¡Ahí voy, Popper, ahí voy!

Popper tensa los músculos, enfila la mirada hacia la vasija rebosante de croquetas aderezadas con brócoli y sopa de conejo; aguarda a que, en efecto, se muevan las ruedas de mi silla; avanzo veinte o treinta centímetros. Popper también avanza, con movimientos felinos, olisquea, come con la voracidad de un león hambriento. Yo retrocedo el tramito que avancé previamente, me detengo; Popper deja de comer y voltea a verme, se lame el hocico, se aleja dos pasitos de la cazuela suculenta. Su rostro arrugado irradia alegría; su mirada es vivaz y juguetona. Amacizo mis manos en las ruedas, amago con avanzar; exclamo: ¡Ahí voy, Popper, ahí voy!  El hermoso Sharpei se torna potrillo en el arrancadero, sus músculos vibran, dirige la mirada risueña hacia la vianda olorosa; yo avanzo treinta centímetros, reitero mi grito de batalla: ¡Ahí voy, Popper, ahí voy! Popper salta, se posa ante la vasija, como lo haría un leopardo ante la presa recién conquistada, olisquea; saboreándose me mira de reojo, mueve las orejitas, a la espera del grito de arranque: ¡Ahí voy, ahí voy, come Popper!, crujen las croquetas entre su dentadura de fiera salvaje, retrocedo y me detengo.

sharpei

Todo este juego se repetía siete o diez veces, entre porras y aplausos de mi esposa y de Alelí, la chica que nos ayuda con el quehacer de la casa, hasta que Popper engullía la ración indicada para que se conservara fuerte y sin los malestares que le provocaban la gastritis crónica que padecía.

Mi mujer, Alelí y yo (a veces, un sábado o un domingo, también mi hijo y su novia) desayunábamos después del ritual gastronómico que nos congregaba alrededor de Popper. Entonces, el perrito endulzaba la mirada, posaba su enorme carraca sobre mi muslo derecho (el más cercano a mi esposa), sus labios de hongo portobello se desparramaban en mi pierna, alzaba los ojitos radiantes conminándome a que le convidara unos buenos trozos de papaya y uno que otro arrumaco sobre la piel corrugada de su cabeza siempre tibia y generosa.

Popper expresaba sin medias tintas sus emociones; era efusivo hasta rayar en la exuberancia: saltaba al encuentro de las personas que le eran gratas, como para abrazarlas, besuquearlas y palmearles los hombros y las espaldas, o les gruñía pavorosamente a quienes percibía como seres antipáticos; y en ello no hacía distingos entre personas y perros, grandes o pequeños, hembras o varones. Con él siempre se sabía a qué tirarle.

Pero conmigo era comedido y cuidadoso. Me recibía siempre en la puerta del departamento, daba vueltas alrededor de mi silla, a la espera de que yo lo abrazara del pescuezo, le jalara las orejas y el cuero corrugado que cubría su cráneo, y le apretujara las costillas. Esperaba a que me quitara la corbata y el saco y, en tanto me lavaba las manos, corría a la cocina para indagar los avances en el servicio de la comida. Cuando todo estaba listo y la sopa humeaba en la mesa, volvía por mí, trotando presuroso. Asentaba sus patitas delanteras en las ruedas de mi silla y me ladraba cerca de la nuca, sobre los hombros, a bajo volumen. En cuanto mis brazos activaban el movimiento de mi vehículo, Popper me rebasaba y corría un poco delante, señalándome el camino de la recámara al comedor; a la vez, lleno de alegría, canturreaba unos ladridos victoriosos: ¡Ya estamos aquí, lo hemos logrado!, decía en su lenguaje bellísimo.

Cuando teníamos visitas o comíamos en algún restaurante de la Condesa, no  recostaba sus quijadas en mi muslo. Echado cuan largo era atrás de mi silla, rozando las ruedas con sus cuartos delantero y trasero, oía nuestra conversa, atento al trajinar de la gente. Echado de la misma manera, o a un costado de mi silla, escuchó el tecleo de mi computadora y la lectura en voz alta que suelo hacer de mis textos, en busca del tono y el ritmo que los aligeren y hagan digeribles: durante dos años, me incitó a corregir, con sus bostezos descomunales, cada párrafo de mi primera novela, hasta que los aprobaba con los movimientos asertivos de sus orejitas.

¡Hay tanto que contar de mi entrañable Popper! Lo haré en un texto tan largo como el dolor de su muerte por intoxicación de plomo. Mi mujer llora frente a sus cenizas coronadas por una fotografía en la que luce pensativo y sereno. Yo, nomás con recordar su figura magnífica.

Como he dicho en otras ocasiones, Popper es (fue) un perro Sharpei, cuyo linaje surge doscientos años antes de la era cristiana. En sus orígenes es guardián de tumbas imperiales y cazador de jabalíes. Con el paso de los siglos se convierte en el más fiel, amoroso y simpático compañero del espécimen humano. Es un animalito que entiende las palabras y los gestos de la gente. Hace todo lo que esté a su alcance para enternecer el corazón de quien le dé entrada y calor en su casa. .. Y para que su ausencia duela como un hachazo en el pecho. ¡Ahí voy, Popper, ahí voy!

 

saul-1950@hotmail.com

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