Ex integrantes del EZLN, veteranos invisibles del zapatismo, rompen tres décadas de silencio

 

Un grupo de excombatientes y fundadores del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) habló públicamente por primera vez. Siguen enarbolando sus principios y lucha, pero, piden al Estado mexicano su reconocimiento como excombatientes, una demanda que los coloca fuera del camino zapatista de no pedirle nada al gobierno.

 

Son poco más de una docena en el lugar. Mujeres y hombres indígenas —tsotsiles, ch’oles, tseltales, tojolabales— de entre 50 y 60 años. Algunos conservan su nombre de lucha, otros prefieren no dar ninguno. Todos y todas entraron de niños o adolescentes a las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), antecesor del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), sostuvieron la guerrilla durante años o décadas, y salieron de ella en silencio, por diferentes causas. Es la primera vez que hablan a la luz pública.

“No nos interesa el oportunismo ni el protagonismo político, ni el show mediático, pero sí el reconocimiento de nuestra aportación como luchadores sociales en la historia de nuestro país”, explicaron en un pronunciamiento conjunto, antes de ir narrando las particularidades que a cada uno y una les llevó al lugar donde están.

Cuentan sus historias personales con palabras que muestran un análisis profundo de la realidad, que no deja duda de quiénes son y de dónde vienen. La reunión es en un lugar al que solo pudieron haber accedido cultivando confianza y congruencia con la base social de la población indígena, lo que nos da a los periodistas que acudimos, una muestra de legitimidad de que son quienes dicen ser: veteranos zapatistas; pero nos piden no revelar detalles.

La duda sobre el origen y la intencionalidad de este grupo surge porque en 1999, unos años después de la declaración de guerra del EZLN, el gobierno federal, como parte de su campaña contrainsurgente, promovió supuestas deserciones de zapatistas para disminuir la fuerza del grupo insurgente. Con el tiempo vinieron otras deserciones que se dieron en silencio, pero de la que la dirigencia zapatista tuvo que reconocer como fundada en desaciertos que han provocado movimientos al interior.

“Nos ha costado mucho poder salir a la luz, hablar de esta historia”, dice Gloria, nombre de lucha de la excombatiente ch’ol, quien se unió a las FLN cuando huyó de su casa a los 13 años, para escapar de un matrimonio pactado sin su consentimiento. La organización la recibió, la formó políticamente, la hizo consciente de su condición de mujer en una sociedad desigual, machista. La hizo querer luchar para cambiar esa condición. De eso hace más casi 40 años.

Erika fue llevada a los 8 años a la primera casa de seguridad que el FLN tuvo en San Cristóbal de Las Casas, años antes que la ciudad fuera tomada el 1 de enero de 1994, ya como EZLN; Juana era una niña de primaria inconclusa cuando su hermano la integró, era 1983. Uno de los veteranos reunidos, hijo de fundadores, nació dentro de la organización y pasó en ella cerca de 18 años.

En los primeros tiempos, recuerdan, les tocó coser los uniformes y las mochilas que usarían el día que el mundo conoció al grupo armado de indígenas, cuando declararon la guerra al Estado mexicano.

Tienen en común que su vida, desde la niñez, giró en torno al movimiento que en 1994 rompió el imaginario de la bonanza capitalista, que movió conciencias, que cuestionó al mundo entero.

Por ello, al salir del EZLN, explica cada uno, se sintieron en la orfandad absoluta, algunos lejos de su familia, de su comunidad; fuera en un mundo que los seguía marginando, donde seguían siendo invisibles.

Ahora, en la reflexión que viene con los años, se niegan a vivir así, en la precariedad avasallante que a algunos los tiene enfermos y sin servicios de salud viviendo en casas rentadas. La edad se les nota en el caminar, en las manos callosas, en las canas y los surcos del rostro.

“No nos interesa el oportunismo ni el protagonismo político, ni el show mediático, pero sí el reconocimiento de nuestra aportación como luchadores sociales en la historia de nuestro país”. Foto: Ángeles Mariscal

El cuerpo como límite

Ninguno narra su salida como una ruptura ideológica, para la mayoría, fue su cuerpo el límite que les impidió seguir. “Nos tocaba poquito de arroz, poquito de frijol, y ahí rugían las tripas”, recuerda Juana, que salió del movimiento alrededor de los 25 años, grave de anemia. “Ya mi propio cuerpo ya no resistía. Tuve que salir para buscar un médico”. En el tiempo en que Juana salió, los zapatistas habían prohibido los retornos, para ellos era una cuestión se seguridad. Ella quedó automáticamente afuera, dice conmovida. Aún le pesa su salida.

El hijo de los fundadores relata enfermedades de dos y tres meses sin medicamentos ni doctores, cosechas y dinero limitados, y la prohibición de salir a emplearse “Si seguimos aquí en la lucha, pues aquí nos morimos, resistiendo nuestra vida”, recuerda que analizó en privado. Decidió salir.

Hubo también salidas por disciplina. “Cometemos error tantito y ya no nos entendieron los mandos, y a veces nos castigan”, narra un exteniente que combatió en 1994 y que distingue, con precisión, entre la lucha y quienes la condujeron: “La organización sí es buena, es una lucha justa”.

Patricia, que atribuye su salida a un castigo, resume el desgaste común: “El cuerpo también ya no va a resistir más”, dice al recordarlo.

Y hubo salidas por maternidad: Gloria se retiró al quedar embarazada, porque en esos primeros años la estructura no permitía tener familia a combatientes. “Ya di lo que pude, yo participé, aporté, y entonces me retiro”, recuerda así su decisión.

Hay una voz que niega a ocupar un papel protagónico entre el grupo de veteranos, pero es, quizá, la de mayor rango (militar) y mayor presencia mediática en la vida primera del zapatismo. En su caso hay dolor y también enojo, fue fundadora, fue origen pero, décadas después de su salida, puede entender que las prácticas machistas entre zapatistas eran aún un reto muy grande para superar en la práctica, y ella los tuvo que enfrentar.

Uno y otro veterano insisten en que no vienen a pelear con el EZLN. “No estamos en contra, al contrario. Estamos agradecidos, agradecidas con todo lo que han hecho.”, dice Patricia. Erika asume que le debe casi todo a la organización que la alfabetizó, “nos formamos gracias a ellos”. Gloria reivindica la dimensión histórica de aquello de lo que fue parte: “Movimos conciencia, movimos corazones, movimos países”.

Afuera, una segunda clandestinidad

Las y los veteranos coinciden en que al salir de su comunidad —unos de manera individual, otros con algunos integrantes de sus familias—, tampoco pudieron refugiarse en pueblos cercanos. “Fuimos saliendo del escudo protector de la organización de lucha, de la comunidad, y de la familia a la que ya habíamos renunciado para poder convertirnos en insurgentes, y lo hicimos en silencio porque no queríamos crear divisiones”.

“Aun así, la contrainsurgencia difundió noticias falsas, nos quisieron desaparecer, nos ocultaron, o quisieron relacionarnos con otros grupos, pero ya hemos dicho que permanecemos zapatistas”, explicaron en el documento conjunto. Erika, originaria de la zona cho´ol, explica que los grupos antizapatistas que fueron creados bajo el cobijo del Estado —conocidos como paramilitares— llegaron a tener el control de la zona. “Estábamos en la boca del lobo”, dice, Tuvo que huir hasta la ciudad.

Afuera, tampoco podían contar de donde venían. En las ciudades, sin acta de nacimiento ni escolaridad acreditada, empezaron de cero.

La clandestinidad que los protegía del gobierno también los borró de los registros. Hoy, dicen en su pronunciamiento conjunto, no tenian acta de nacimiento, ni ningún comprobante que les permitiera tener una identidad con la cual obtener algún trabajo para sobrevivir. Durante esos años pasaron a una segunda clandestinidad.

El grupo de veteranos reunidos es una muestra de los muchos que se han encontrado en el camino; hay comunidades enteras que han salido también en silencio y en el respeto a la lucha y los ideales zapatistas. “No somos ningún grupo, nada: somos hermanos que nos conocimos desde que luchamos”, explica el hijo de los fundadores.

Juana, que entró niña y salió enferma, que nunca dejó de considerarse parte de la lucha, encuentra la imagen que resume tres décadas de intemperie: “Es como estar como la pluma, en el aire”.

Ni desertores ni contrainsurentes

La palabra escrita del EZLN permite entender la lógica de la que estos veteranos salieron, y también matizar cualquier etiqueta hacia ellos.

La resistencia zapatista no es una metáfora, es un régimen de vida, en la Sexta Declaración de la Selva Lacandona de junio de 2005, la organización explicó su decisión de cumplir por su cuenta los Acuerdos de San Andrés mediante el autogobierno y el principio de “mandar obedeciendo”. Esa autonomía incluye no aceptar nada del gobierno.

En un comunicado de febrero de 2016, las propias bases explicaron a las comunidades partidistas por qué no reciben programas que provengan de gobierno, y en agosto de 2019 el Comité Clandestino calificó los programas sociales como contrainsurgencia y fijó su postura: “no nos vendemos, no nos rendimos y no claudicamos”.

Los veteranos zapatistas tampoco caben en la etiqueta de “desertores”, este calificativo la reserva el grupo insurgente, para quienes considera conversos al servicio del gobierno. También hay una regla disciplinaria vigente, declarada en un comunicado de mayo de 2025, que establece que quien incurra en delitos graves “queda fuera”; nada dice de quienes simplemente ya no pudieron más.

Hay, sin embargo, una reflexión interna entre los zapatistas, una autocrítica que permite entender por qué zapatistas han abandonado el movimiento, sin que eso signifique renunciar a sus principios. En noviembre de 2023, al anunciar la disolución de sus municipios autónomos y Juntas de Buen Gobierno, el subcomandante Moisés reconoció que la estructura piramidal del autogobierno había separado a las autoridades de los pueblos.

Una reflexión a la que llegaron bases y mandos zapatistas. Este fue un proceso que ya no alcanzaron a vivir los veteranos. En su pronunciamiento conjunto reclaman a la dirección del EZLN haber encumbrado personalidades que ya no representan a los pueblos. La coincidencia no los reconcilia, pero muestra que la crítica que ellos hacen desde afuera, la organización la hizo, con sus palabras, desde adentro.

La ruptura: pedirle al Estado

Hay, sin embargo, una frontera que estos veteranos cruzan y que los separa del camino zapatista: piden respuesta al Estado mexicano. Sus demandas, presentadas al gobierno federal el 24 de abril de 2025, según explicaron en las entrevistas, incluyen el reconocimiento histórico de su aportación como luchadores sociales, reparación para la población afectada por el conflicto y acceso a vivienda, salud y documentos.

Ellos reclaman derechos al actual gobierno que, consideran, llegó también gracias a la lucha que ellos aportaron. “¿Cómo es posible que hemos luchado décadas, hemos dado nuestra vida, y sigue peor?”, pregunta Patricia. Y fija el límite de la ortodoxia que los formó: “No toda la vida vamos a estar en resistencia”.

¿Por qué romper el silencio después de 20 o 30 años?, se les pregunta. Las respuestas se parecen: porque el cuerpo se acaba, porque los hijos crecieron, porque las enfermedades no esperan, y porque callaron demasiado tiempo para no dividir a un movimiento que aún quieren. “Hemos dado nuestra vida, nuestra juventud, nuestro todo”, dice Patricia. “Estamos en cero”, lamenta otro.

Lo que piden es tierra donde posarse, un papel que diga que existieron, un techo, un médico.

“Rechazamos la marginalidad y el desprecio que nos imponen (por haber abandonado las filas del EZLN)… Nos posicionamos hoy como excombatientes y ex bases de apoyo, aun tenemos capacidad de aportar experiencias y propuestas para organizarnos con los jóvenes y poder echar adelante iniciativas de trabajos comunitarios”, subrayan, desde una posición que no abandona la dignidad que les dejó el pertenecer al grupo insurgente.

Juana. Foto: Ángeles Mariscal

Juana

Tsotsil y tseltal, hija de luchadores campesinos de los años setenta. Su hermano la integró a las FLN en 1983, siendo niña. Cosió mochilas y uniformes, fue promotora política en cuatro lenguas y adiestró a nuevos reclutas; llegó a un grado de mando en la retaguardia. Salió alrededor de los 25 años por una anemia grave. Obtuvo su acta de nacimiento a los 26. Nunca dejó de respaldar la lucha por otros medios.

 

Foto: Ángeles Mariscal

 

Patricia

Veterana del EZLN; vivió la clandestinidad y la guerra sin documentos oficiales. Refiere que su salida fue un castigo: “nos sacaron”. Hoy padece enfermedades que atribuye a la vida guerrillera y que no puede costear. Es la voz política del grupo: agradecimiento explícito al zapatismo y exigencia de derechos al Estado.

Foto: Ángeles Mariscal

Gloria

Ch’ol; huyó a los 13 años de un matrimonio pactado sin su consentimiento y llegó a una casa de seguridad por contacto de un tío. Militante sin cargo desde las filas del FLN. Su labor: estar a cargo de teléfonos, casas de seguridad y trabajo en maquila. Perdió sus documentos en un cateo en 1994; huyó a Veracruz y volvió a Oventic. Salió al quedar embarazada, porque la estructura no permitía tener familia. Tiene un hijo de 29 años. No se siente segura hasta hoy.

Erika. Foto: Ángeles Mariscal

Erika

Integrada a los 8 años, cuando las FLN abrieron la primera casa de seguridad en San Cristóbal. La organización la envió a Michoacán a aprender a leer y escribir; trabajó con obreros en Monterrey y en el taller de costura de la Ciudad de México del grupo. Regresó de adolescente a su región y vivió el levantamiento de 1994, comisionada ahí. No “dejó” la lucha: la persecución posterior la obligó a instalarse en San Cristóbal. No puede volver a su comunidad.

Foto: Ángeles Mariscal

Fundador

Nació y creció dentro de la organización, de la que fue miliciano cerca de 18 años. Fue registrado ante el Estado hasta los 10 u 11 años. Salió con sus padres por el encierro económico de la resistencia: enfermedades sin médicos, cosechas y dinero limitados, prohibición de emplearse fuera. Hoy renta un cuarto en la ciudad y busca trabajo.

Foto: Ángeles Mariscal

Combatiente

Recibió su arma a los seis meses de ingresar y alcanzó el grado de teniente tras un examen que, relata, le propuso el subcomandante Marcos. Estuvo destacado en el cuartel “Las Calabazas” y combatió cuando el Ejército llegó al campamento y se dio el enfrentamiento documentado en la Sierra de Corralchén, en mayo de 1993. Participó en el levantamiento de 1994. Salió por los castigos de los mandos.

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