Mayas tsotsiles visten las cruces con flores para recibir a sus muertos. En Chiapas
En la madrugada del 31 de octubre, familias de distintas comunidades subieron a la loma del cementerio para cambiar los árboles y las flores de las 22 cruces gigates. Mañana llegan las almas.
ROMERILLO, San Juan Chamula, Chiapas.— Todavía es de noche cuando los primeros grupos empiezan a subir la loma del cementerio de esta comunidad de los Altos de Chiapas. La neblina se ha tragado el valle y el frío entra por la ropa. Sobre el cementerio solo se mueven los haces de las linternas, un rayo blanco ilumina de golpe el tronco de un pino, otro tiñe de verde una cruz de nueve metros que apenas se distingue contra el cielo oscuro.
Los hombres llegan cargando sobre los hombros troncos de árboles jóvenes de ocote, con las ramas todavía llenas de hojas. Traen uno por cada una de las 22 cruces que coronan el cerro, pintadas de verde brillante y de azul turquesa, son las característca cruces de Chamula, con bordes tallados y estrellas brillantes.
Es la madrugada del 31 de octubre y en Romerillo empieza la fiesta de las almas.
Los árboles del año pasado ya están secos
Cada comunidad tiene una cruz a su cargo. «Cada año son los que se encargan de decorarla, de limpiarla y de ponerle al lado las puntas de ocote, aunque realmente son árboles», explica José Alfredo López Jiménez, habitante de Romerillo.
Lo primero es retirar los árboles secos que quedaron del año anterior. Después, los hombres apoyan escaleras de aluminio y de madera contra los postes y suben. Arriba, vistiendo el chamarro de lana negra que protege del frío, amarran los troncos nuevos a la cruz y los cubren de flores de cempasuchitl.
Abajo, otros encienden cohetones. El estallido rompe el silencio de la loma; el humo blanco se mezcla con la neblina y deja en el aire olor a pólvora. Las chispas caen junto a las tumbas.
Llegan de comunidades vecinas. Domingo Gómez Castellanos —Tumin, en tsotsil, como lo conocen en su centro de trabajo— dice que tiene entendido que son 16 las comunidades que entierran aquí a sus muertos. La suya, Cruztón, tiene una sola cruz, y narra que es un honor venir a arreglarla.
Los mashes
Entre los grupos camina la danza. Son los mashes, los monos, bailarines con altos tocados cónicos hechos de listones rojos, verdes, negros y amarillos que les caen sobre la cara y la espalda. Visten casacas negras con rombos rojos y pantalones naranja bordados. Algunos llevan lentes oscuros; otros se tapan la boca con pañuelos.
Tocan acordeones, guitarras, un tambor de cuero amarrado con cordones de colores, sonajas de calabazo y cuernos. Entre ellos van niños vestidos igual, con sus sonajas en la mano; uno carga un oso panda de peluche a la espalda.
La música es pausada, repetitiva. El paso de la danza se mantiene igual una y otra vez, hasta que el ritmo envuelve a quienes miran y la loma entera parece moverse al mismo tiempo.
La danza no es adorno. Según lo que se narra en la comunidad, este lugar era un bosque hasta que los ancestros soñaron que necesitaban un espacio para enterrar a sus muertos. Un sacerdote vino a bendecirlo, y en los sueños se dijo que las almas necesitaban cobijo y que había que levantar cruces.
«Eran cruces demasiado altas y no podían pararse», cuenta José Alfredo. «Fue a raíz de que empezaron a hacer el mash, la danza tradicional, la música tradicional y las ceremonias, que se logró subir las cruces y que quedaran paradas». Para él, la fiesta es «un sincretismo» de lo prehispánico con el catolicismo.
El sol enciende el cempasúchil
El amanecer los encuentra en la tarea. Primero el horizonte se vuelve rosa y anaranjado; abajo, entre los cerros, la neblina sigue tendida sobre el poblado de Romerillo. Luego los primeros rayos de sol pegan de frente en la loma.
Entonces el cempasúchil se enciende. Los racimos que cuelgan de las cruces, de arriba abajo, toman un naranja intenso que contrasta con el verde de los pinos y con el azul limpio del cielo, ya sin una sola nube.
«Con la llegada de las flores de cempasúchil, uno ya sabe que las almas se están acercando», dice José Alfredo. «Es como una insignia de que llega pronto la fiesta de las almas».
Tumin lo dice de otra forma: el ocote y la flor, explica, son «para alegrar el lugar».
Esa alegría es la razón por la que muchos quieren quedarse aquí. «Algunas personas de comunidades vecinas piden que las entierren por acá, para que estén alegres en cada fiesta», cuenta Tumin. «Es como decir, antes de morir: entiérrenme en Romerillo, porque quiero estar alegre año con año. Es todo un honor venirse a enterrar aquí».
La preparación empieza mucho antes de esta madrugada. Desde hace 15 días, muchas familias limpian las veredas y los caminos por donde caminaban sus difuntos cuando vivían, para que las almas los encuentren limpios al regresar.
Y hay quien compra las velas con un mes de anticipación y las cuelga en la pared de su casa. «Se entiende como si fuera la leña, como si fuera el ocote», explica Tumin. «Si se compra muy próximo, el difunto va a tener su leña muy verde, no va a arder».
¿Qué lo hace volver cada año? Tumin se queda pensando. «Es difícil de explicar, porque es un sentir de cada persona, de cada familia. A lo mejor no nos hemos puesto a explorar bien qué es lo que nos atrae de este lugar. Pero yo siento que es espiritual».
Mañana llegan las almas
Al terminar la jornada, las 22 cruces quedan vestidas, altas, naranjas, frente al valle.
A sus pies esperan las tumbas: montículos de tierra roja cubiertos con tablas de madera, cada uno con su pequeña cruz pintada de azul o de verde, algunas con el nombre y la fecha escritos a mano.
Este 1 de noviembre, las familias volverán a la loma con comida y bebida para compartir con sus muertos. Sobre las tablas pondrán cempasúchil y juncia, las hojas largas del pino. El olor de las flores se mezclará con el de la juncia, el incienso y el posh, el aguardiente de caña.
Las almas ya vienen en camino. Romerillo está listo para recibirlas.







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