San Juan Chamula

Sometidos por la dictadura corrosiva del aguardiente de maíz, una docena de chamulas bailan hombre con hombre en el kiosco de la plaza rodeado por la iglesia, el palacio municipal, el edificio del PRI y el tendedero de puestos de verduras, artesanías y nueces de macadamia. Bailar es mucho decir; más bien pisotean el piso de concreto al mismo ritmo monótono, aunque la banda de viento ejecute con gran alborozo polkas, corridos o pasodobles, como si de aniquilar un nido gigantesco de hormigas se tratara. Las parejas no se toman de las manos, ni de la cintura, ni de los hombros. Frente a frente, con los sombreros ladeados, las faldas de las camisas ondeando hacia donde sopla el viento, intercambian muecas grotescas en vez de sonrisas, arremeten con sus botas de cuero contra el pavimento, se bambolean, elevan los brazos para mantener el equilibrio y contorsionan las caderas, con una cadencia torpe y desoladora. En las bolsas traseras de los pantalones cargan botellas de posh, el aguardiente de maíz fermentado con fertilizante que aprendieron a beber desde la infancia.

Abajo del kiosco, en la explanada de lajas filosas mal ensambladas, destaca entre los turistas nacionales y extranjeros un redondel de niñas de nueve o diez años cargando en sus espalditas a sus hermanos nacidos hace pocos meses, envueltos en rebosos de lana de ovejas. Las niñas calzan chanclas de plástico. Sus pies tienen grietas, cicatrices y callos: algunos tan gruesos como las suelas de las botas de los hombres. Algo tratan de comunicarles a los bailarines borrachos del kiosco. Ellos las ignoran o se quitan el sombrero para arrearlas, como si fuesen gallinas alborotando el orden silencioso del fogón de la casa. Las niñas agachan la mirada, se inclinan para rascarse los piquetes de moscos en las pantorrillas y reacomodar a los críos cuyos cuidados les han enjaretado sus madres ocupadísimas en un sin fin de tareas cotidianas (que incluyen tejer artesanías, cultivar hortalizas en el traspatio, cortar y acarrear leña, pastorear a los borregos), pero no se desplazan del sitio en que están ancladas. Sus rostros no denotan cansancio ni fastidio. Se han armado de paciencia. Esperan. Es domingo, día de hacerse de víveres en la plaza. No pueden arriesgarse a que sus padres gasten en posh hasta el último centavo. Resignadas a no transgredir ni con un gesto el orden de las cosas, aguardan a que se acabe la música alegre y el baile deprimente del kiosco. Los bebés tampoco dejan entrever sus emociones: no lloran, no ríen, no gritan, no duermen. Ni cuando se les acaba la leche, el café, el atole o el caldo de frijoles coloraditos del biberón; ni cuando se les paran las moscas en las costras de moco de las mejillas. La aparente infinitud de su abulia da a entender que nacieron para repetir el ciclo inexorable de la vida en San Juan Chamula; que traen bien grabado en la mente su destino manifiesto. En unos cuantos años beberán posch, o cargarán en sus espaldas a sus hermanitos envueltos en rebozos de lana, tejidos con sus propias manos o las de sus madres. Más adelante profesarán la religión católica, aunque la practiquen con el paganismo más apabullante, y votarán por el PRI. Entonces también subirán al kiosco a bailar o mandarán a sus hijas de nueve o diez años, con los críos en sus espaldas envueltos en rebozos, a mendigarle al papá unos pesos para comprar víveres los domingos de plaza.

SONY DSCLos turistas pronto son apabullados por la ola de indolencia que prevalece en el contorno del kiosco de la plaza. En cuanto se detienen a contemplar el espectáculo, sus miradas se marchitan como flores trasplantadas bajo un sol radiante, sus oídos se taponan y sus extremidades se entumecen. Es la magia perniciosa de los usos y costumbres, acomodados con el paso lentísimo del tiempo chamula a los intereses de los caciques que fungen en estas tierras como una extensión del Estado. El posh corroe la mente mucho antes que los riñones y el hígado. Vuelve estúpido a quien lo bebe y genera un ambiente colectivo de abyecta pasividad. Es la bebida oficial y obligada (además de la coca cola) del pueblo Chamula, donde todos los credos y todos los patrones de conducta social son fijos e inamovibles.

La banda de viento toca una hora corrida y descansa quince minutos. Cuando la música y los taconeos se apagan, el público sale de la modorra. Las niñas toman por asalto a sus padres, los turistas obnubilados se meten a la iglesia y yo extraigo del archivero de los recuerdos las palabras que hace dos décadas escuché a un cacique chamula:  “Aquí en Chamula no puede haber más de un partido político, del mismo modo que no puede haber más de un dios ni más de una religión. Aquí todos somos católicos, todos creemos solamente en nuestro señor Jesucristo y todos votamos por el PRI, por acuerdo unánime de asamblea. Los chamulas practicamos la democracia desde los lejanos tiempos de nuestros ancestros, antes de que la inventaran los kashlanes. Y no podemos permitir que gentes extrañas vengan a perturbar nuestros usos y costumbres”.

saul-1950@hotmail.com

Un comentario en “San Juan Chamula”

  1. fabiola
    12 noviembre, 2013 at 19:28 #

    se escribe pox y kaxlanes. Es una regla ortográfica de la lengua Tsotsil

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