¿Con quién hablas?

Casa de citas/136

Dentro de los muchos méritos de Cenizas y diamantes (Popiól i diamen, 1958), del director polaco Andrzej Wajda, una obra maestra, está el equívoco que hace al espectador angustiarse: un joven matón va a eliminar a un viejo comunista, sin que los dos sepan que son padre e hijo. Una vuelta de tuerca termina con la confusión y uno ya puede seguir la ficción terrible de las muertes sin el agregado familiar.

Que una mujer mayor y un muchacho tengan relaciones sexuales ya no asusta a nadie, salvo que, como en Edipo rey, de Sófocles, sean madre e hijo.

Sobre el morbo que desata en las audiencias la sexualidad entre familiares directos (en este caso hermanos obligados de dejarse filmar mientras tienen sexo, también obligado) descansa la anécdota central del estreno como director del mexicano Michel Franco, Daniel&Ana (2010). Tal vez, como varios apuntaron, no ayudaron a la expansión artística los protagonistas poco inspirados (Darío Yazbek Bernal y Marimar Vega), pero a mí me parece que con esta cinta aparece un director que tiene un discurso propio, una forma de contar que es sencilla sin ser superficial y un ritmo que, si bien es lento, no llega a la exasperación como a veces lo hacen los también mexicanos y exitosísimos (en Cannes, lo mismo que Franco) Carlos Reygadas y Amat Escalante quienes, en mi opinión, llegan al exceso.

Héctor Cortés Mandujano, en el papel de Huerta. Fotografía de Ariel Silva

Héctor Cortés Mandujano, en el papel de Huerta. Fotografía de Ariel Silva

Del primero vi con más o menos gusto Japón (2000), con visos de aburrimiento Batallas en el cielo (2005) y ya casi en el límite de mi paciencia —salvo por las tomas de inicio y final, que me parecen prodigiosas— Luz silenciosa (2007); del segundo, de algún modo alumno de Reygadas (fue su asistente y también hace sus cintas sin actores profesionales y con prolongadas tomas sin movimiento), me quedé sólo con Sangre (2005). Los he abandonado. Ya no pienso ver Post tenebras lux (premio al mejor director en Cannes, 2012) ni ninguna de Escalante, quien ganó con Heli el premio al mejor director en Cannes 2013. Son sus búsquedas tan personales que por lo menos me siento excluido. Es como escribir un libro que sólo tiene sentido para mí y luego publicarlo.

De Michel Franco, con Después de Lucía, su segunda cinta (ganó premio en Cannes, 2012; la primera estuvo en la Quincena de realizadores del mismo festival en su año de estreno), puede suponerse que tendrá muchas y mejores. Las dos que hasta el momento tiene me parecen de magnífica hechura, inteligentes, bien resueltas. Tiene 32 años, es decir, todo por hacer.

 

***

El momento no susurra las cosas de siempre

Don Delillo

José Sanchis Sinisterra, dramaturgo y director de escena español, dice en Narraturgia, dramaturgia de textos narrativos (Conaculta-Paso de Gato, 2012) que ese término, ‘narraturgia’ (p. 10), “cuya invención se me atribuye, nació probablemente de un lapsus en alguno de mis seminarios, en lo que, efectivamente, me refiero muy a menudo a las fértiles fronteras entre narratividad y dramaticidad”.

Aunque el libro es no sólo ensayo teórico, sino también manual para adaptar textos narrativos a la escritura teatral, me llamó mucho la atención “En el asilo”, un cuento de Thomas Bernhard que Sanchis toma como objeto de análisis y adaptación. Es sobre viejos y dice  que (p.80) “la vejez no es más que voraz […] ¡Los viejos son pupilos del diablo, las viejas mamonas del cielo! […] Los viejos son los ladrones de cadáveres de los jóvenes. La vejez es un robo de cadáveres”.

En su epílogo, donde propone parámetros de la dramaturgia de textos narrativos, analiza las tres opciones básicas (p. 139): 1. Dramaturgia historial, centrada en la anécdota; 2. Dramaturgia discursiva, extracción del discurso narrativo (punto de vista, sistema temporal y espacial, etcétera) para  realizar “una teatralidad a menuda anómala” y 3. Dramaturgia mixta, una combinación de las anteriores.

Que alguien como Sanchis Sinisterra se meta en este berenjenal es plausible, porque el hombre conoce a detalle el intríngulis del teatro por dentro y por fuera; sin embargo, son notorios los casos donde narradores intentan dar al salto a la dramaturgia y se estrellan sin remedio.

Pongamos de ejemplo a los cuatro nombres más conspicuos del Boom latinoamericano. El peor caso es el de Gabriel García Márquez; su monólogo — y única incursión, se metió con una de las formas teatrales más complejas— Diatriba de amor a un hombre sentado es un ejercicio lastimoso, pobre, con evidente desconocimiento de las reglas básicas de la dramaturgia; las obras de teatro de Carlos Fuentes (Todos los gatos son pardos, El tuerto es rey, Orquídeas a la luz de la luna) son excepción en su extensa obra narrativa, las de Julio Cortázar (Los reyes, Nada a Pehuajó y Adiós, Robinson) tienen barruntos de poesía y existencialismo, pero resultan por lo menos poco atractivas para escena; el que sí sabe lo que hace es Mario Vargas Llosa, quien comenzó su carrera como dramaturgo (con La huida del inca) y lleva ya en su haber nueve obras teatrales (La señorita de Tacna, Kathie y el hipopótamo, La Chunga…) que, me parece, se sostienen como logrados textos para escena.

Por lo dicho, hay que encender luz amarilla o roja cuando un narrador decide incursionar en la dramaturgia. Eso pensé cuando compré Valparaíso (Ediciones El Milagro-CNCA, 2004), del prestigioso narrador estadounidense Don Delillo, de quien ya he hablado en alguna Casa de citas anterior.

Me equivoqué. Las dos obras que integran el volumen, deudoras de Becket, son magníficas. “Valparaíso”, que da título al volumen, tiene una anécdota simple: un hombre, Michael, se equivoca de vuelo y en lugar de ir a Valparaíso, Indiana, se va a Valparaíso, Chile. Alguien descubre el hecho, lo entrevista y de allí en adelante, sólo por su equivocación, se convierte en una celebridad a la que las cámaras siguen a cualquier parte. A él y a su esposa.

La crítica a los medios, que son capaces de exaltar la banalidad a grados impensables (ejemplos hay muchos), revisa al mismo tiempo lo pobre de nuestra condición humana (p. 42): “Grabamos todo lo que él diga o haga. Pegados, uña y carne. La película pegada a su piel hasta que la filmación termine. Grabamos sus entrevistas. Escudriñamos sus dientes a las dos de la mañana bajo una luz implacable. […] Que sus fluidos y humores nos salpiquen. Porque de eso se trata. Ese es el objetivo. Registramos cada momento y lo seguimos hasta la última sacudida de la última baba”.

Dice la entrevistadora (p. 70): “Michael. Entra a cámara. O nada de esto habrá sucedido. La vida fuera de las cámaras es inverificable”.

En “El cuarto blanco” la escritura es mucho más sugerente, más elusiva, y los dos actos separan, distancian los hechos (un hospital primero, la representación teatral después). Habla un actor (p. 147): “No podemos encarar la muerte en nuestros propios términos. No tenemos propios términos. Los parlamentos nos retumban en las gargantas. Vivimos despojados de toda consolación. Nuestra sola esperanza está en la gente. Un puñado, unos cuantos regados por aquí, por allá, de día o de noche. Inmóviles, grises, sin nombre, a la espera. Pero los papeles que representamos para ganarnos la vida nos ponen a temblar hasta los huesos”.

A propósito. A partir de este septiembre y hasta que se pueda, estaremos representando mi obra de teatro BD, lo sabes —con el grupo Confines-La Puerta Abierta, bajo la dirección de Jorge Zárate— que aborda la vida y muerte de Belisario Domínguez, en teatros del estado.* Aunque yo sería solamente el autor, por azar terminé actuando en el papel de Victoriano Huerta. En nuestro estreno, en el nuevo y funcional Auditorio de la Unicach, parte del público aplaudió de pie al terminar la función. Yo saludé con cierta efusividad a Ariel Silva, quien tomó fotos, pero él me felicitó cortésmente, sin que pareciera reconocerme (por propia iniciativa decidí raparme una calva semejante a la de Huerta y me dejé el bigote). En su correo posterior, que con su autorización trascribo, me explicó:

Huerta, personificado por el escritor Héctor Cortés Mandujano. Fotografía de Ariel Silva.

Huerta, personificado por el escritor Héctor Cortés Mandujano. Fotografía de Ariel Silva.

“Héctor, debo admitir que no te reconocí en la obra de teatro. Raúl (Ortega) tuvo que decirme que eras tú el intérprete de Huerta. Asumo que pasó porque lo hiciste fenomenal, lo digo en serio. Además tu caracterización es plena. Felicidades, chingona obra.”

Y me mandó, entre otras, las fotos que ilustran esta columna.

Cuando escribes una novela no sabes quién va a leerte, quién te lee; los escritos narrativos son, en la frase feliz de Roberto Calasso, cartas a un desconocido; en una obra de teatro no hay duda: debes hablar con la gente que está en la sala. Y si reaccionan como tú pensabas que lo harían, lo lograste; si no, inténtalo de nuevo o dedícate a otra cosa.

 

***

Fernando Meirelles (Sao Paulo, 1955) ha basado su cine exclusivamente en novelas de cierta complejidad, desde su brillante debut. Con Ciudad de Dios (Cidade de Deus, 2002, de Paulo Lins) saltó a la fama y a mí me parece espléndida El jardinero fiel (The constant gardener, 2005, de John le Carré), donde además me enamoré del personaje y la belleza y la fuerza y la verdad de la actriz, Rachel Weisz, que lo encarnó.

Tuvo ya su fracaso con la adaptación del Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago (Ceguera [Blindness], 2008), y ahora he visto 360, basada en La ronda, del escritor austríaco Arthur Schnitzler, que insiste en hacer que personajes de distintos países se relacionen. El mundo como aldea global, una idea que ya parece vieja. Meirelles hace bien su trabajo, pero la historia no termina de hallar la última pieza del rompecabezas (quizás, incluso, esa idea no le parezca importante al director), aunque varios de los fragmentos son muy válidos.

Ahora que he conversado con unos amigos acerca de cambios que están haciendo en sus vidas me hallé en la cinta con la fórmula ideal. El hombre que perdió a su hija y la busca desesperanzadamente (Anthony Hopkins) encuentra en el recado de una joven la clave para tomar la decisión de no buscarla más. Cuenta (después de leer el breve texto y hacer el último intento de hallar a su hija) en su grupo de ayuda mutua que una vez preguntó a un sacerdote singular cuál era la oración más corta y mejor, y él le respondió con la que supone dar vuelta a la página, empezar de nuevo, confinar el pasado hasta el rincón más lejano: Al diablo.

Yo uso una más chiapaneca, nada religiosa, muy popular, pero igual de infalible. Supongo que si no las usas, lector-lectora, la habrás oído. Imagínala.

* Este lunes 30 de septiembre, a las 13 horas (sí, a la una de la tarde), hicimos una función en el Auditorio de la Unicach (Libramiento Norte de Tuxtla); el jueves 3 de octubre estaremos en el Teatro de la Ciudad “Hermanos Domínguez”, en San Cristóbal, a las 19 horas; y el viernes 4 y sábado 5 de octubre, también a las 19 horas, estaremos en el Teatro “Junchavín”, de Comitán. La entrada es libre en todas las funciones.

 

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

6 Comentarios en “¿Con quién hablas?”

  1. RAMIRO CULEBRO
    4 octubre, 2013 at 23:07 #

    Apreciado Héctor:
    Que bueno que no concedes nuevamente el placer de leerte semanalmente, en tu Casa de Citas.
    Algo me comentastes que tus entregas anteriores serían editadas en un libro. Cómo va ese proyecto?

    • Héctor Cortés Mandujano
      7 octubre, 2013 at 13:32 #

      Gracias, Ramiro; el proyecto de publicar las primeras 133 Casas de cita sigue; será por la libre, de modo que va lento, pero espero que se pueda editar a finales de este año o a principios del próximo.

  2. hèctor vazquez cruz
    4 octubre, 2013 at 12:30 #

    felicidades tocayo, como siempre muy atinado en tus textos que seguimos con interes.
    y como siempre pendiente de tu proxima entrega. mientras un saludo y un abrazo.

    • Héctor Cortés Mandujano
      7 octubre, 2013 at 13:33 #

      Gracias, tocayo, por leerme; un abrazo

  3. baltazar zanabria
    1 octubre, 2013 at 10:17 #

    Sr. Cortéz, me encantó el texto ylo felicito por ello, me gustaria hiciera un análisis profundo, —–aunque creo saber la razón–, del porque peliculas como la del comediante Derbéz llenan las salas y cintas de arte ( no es lo mismo), como «Heli» de Amat Escalante, premiadas en los festivales mas importantes del mundo, el público mexicano le hace el feo. La cinta de Escalante, amén de su técnica cinematográfica, habla de un problema real que existe en México, mientras que la cinta del comediante de Televisa, no es mas que otro melodrama, con formato de cine, es decir una telenovela en 35 mm. ¿Porque cree?

    • Héctor Cortés Mandujano
      2 octubre, 2013 at 14:10 #

      Muchas gracias por su comentario y su pregunta, por leerme. Para no hacerle una respuesta a vuela pluma, le responderé en mi columna del siguiente martes. Un abrazo.

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