El tú que soy yo

Casa de citas/ 160

 

En el meeting de la humanidad millones de seres

gritan lo mismo: Yo, yo, yo…

[…] Sólo los que aman saber decir: Tú

Jacinto Benavente

 

Este 15 de marzo pasado, hace cuatro días, el Club Rotario Tuxtla Gutiérrez me entregó un reconocimiento (elegante, de buen gusto) por lo que ellos consideran ha sido o es mi “destacada aportación a las letras chiapanecas”, y fuera del honor que significa que un grupo de personas decidan que lo que hago tiene algún valor, me llama la atención que me distinga de nueva cuenta una organización civil (el año pasado fueron dos), es decir, personas que al premiarme no están buscando escalar en la política ni congraciarse con el poder ni algo que no sea dar el reconocimiento en sí mismo.

Ya se sabe que, en muchos casos, un gobierno (el actual, el de antes, cualquiera) busca quién es servil o acomodaticio o usable para sus fines y lo premian, lo vuelven paraestatal (lo pondrán de jurado, de invitado especial al lado de funcionarios, le financiarán publicaciones, etcétera). Es evidente, también, que muchos de los premiados gubernamentales, antes de serlo, corren para salir en la foto y se pasan haciendo antesalas y distribuyen currículos, arman gordos expedientes, buscan firmas de apoyo, quieren con desesperación ser “reconocidos” al precio que sea.

Compartí la mesa de honor con los otros dos premiados (oír a la maravillosa soprano Lupita Guillén fue otro regalo): el biólogo Miguel Ángel Palacios y el Dr. Valdemar Rojas (los dos, por cierto, nacidos en 1928). Ninguno de los tres, pienso, hicimos algo especial para que decidieran premiarnos, más que lo que hacemos por nuestras propias convicciones; en mi caso, no tengo ligas con instituciones públicas ni privadas, no pertenezco por decisión personal a ningún grupo (me han invitado a muchos y siempre digo que no) y, aunque hago otras cosas, no suelo escribir sobre política ni sobre lo que se llama “temas del momento” (a veces en los medios se está debatiendo algo terrible y yo escribo sobre Shakespeare: una isla a mil kilómetros de este instante); aparte de novelas, teatro, cuento, etcétera, escribo, pues, sobre asuntos que no están en la agenda ni de los medios en general ni del poder en particular: cine, música, libros, arte.

Y escribo cada semana aquí, en Chiapas Paralelo, sin saber si hay alguien detrás de la máquina; agradezco, por eso, este espacio y los que vengan donde pueda escribir sobre lo que me gusta y donde haya alguien quién sabe dónde que me lea. Y doy gracias sinceras, por eso, a todos los que conforman el Club Rotario Tuxtla Gutiérrez. Me siento muy honrado y agradecido por sus palabras, la cena, el brindis y las mil amabilidades que tuvieron para conmigo. Gracias.

 

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Este nuevo reconocimiento trajo a mi memoria el nacimiento de mi primera publicación, donde también hubo gente buena que me dio el premio de su amistad. El primer cuento que escribí pensando que podía tener algún valor literario lo llamé “El silencio de las ranas”, (fatal título, que luego reconvertí); tenía un barrunto de realidad que mezclaba la muerte de mi suegro –me acababa de casar– y el inminente nacimiento de mi hija. Lo leyó mi inseparable amiga de aquel entonces, Margarita, y fue ella quien decidió meterlo a un concurso de cuento municipal –los Juegos Florales de San Marcos 1984– en Tuxtla. Gané el tercer lugar.

Engolosinado, escribí un segundo llamado “La muerte es sueño”, de obvia alusión a Calderón de la Barca, y Margarita lo inscribió ahora en el Cuarto Encuentro Juvenil Estatal, en la especialidad de cuento, que organizaba el CREA donde obtuve, en 1985, el primer lugar. Por lo mismo, fui representando a Chiapas a un encuentro nacional donde nos juntaron a todos los jóvenes artistas (músicos, bailares, teatreros, escritores) en Bellas Artes y luego en distintos puntos del DF en mesas de trabajo memorables. Regresé de allá muy alegre (compré un montón de libros y de discos) y muy motivado.

Margarita y yo, abogados recientes, compartíamos un despacho con un amigo de mayor experiencia. En uno de aquellos días, Jorge Arturo Díaz Pérez –que así se llama este querido amigo, al que no veo desde hace años– y yo y Margarita, supongo, salimos a tomar unas copas y al calor de los tragos Jorge decidió que iba a pagarme la edición de mi primer libro, porque él confiaba, dijo, en mi futuro como escritor y quería tener la satisfacción de ser el primero que apostara por lo que ni yo sabía que vendría después.

Con todas mis reticencias, ya medio borracho me llevó a una imprenta, me presentó con el dueño y le preguntó, a ojo de buen cubero, cuánto costaría imprimirme un libro.

—Jorge –intenté apaciguarlo–, no soy un escritor, sólo he escrito dos cuentos.

Como si hubiera hablado con la pared.

A partir del día siguiente, el dueño de la imprenta comenzó a llamarme para pedirme los textos. Hablé seriamente y en juicio con Jorge Arturo y le pedí que retirara su dinero de aquel hombre. “No tengo ningún libro”, le dije.

—Pues escríbelo. Yo ya pagué y ese dinero es para tu primera obra.

Joder. El impresor se tomó muy a pecho su papel y me llamaba casi a diario, de modo que intenté buscar nuevas ideas para escribir y logré hacerlo. Margarita y Jorge fueron los dos corazones generosos (y luego varios que me ayudaron en ese primer trayecto) a quienes debo la publicación de La muerte, por todos lados la muerte (1990), del que muy poco después de su aparición me arrepentí. Pero esa es otra historia.

 

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El Batman. Fotografía: Nadia Carolina Cortés.

El Batman. Fotografía: Nadia Carolina Cortés.

La bellísima isla de Lampedusa, Italia, es escenario para la inspirada cinta Respiro (2002, dirigida por Emanuele Crialese); en ella, los pobladores han encerrado en una improvisada construcción a los muchísimos perros sin dueño que deambulaban por las calles. La joven y guapa madre de una adolescente y dos niños, Gracia, con evidentes perturbaciones emocionales, en venganza por un acto de su marido (le perdió una perra que ella había recogido y que adoraba), libera a una jauría que es muerta a tiros por los hombres de la isla. Ello desencadena la parte cimera de la cinta.

Cuento esto porque hace unos días mi hija salió a ver por qué nuestras perras armaban un escándalo en el portón de entrada. Las tres mayores ya se habían retirado, dando por sentado que no valía la pena seguir ladrando; sólo la menor, Suri, continuaba con ladridos amenazantes. Mi hija vio al animalito atemorizado. Le tomó una foto y me mandó un wazap: “Mira qué nos aventaron, ¿qué hago?”

Le hablé o me habló (yo estaba muy ocupado):

—¿Es un perrito? Devuélvelo.

—¿A quién? Alguien pasó, metió el brazo por el portón y lo aventó, no lo quiere.

—Te paso a tu mamá. Decídanlo y me dicen.

La decisión fue, claro, que el perrito se quedara.  El otro asunto fue decidir cómo se llamaría. Jacobo, mi nieto, en cuanto lo vio, terminó con las dudas: “Gua-gua, Papan”, que en nuestra traducción literal significó: “Este perrito se llama Batman”.

Nuestra jauría, pues, ya tiene un nuevo integrante, un nuevo —chin, pum, cuaz— héroe.

 

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Cumplí 53 años el 24 de febrero pasado. Desde hace mucho tengo la sana costumbre de no celebrarme ni dejar que me celebren. Eso evita, no siempre, que me canten “Las mañanitas”, que desde niño me ha parecido aborrecible, y me obliguen a apagar velitas, que de toda la vida me ha parecido algo sin chiste. En fin, que podría todo mundo no llamarme ni felicitarme, porque yo no suelo recordar los cumpleaños de nadie ni soy detallista. Pero este año de nuevo me llovieron felicitaciones.

Llamadas, mensajes, bendiciones, mails de amigas y amigos de varias partes, de familiares cercanos; además mi hija y mi yerno me dieron un regalo que me encantó, Maru me trajo flores, Sonia Salazar me hizo un guiso que sabe que me gusta y que me mandó con mi mujer, y dos queridas amigas me dijeron dos frases que me gustaron mucho: “Estás en mi corazón”, de una de mis imprescindibles: Laura Elena, Laurita, y “Bendigo tu nacimiento”, de mi adorada Adelita. Y mi mujer, mi hija y mi nieto estuvieron conmigo como los regalos preciados que han sido y son todos los días en mi vida. Cómo no agradecer tanto cariño por el que, la verdad, hago tan poco. Un abrazo a todos los que se acordaron de mí y me lo hicieron saber. Que la vida les retribuya con amistad y amor.

 

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HCM en penumbras. Fotografía: Adriana Corzo Aguirre

HCM en penumbras. Fotografía: Adriana Corzo Aguirre

Carballido y la oscuridad. Desde hace varios años doy talleres que hasta hace poco convertí, mejor, en una charla literaria al mes. La del 21 de febrero la titulé “El teatro feliz de Emilio Carballido”, para reírnos mucho con la enorme capacidad que don Emilio tenía para la comedia. Llevábamos apenas treinta o cuarenta minutos (las sesiones son, se supone, de tres horas, pero casi siempre rebasamos ese lapso) cuando se fue la luz. Pregunté si podíamos seguir a oscuras y la respuesta de mis oyentes fue que sí.

Debía leer un texto y para eso una de las participantes me ofreció un celular, en su función de linterna. Eso usé en lo sucesivo. El apagón duró más de una hora, creo, y desde la oscuridad oía las risas o el comentario que cerraba alguna idea del gran dramaturgo. Cuando todo pasó me di cuenta de lo excepcional del hecho: un grupo de personas pasaron horas oyendo a alguien hablar, leer, en la casi oscuridad, como en el principio de los tiempos. La caverna original y nosotros alrededor de la hoguera. Qué maravilla.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

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