Efraín Quiñónez: Esta vez sí seremos campeones, notas al vuelo

Para Sarelly, en la oportunidad de su amistad

Ahora que está apunto de iniciar el mundial vale la pena traer a colación algo de lo que nos deja el deporte de las patadas. Hoy que está iniciando la mal llamada copa del mundo con afanes estrictamente publicitarios y de mercadotecnia, el juego inventado por los ingleses tiende a ser cada vez menos una disputa deportiva en donde impere por sobre todas las cosas la inteligencia y la condición física de los atletas. Como ya lo estamos viendo, esta no será la excepción en que la competencia apele más a la presencia de las marcas y los grandes corporativos, que al tipo de juego que cada una de las naciones participantes despliega en la cancha. No obstante, debemos agradecer que haya países que se toman más en serio el juego o que tienden al equilibrio entre el negocio y lo deportivo.

En México estamos a años luz de lograr un sano equilibrio entre el contenido lúdico del fútbol y la rentabilidad económica que las compañías que lo gobiernan persiguen. Entre los afanes puramente lucrativos y el esfuerzo físico que significa, siempre he pensado que este deporte debería ser promovido por el Estado a través de la Secretaría de Educación Pública; sobre todo cuando se lleva la representación de todos los mexicanos, por ejemplo, cuando se trata de torneos en que intervienen varios países del mundo. Esto, desde luego, no quiere decir que la iniciativa privada no tenga participación, pero es necesaria cierta moderación frente a los deseos insaciables de beneficios. Si las campañas políticas nos conducen al tedio o el aburrimiento, el fútbol a través de la televisión no hace más que desesperarnos ante tantos anuncios comerciales; muy pronto veremos que las pequeñas pantallas no alcanzarán para la cantidad de comerciales que habrán de ser transmitidos y lo que se supone importa, dejará de ser relevante o de plano ya ha dejado de serlo. Hasta los comentaristas que antes nos relataban historias mientras comentaban los partidos, ahora más que narrar un encuentro (con frecuencia sería mejor que no lo hicieran) nos ametrallan con un océano de comerciales, que terminamos poniendo más atención en el desodorante que usa Sergio Ramos o el suero que nos recomienda Giovanni para después de hacer ejercicio o sufrir una cruda mortal.

Nuestra historia de bronce es pródiga en hechos y circunstancias que hacen patente nuestra propensión al sacrificio, a nuestra especial predilección por el drama, así sea en las cuestiones más ordinarias. Desde mis primeros años me contaron con un orgullo desmedido que los indios chiapa prefirieron tirarse desde lo más alto del Cañón del Sumidero antes de ser esclavizados por los blancos españoles. Esta hazaña que es la contraparte del racismo más común, no hace sino recordarnos nuestra melancólica inclinación por valorizar nuestra condición única en el cosmos. ¡¡¡ Arriba México, cabrones!!! Constituye el grito de batalla de una sagas y efímera valentía que solamente se recrea en las películas de Pedro Infante o en la condición artística del deporte de las patadas.

México no ha sido particularmente exitoso en los juegos de conjunto. Ni en el beisbol, ni en el basquetbol, ni mucho menos en el futbol podemos asegurar que hayamos tenido nuestros mejores días de gloria. Como nuestra historia nacional plagada de actos heroicos, nuestros mejores logros deportivos devienen de los deportes individuales: el boxeo, la caminata, la natación. Cómo no recordar al lacandón Anaya, con su gran pegada y resistencia; ofrezco de antemano disculpas por mi localismo. Pero, en descargo, lo mismo podría decir del púas Rubén Olivares. Ambos, como muchos buenos boxeadores mexicanos, nos legaron gestas memorables para fortalecer nuestra autoestima tan dañada por nuestras propias voluntades.

Debo confesar que, en el futbol, encontré una suerte de refugio a mi condición melancólica que define la particularidad con que está hecha mi naturaleza. En mi extraviada soledad encontraba en el juego la camaradería de mis amigos de generación. Empecé a jugar entre los 10 y los 12 años, es decir, cuando apenas cursaba mis estudios básicos en una escuela primaria construida en una campo militar. De hecho, si no mal recuerdo, la escuela llevaba el nombre de la zona militar en la que se encontraba.

Mi carácter se forjó entre la tiranía de mi maestra de primaria, mi profesor de educación física y mi padre. Solamente por respecto a ellos y su memoria, me permito omitir sus nombres. Pero en un contexto como ese donde apenas hablar podía convocar agresiones físicas (nuestra profesora solía darnos cocotazos por indisciplina o ignorancia) o descalificaciones verbales que no omitían un rosario de improperios, pude sobreponerme al duro juicio de mis necedades o resistencias.

No obstante, no era el futbol mi principal predilección en mi naciente inclinación deportiva. Antes de eso, intenté dominar el básquetbol y el beisbol, pero no sería en esos deportes donde más regocijo encontraría, como sí lo fue en el futbol un poco después. Pronto me percaté que con poco más de 1.60 de estatura, al menos en el basquetbol, mi futuro estaba más que cancelado; de manera que la diosa fortuna tenía que buscarla en otro tipo de deporte. También intenté con la caminata (por cierto, otra de nuestras glorias nacionales ¿Quién no recuerda a Daniel Bautista?), pero en el primer intento desistí no tanto por el desafío que significaba el esfuerzo físico, sino porque mis contrincantes participaron con desleal atrevimiento al salir corriendo una vez decretada la salida. Con todo, hice mi mejor esfuerzo, pero no me esperaban días prometedores en esos lances atléticos.

Mi peor fracaso deportivo fue, sin embargo, participar en una carrera de relevos cuatro por cien. Ignoro qué tipo de facultades me vio mi maestro de educación física o quizás no existía nadie más que quisiera o pudiera participar. Supongo que en algún momento tuvimos nuestra dosis de entrenamiento, pero ni antes y muchos menos ahora recuerdo quiénes eran mis compañeros de equipo. En esa etapa de la vida en que los niños se estiran de súbito, me pasó que en dos meses mis pies crecieron y dejaron de quedarme los tenis que aún estaban nuevos. No sé si mi madre me creyó cuando le dije que me quedaban ajustados e incluso me causaban dolor en mis pies, pero la pedagogía materna no aceptaba tales desafíos, de modo que terminé literalmente metiéndome los zapatos con calzador. Todo estos antecedentes no auguraban otra cosa más que la debacle. Para mi mala fortuna, el día en que me estrenaría como un auténtico atleta, había participado por la mañana en un desfile conmemorativo de algunas de esas fechas de nuestra historia de bronce que rebosan de heroísmo y con los tenis apretándome hasta el orgullo. Después de comer caí prácticamente muerto de cansancio. Desperté faltando casi 5 minutos antes de mi infortunada (o infausta) carrera de relevos. Corrí como nunca ignorando el dolor en mis pies para llegar a tiempo a la pista, pero mis esfuerzos quedaron hechos talco cuando me enteré que mi equipo había quedado eliminado. ¿De dónde saqué fuerzas para sobreponerme de semejante golpe anímico? No lo sé, creo que el alma está hecha de esas maravillas insondables.

Con nuestra condición natural al sacrificio o la tragedia, tengo para mi el presentimiento que ahora sí seremos campeones del mundo porque todo parece alinearse en nuestra contra. Hace unos días me enteré que algunos futbolistas de la selección tuvieron una fiesta, cosa nada fuera de los común. No obstante, el futbolista mexicano está acostumbrado a los excesos y la más grotesca indisciplina. Por eso, cuando vi que Héctor Herrera debía viajar a ver a su esposa para que le perdonara la borrachera que se había puesto, me dije que esto no puede ser más que premonitorio del desastre. Pero como los mexicanos nos crecemos ante el castigo, es posible que estas inconsistencias del jugador mexicano nos traiga más fortuna que la que hemos tenido en las justas mundialistas anteriores. Por eso mismo, espero que la esposa de Herrera lo haya puesto como trapeador para que no tenga más remedio que redimirse e invocar de ese modo el perdón de su compañera. Herrera tendrá que sacar la casta porque sus antecedentes inmediatos lo condenan y no le dejan otra opción que el sacrificio. Tengo la impresión que jugará como nunca.

Peor aún, cuando me enteré de que el colombiano, Juan Carlos Osorio, decidió cargar con jugadores lesionados, el golpe anímico y de bote pronto no pudo ser más brutal para mi. No he podido encontrar respuesta racional para lo que el técnico nacional ha decidido. Hay tres jugadores clave que no están en condiciones para un cotejo mundialista donde se juega a una velocidad estimulada por los anabólicos. Andrés Guardado, Diego Reyes y Héctor Moreno (aunque este último creo que ya se recuperó) son buenos jugadores, pero poco podrán aportar si sus condiciones no son las óptimas. Es temerario dejar todo a un golpe de suerte. Hace años, Francisco “el abuelo” Cruz, permaneció lesionado en un juego y metió un gol. Esas cosas extrañas nos suceden en el fútbol, pero sería un despropósito monumental alinear a puros lesionados esperando que el azar nos socorra.

Para complicar todavía más el cuadro, de por sí bastante sombrío, no hay que perder de vista que Osorio decidió, también, llevar como amuleto a Rafael Márquez. Sin duda, uno de los mejores jugadores de fútbol mexicano contemporáneo, pero que sus mejores glorias ya pasaron. Cuando todo lo tenemos en contra, los jugadores pueden desplazarse por el campo en la más absoluta libertad puesto que ya no hay nada que perder.

Al Chicharito y el resto de jugadores de su generación les llegó el éxito antes de tiempo. Ahora que son estrellas creen que los goles llegan con la fama, el dinero, las fiestas y las edecanes. Pero, como siempre, aunque la realidad tiende a poner a cada quien en su sitio, a nuestros futbolistas les importa poco tener una razón más allá del dinero para jugar. Cotizan sus piernas como si fuese una marca de ungüento o pasta dental. En ese mercado no vale tanto la fuerza o proezas deportivas, como la presencia escénica para vender zapatos o una crema de afeitar. Ninguno de estos jugadores resulta comparable por sus logros a lo que hizo Hugo Sánchez. Para nuestra mala fortuna, teníamos a uno de los mejores centros delanteros del mundo, sin el equipo que lo respaldara. Se necesitaba nacionalizar a los jugadores del Real Madrid de la época para poder aspirar no al quinto partido, sino contemplar la posibilidad del campeonato. Leo en la página del Real Madrid que “el mexicano ha sido uno de los mejores delanteros de la historia” del equipo español. Obtuvo cuatro pichichis y una bota de oro por la cantidad de goles anotados. Hugo tuvo participaciones mediocres porque en el equipo nacional nunca tuvo al Michel, Butragueño, Valdano, Bernd Schuster, Fernando Hierro, entre otros jugadores que tenían espíritu de equipo y se convertían en una máquina para anotar goles. Ni Messi en Argentina ha podido sobresalir mientras no se defienda una idea futbolista por la cual valga la pena dejar el alma embarrada en la cancha. Pero nada hay más dañino que la exacerbada mercantilización que opera en el futbol. Ahí, salvo raras excepciones, los futbolistas se pierden en un mundo de frivolidades.

Para completar el cuadro de nuestros infortunios, nos toca abrir el mundial contra Alemania, el equipo campeón del mundo. Marcelo me consuela diciéndome que Neuer se viene recuperando de una lesión y no ve grandes expectativas en otros jugadores. Aunque me intenta transmitir su optimismo, no siento que sus argumentos sean para mi muy convincentes. En algunos memes que recetaron a los jugadores que gustan de las fiestas, se hacían contrastes entre los integrantes del equipo alemán y nuestros connacionales. Los primeros se veían disciplinados haciendo sus mejores esfuerzos en los entrenamientos, mientras los segundos se mostraban relajados en un día de juerga.

Todos estos elementos y otros que pueden sumarse, me hacen diagnosticar un panorama algo sombrío. Sin embargo, como ya decía, este puede ser el elemento que nos permita liberarnos de nuestras miserias. Cuando los chicos de la sub17 conquistaron el campeonato del mundo en su categoría, nadie daba un cacahuate por ellos. De manera que ni la adversidad, ni la carencia de expectativas en el grupo, pudo ser mayor incentivo para el triunfo. Esos jugadores son los que ahora pueblan el equipo nacional. El domingo 17 veremos de qué están hechos, pero los infortunios pueden ser el aliciente que nos falta para redimirnos.

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