Despertar, recordar

Casa de citas/ 157 

Dice Georges Perec, en “Los lugares de un ardid” (Antología del caos al orden, de Bárbara Jacobs, Joaquín Mortiz, 2013), a propósito de sus sesiones de sicoanálisis y de cómo utilizaba para ellas los apuntes de sus sueños (p. 366): “Había empezado a anotarlos en libretas negras de las que nunca me separaba. Muy pronto tuve tanta práctica que los sueños me llegaban escritos, con el título incluido”.

Mis sueños (no los anoto ni voy a sicoanálisis) a veces me suceden tan planteados como historias, que cuando las escribo me siento sólo trascriptor. Hace tiempo comenté con un amigo que mucho de lo que escribo no lo pienso en vigilia, sino me es dictado cuando duermo. “Así qué chiste”, me dijo. El único chiste es soñar y recordar. Aquí, un sueño reciente:

 

Mala idea

 

Poco después de la caseta de cobro hay que hacer alto total. Se ven, delante, las torretas de la policía, se escucha una sirena de ambulancia. Un accidente. Cuando me toca pasar enfrente veo el choque: un camión al que apenas se le notan magulladuras y un coche azul hecho pedazos.

Me llama la atención el muchacho delgado, alto, de pelo largo que, entre los policías y la gente que parece involucrada, parece ajeno a todo, no da señales de interés. Tiene una playera común, de esas que venden por miles (yo tengo una). Me fijo y me doy cuenta, con la lentitud que debo pasar, que no es un muchacho, sino una proyección, algo inmaterial, una imagen de video proyectada al aire. Vuelvo la vista buscando el proyector. Nada. Tengo que apurarme.

He recorrido quizás doscientos metros cuando veo de nuevo al muchacho, su imagen parpadeante, como un extraño juego de luces navideñas. Qué cosa.

Otra vez el muchacho y otra vez y otra. La imagen se afina, los colores van volviéndose reales, él va tomando materialidad. No es mucha sagacidad de mi parte descubrir que el halo de vida de este muchacho desconocido, en tiempo retrospectivo, fue llenando de señales el camino.

Lo veo ya pleno, real, vivo, en la orilla de la vía contraria a la que voy. Me decido, consigo estacionarme, bajo, cruzo la carretera y voy hasta él.

—Hola.

—Hola.

—¿Buscas quién te lleve?

—Sí.

—¿No tienes dinero para el pasaje?

—No.

—Si quieres puedo llevarte al pueblo cercano, por la vía contraria y, mira, te doy un dinero para que tomes un autobús.

Me ve con desconfianza.

—No, no, no te preocupes, no quiero nada de tu parte, lo hago nomás por ayudar.

En la recta, sigo la trayectoria de su mirada, viene un coche azul.

—Déjeme intentar con este coche y si no tengo suerte, acepto su propuesta.

—El coche azul se va a detener, pero no va a ser una buena idea que te subas.

—¿Por qué?

Él hace la seña clásica al coche que se acerca.

—No puedo decírtelo. No me creerías.

El coche se detiene. La conductora es una muchacha un poco ebria, con rastros de llanto en el rostro. El muchacho la ve y vuelve la vista hacia mí, sonriente. Ya tomó una decisión.

 

***

No hay cura para la imbecilidad

Opinión de un guardaespaldas sobre el joven rey,

en Juego de tronos

La serie televisiva Juego de tronos (producida por HBO, primera temporada, capítulo 8),  en la que un viejo se levanta de una mesa por lo que considera la insolencia de un joven, me hizo recordar algo que me dijo (con peores palabras) un taxista sobre los nuevos políticos:

—No me quedaré a escuchar insultos de un niño tan verde que mea hierba.

 

Un capítulo después conversan de nuevo un viejo y un joven, cuyo trabajo reside en guardar la puerta del reino de donde puede venir terribles amenazas. Habla en primer y en último término el viejo, el que más sabe:

—¿Sabes por qué los hombres de la Guardia de la Noche no toman esposa ni dan hijos?

—No.

—Para que no amen. El amor es la muerte del deber.

 

La segunda temporada es pródiga en matanzas, violencia, ambición. La cuidada trama sigue siendo, sin embargo, el platillo fuerte. En ésta, de nuevo, se mezclan las imprecaciones con la divinidad.

Dos hombres discuten sobre la fidelidad a los dioses. Uno estalla:

—El único dios lo tienen las mujeres entre las piernas.

Un hombre inquiere a una mujer sobre cómo hizo para evitar que los guardias la detuvieran. La respuesta femenina:

—Cualquier cosa con verga es muy fácil de engañar.

 

Dos guardias conversan, mientras trabajan bajo el frío intenso, sobre los dioses y el más allá. Uno concluye:

—Si a los dioses les interesara nuestra dignidad, no nos harían tirarnos un pedo en el momento de nuestra muerte.

 

Y una máxima de la política:

—El poder reside donde la gente cree que reside.

 

***

 

Tal vez vi alguna película de jueces y juzgados, tal vez fue la lectura de Un drama de caza, de Antón Chéjov. Tal vez de allí este nuevo sueño:

 

Obra del pintor chiapaneco Manuel Velázquez

Obra del pintor chiapaneco Manuel Velázquez

Justicia

 

El juez era severo en sus sentencias, tajante, inhumano. Ningún sentido del humor. De vida solitaria y magra alimentación, sólo se la pasaba leyendo libros antiguos, viejos y recientes sobre códigos y leyes. Eludía cualquier trato de confianza con abogados, reos, gente. Su obsesión era saber lo más posible de los hechos para enmarcarlos en leyes específicas que hicieran la más estricta justicia. Se desvelaba en ello.

Una noche tuvo un desmayo que atribuyó al cansancio.

Cuando hubo acumulado tanto saber le pareció que ningún abogado estaba a la altura de sus conocimientos. Y comenzó a despreciarlos tanto como a pensar que quizá hubiera alguno con la suficiente pasión lectora, con la necesaria inteligencia para no cometer los errores ortográficos, los vicios idiomáticos, las torpezas cotidianas de los leguleyos básicos.

Se sorprendió al hallar un día sobre su escritorio un documento pulcro, un recurso legal de estilizada concepción, de finura compositiva. ¿Quién era este nuevo abogado?

Los desmayos se sucedían.

Aunque le quedaba clara la sentencia que daría al asunto que este abogado desconocido defendía, se admiraba de cómo podía él mostrarle aristas que, pese a su sapiencia y su experiencia de juez, no pudo descubrir antes.

Pero no se dejaba intimidar por nadie más y su sentencia ya estaba prevista.

Le llegó un escrito de irreprochable sintaxis y certera erudición que le hizo dudar. ¿Daría la razón al abogado? No.

Desestimó los recursos y dictó la sentencia como la ordenaba su soberbia.

Una noche, a la vuelta de uno de sus frecuentes desmayos halló un papel debajo de su puerta. Era una velada amenaza.

A cada desmayo nocturno se sucedía una nueva carta cada vez más amenazante, cada vez más gráfica, de obvio autor.

Tenía cierta confianza en la mujer que se ocupaba de las labores de hogar y la contrató para que se quedara a velar al hombre que aprovechaba sus desmayos para amenazarlo.

La mujer relató lo que vio y él no tuvo más remedio que creerla.

“Luego de segundos de desmayo, usted se levanta con otra mirada, una fuerza parece ponerlo de pie. Ya no es usted, es otro y escribe en un papel mientras ríe como enloquecido. Da vueltas y vueltas por la estancia hasta que de nuevo ocupa el lugar donde se desvaneció. Abre los ojos y de nuevo es el juez.”

Era el juez y el abogado. Dos seres en uno.

La noticia de saber claramente de su esquizofrenia lo hizo, tal vez, en una noche de soledad inventarse otro ser desconocido. Se volvió un asesino que con un cuchillo filoso cortó la yugular al aplicador de justicia y al conocedor de leyes, es decir, a los ya tres que eran el mismo.

La sirvienta cuando llegó no se sorprendió demasiado. Nunca había creído en la cordura de ese juez dedicado sólo a los libros: frío, misántropo, loco…

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

 

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