaba azul, turquesa, lleno de gaviotas y pelícanos.
“Hoy estuvo muy bonito. Quería tomarles una foto, pero se me iban volando”.
El mar está hermoso. Pero la gente ya no puede vivir de él como antes. Los pescadores tienen que adentrarse más porque el agua de la orilla está caliente y el pescado se fue a lo profundo. Los manatíes, que antes comían hierba, ahora se comen el producto de las redes. Los manglares, que protegían la costa, se secaron cuando dragaron el caño.
A pesar del cansancio, Guadalupe sigue siendo vocera. Sigue dando entrevistas, yendo a reuniones, empujando. Sabe que El Bosque no fue el primero ni será el último. Otras comunidades, como Las Barrancas en Veracruz, están viviendo el mismo infierno. Allá, en los últimos 15 años, el mar ha destruido unas 20 casas y desplazado a decenas de familias.
“A veces digo ‘ya no’. Pero no puedo ignorarlo. Si lo ignoro, ¿quién va a hablar?”, dice Guadalupe.
En el nuevo fraccionamiento, Eliseo pasa sus días jugando en la calle con otros niños. Ya no va al río al amanecer ni escucha las olas por la noche. Dice que le gusta su casa, pero no es lo mismo. Extraña el mar.
“Se escuchaba bonito”, dice. Y a veces todavía le gustaría volver a dormirse con ese sonido.
Guadalupe vuelve a subirse a la moto, vuelve a cruzar los kilómetros que separan el concreto del manglar, vuelve a llenar la hielera con pescado, vuelve a sentarse en la orilla a esperar que el mar le entregue lo poco que aún le da. No es resignación. Es otra forma de no irse del todo.

Un detalle del mural pintado en la cancha deportiva en El Nuevo Bosque y un vistazo a los trabajadores de la construcción que están construyendo nuevas viviendas al lado. Foto: Marissa Revilla







No comments yet.