¿Con qué dedos de música tocarte?

Casa de citas/ 151

 

Miguel de Cervantes en El licenciado vidriera (SEP-UNAM, 2004) hace que su personaje, antes de que lo embrujen, vaya a pasear por Europa y desde allí elogie a nuestro país (p. 9): “Fue a Venecia, ciudad que a no haber nacido Colón en el mundo no tuviera en él semejante: merced al cielo y al gran Hernando Cortés, que conquistó la gran Méjico para que la gran Venecia tuviera en alguna manera quien se le opusiese”.

 

***

 

El asno de oro (escrito y publicado hacia el siglo II después de Cristo; mi ejemplar es de Editorial Gredos, 2001), de Apuleyo, es no sólo una historia, sino muchas; la más conocida es la que dura tres capítulos: el cuento de Psique y Cupido, una maravilla. Aquí, la diosa promete a quien delate a Psique una recompensa (p.142): “siete besos dulces de Venus en persona y uno más, que será pura miel, con la puntita de la lengua”.

En esencia, El asno de oro es muy simple y eficaz: Lucio, aficionado a la magia, hace que Fotis, una de sus amantes que es al mismo tiempo sirvienta de Pánfila, una hechicera, le dé un brebaje para convertirlo en ave; lo hace, pero por un error lo convierte en asno. Y casi en todo el libro, salvo al final, donde recupera su forma humana (al comer una corona de rosas), Lucio nos cuenta sus propias aventuras y las historias que oye contar con sus sucesivos amos.

El libro es sumamente entretenido y sugiere muchas citas; ésta, por ejemplo, habla de las varias noches en una (p. 46): “Ya había llegado el crepúsculo de la tarde, luego la noche verdadera, luego la noche tenebrosa, después las altas horas de la noche y por fin la noche profunda y silenciosa”.

Lucio, antes de convertirse en burro, es objeto de una burla en la que participa todo el pueblo de Tesalia, que celebra un dios que hemos olvidado: el dios de la Risa. Fotis, por otra parte, se refiere, celosa, a las lobas de Tesalia. El pie de página informa (p. 71): “Lupa (“loba”) es denominación usual aplicada a las prostitutas en la Antigüedad; ello dio origen a nuestra palabra ‘lupanar’ ”.

Algunas descripciones son de poderosa imaginación (p. 236): “El sol había desaparecido ya bajo las aguas del Océano e iluminaba las regiones inferiores del mundo”. Las comedias en la antigüedad se escenificaban con sandalias y las tragedias con un zapato alto llamado coturno, de allí que Lucio diga en cierto momento (p. 256): “Ahora, querido lector, ten presente que estás leyendo una tragedia, no un cuento; dejemos las sandalias y calcemos los coturnos”.

Un poco antes de su conversión, Lucio tiene un amo que descubre en el asno una asombrosa capacidad de entendimiento. Usa de ella para obtener ganancias, hasta que una mujer queda seducida con la capacidad humana del burro y decide comprarse una noche con él para satisfacer una fantasía erótica. La mujer besa y excita al burro pero, dice Lucio (p. 275): “¿cómo podría una mujer resistir una unión tan desproporcionada?” El asombro es que “apretándome en estrecho abrazo, pudo con todo mi ser, con todo, como digo.  Y cuando yo, por delicadeza, intentaba retirarme, ella volvía a la carga con mayor furia y se ceñía más de cerca”.

Se supone que hubo un antecedente griego de esta novela, que se halla perdida; se dice en el estudio preliminar que una de las diferencias era el final: Lucio, al reconvertirse en hombre busca a “la dama encopetada” que poseyó siendo burro y es (p. XIV) “despedido con cajas destempladas porque a la dama le gustaba más Lucio-asno que Lucio a secas”. Una muestra más que el tamaño sí importa.

 

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Obra de Manuel Velázquez, pintor chiapaneco.

Obra de Manuel Velázquez, pintor chiapaneco.

 

Por cómo está (ya se cayó la portada y tiene muchos subrayados) es evidente que lo he leído por lo menos tres veces. Y lo hice de nuevo en este diciembre pasado. Es la Antología de la poesía mexicana moderna, de Jorge Cuesta (publicada originalmente en 1928; mi ejemplar es del Fondo de Cultura Económica, 1985) donde poetas que ahora son referencia ineludible allí eran los jovencitos: Pellicer, Novo, Villaurrutia, Gorostiza…

Muy polémica en su primera edición (mi ejemplar todavía tiene brasas de la discusión), la antología tiene a los infaltables: Othón, Díaz Mirón, López Velarde, Alfonso Reyes…

Hace tiempo, en una plática con Hugo Gutiérrez Vega, él me dijo que “Idilio salvaje”, de Manuel José Othón, era el gran poema del siglo XIX. Los siete sonetos que lo conforman son líneas profundas, conmovedoras. Lo he leído tantas veces y aún me sobrecogen sus versos de amor no logrado. El hombre se ha enamorado de una muchacha que se va y él cierra todas las puertas y ventanas de la esperanza. Dice en el soneto final (p. 50): “Quise entrar en tu alma, y ¡qué descenso!”, y después de suponer lo que la experiencia dejo en ella, concluye con la suya:

Y en mí, ¡qué hondo y tremendo cataclismo!

¡Qué sombra y qué pavor en la conciencia,

y qué horrible disgusto de mí mismo!

 

El libro incluye a Ricardo Arenales (1883-1942), un angustiado colombiano que vivió en México donde se hizo llamar sucesivamente Miguel Ángel Osorio, Maín Jiménez, Ricardo Arenales y, al final, Porfirio Barba-Jacob. Esta línea la dedica a Guillermo Valderrama, pero tal vez podría aplicársele (p. 121): “La vida, como un licor de bajo precio,/ le producía una embriaguez innoble”.

Ramón López Velarde (1888-1921) es mi compañía desde la infancia y muchos de sus versos los tengo encarnados. Aquí, en “Tierra mojada” dice (p. 126): “Me siento/ acólito del alcanfor,/ un poco pez espada/ y un poco San Isidro Labrador.” De su poema “Todo…” es esta maravilla (p. 129):

 

Uno es mi fruto:

vivir en el cogollo

de cada minuto.

 

De  “La suave patria” estos versos aún vigentes (p. 135): “Como la sota moza, Patria mía,/ en piso de metal, vives al día,/ de milagro, como la lotería”.

Hace muchos años escribí mi primera obra de teatro “Tres sueños muertos” (hace tanto que si las cosas funcionan como se supone funcionarán, este año estrenaré mi obra de teatro número 17) y en una de sus versiones usé completo el poema “Sueño”, de Jaime Torres Bodet (1902-1974), que me encanta (el título de esta columna corresponde a una de sus líneas). Estos son sus versos iniciales (p. 148): “El agua de la sombra nos desnuda/ de todos los recuerdos/ en esta brusca/ inmersión que anticipa la del sueño”.

Esta antología sí que tiene que ver conmigo. Leo de nuevo los poemas seleccionados de Bernardo Ortiz de Montellano (1899-149) y allí me hallo con unos versos que incluí en Beber del espejo, que es formalmente mi primera novela (p. 184): “(Sexos de luz en los ojos/ llevan, altos, las muchachas)”.

Y el juguetón Salvador Novo (1904-1974) dice (p. 202): “Cada día cierra una puerta/ que no volveremos a ver/ y abre otra sorprendente ventana”; y (p. 208) “las palabras iban entrando/ la vocales daban el brazo a las consonantes”.

Y el gran José Gorostiza (1901-1973), quien por cierto para las fechas de este libro aún no publicaba su celebérrimo poema “Muerte sin fin”, cierra con estas líneas sus “Ventanas” (p. 222):

 

Quiero escribir en el cristal “Te quiero.”

¡Pero toda la ciudad se enteraría!

 

***

 

Vamos al mar con mi familia y una caravana de amigos. Jacobo, mi nieto, se emociona y se alegra con tantos cantos de pájaros en los árboles que rodean el hotel en donde nos hospedamos y ve asombrado la playa y el ruido eterno, el movimiento sin cesar de las olas. Cuántas emociones en su pupila. Su alegría embellece aún más la belleza que nos rodea.

Al día siguiente vamos a la ranchería Palo Blanco a una “mini corzeada”, es decir, una reunión multitudinaria, pero no la más grande, de la familia Corzo. Salimos de la carretera y entramos en un camino sin pavimentar. Por aquí pasó el huracán “Bárbara”. Se ven sus huellas a los lados del camino: enormes árboles arrancados de raíz; ramas milenarias colgadas como hilos, precariamente, de los cuerpos forestales; muchos troncos secos. Un cementerio de árboles, como ángeles muertos, sin alas…

En la comida vea a mucha gente conocida que me presenta a otras. Una amiga lo hace con dos mujeres:

—Mira, ellas son mis dos mamás: ella es la biológica y ella, la putativa…

Algo me dice la segunda, con mucho sentido del humor, que el barullo no me deja oír. Miguel, que está muy cerca, se ríe a carcajadas y luego me aclara la precisión de la señora:

—Yo nomás soy la tiva, la puta no vino…

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

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