Los besos del olvido

Casa de citas/ 161

 

Elena Garro dio por primera vez una obra de teatro, “Un hogar sólido”, en 1957, al grupo Poesía en voz alta (ya he hablado de él en alguna columna anterior) del que formaban parte Octavio Paz, su marido en esos años; Carlos Fuentes, Héctor Mendoza y muchos brillantes jóvenes de ese entonces que hoy son referencia en las artes de México.

Casi en los límites de la imposible representación, las obras de Garro –nuestra mejor dramaturga– son un conspicuo ejemplo de creatividad, lenguaje poético y total libertad. No es fácil llevarla a escena.

Confines Teatro, cuya sede es La Puerta Abierta (Cuarta Norte Oriente 542, en Tuxtla) dio al público, hace meses, un montaje de “Un hogar sólido”, dirigida por Jorge Zárate, quien logró, con una producción más centrada en la penumbra sugerente que en la clara exposición, una forma válida para mostrar esta historia que ocurre debajo de la tierra, con muertos recientes y antiguos.

Hace un par de semanas fui a ver el nuevo montaje de Confines… que de nuevo pone en escena un texto de la Garro: “Los perros”. La dirige e ilumina Jorge Zárate quien, me parece, cada vez más depura su modo de mostrar al público los textos dramáticos. La luz, por ejemplo, es fundamental en esta representación: deja zonas oscuras, sombras que sugieren el ominoso futuro de Úrsula, la menor de 12 años quien lo mismo que su madre continuará el destino de ser violada, torturada por los brutales hombres rurales que, en atención a sus usos y costumbres, no saben enamorar, hablar, acariciar, sino robar mujeres (como si fueran animales), forzar, golpear… y abandonar después.

La contención actoral es también uno de los aciertos de la dirección de Jorge, que es asumida con puntualidad y resuelta con eficacia por un más que solvente elenco: María Eugenia Meza muestra, con su clara dicción, encarnando a “Manuela”, la madre, la inevitabilidad del abuso masculino en una comunidad donde nadie es capaz de intentar cambiar las reglas que consideran a la mujer sólo un bulto, una esclava doméstica y un objeto para satisfacer sexualmente a su raptor; Marihana Zárate es convincente en la frágil sicología de una niña que no quiere ser la víctima del hombre que está emborrachándose para después ir por ella y llevársela a una vida donde el abuso será el alimento cotidiano; Saúl Gohé, con una actuación impecable, como las que suele ofrecer, es al mismo tiempo quien anuncia el rapto y uno de los que lo ejecutan; el casi debutante Alfredo Espinoza logra generar atmósferas con diversos instrumentos musicales y ruidos, mientras cambia constantemente de personajes.

Oír el lujo verbal de Elena Garro en este drama es un privilegio y ver a estos artistas chiapanecos, comprometidos con el quehacer teatral, es una oportunidad que no siempre tenemos a la mano.

Esta magnífica puesta en escena –reflexiva, atenta a los detalles– se ha presentado todos los viernes y sábados de marzo, a las 20 horas. Sólo queda un fin de semana, no deje de verla.

 

Ilustración: Tomás Muracciole. Foto: Jorge Zárate

Ilustración: Tomás Muracciole. Foto: Jorge Zárate

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Desde el año pasado, Confines Teatro, este colectivo, decidió pintar en algunas de las paredes de su Centro los rostros de distintos hombres y mujeres cuya vida ha girado en torno a las tablas. Están Chéjov, Grotowski, Brecht, Stanislavski, Moliere, Elena Garro… y yo. De todos los pintados, soy el único vivo (me refiero al que aún respira) y el único de Chiapas. Tomás Muracciole, responsable de todas las pinturas, usó una foto mía y de ella derivó el dibujo que ilustra esta columna. Fue una sorpresa verme en la pared (al lado del fregadero de trastes) y, además, con tan ilustre compañía. No había tenido ocasión de agradecer el gesto públicamente. Saberse querido y reconocido por mis pares; por quienes, lo mismo que yo, están empeñados en hacer arte desde Chiapas, es muy gratificante. Muchas gracias, amigos.

 

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En la finca El Ciprés, donde nací y pasé mi niñez, aprendí de la radio una canción que cantaban Los dos oros, que se llama “La huella de mis besos”, y como anuncian los cantantes tecladistas, dice más o menos así: “Podrás cambiar de rumbo, de patria, de todo;/ modificar tu rostro, tu historia, tu modo;/pero por más que borres, que limpies, que cambies:/ la huella de mis besos tendrás en la cara”.

Pos bueno, esa canción me hizo creer en mi tierna infancia que los besos eran imborrables. Luego descubrí que no. Sin embargo, ahora que releí El mago de Oz (Random House Mondadori, 2012), este súper clásico de L. Frank Baum que puso nuevamente en circulación, sorprendentemente, Sanborns, me sorprendí porque, en la parte menos socorrida de la historia, a Dorothy la besa una de las dos buenas brujas, que se disculpa por no acompañarla (p. 33): “Pero voy a besarte, y nadie se atreverá a molestar a una persona que haya sido besada por la Bruja del Norte”.

Muchas páginas adelante, cuando los Monos Alados la llevan sin dañarla ante la malvada Bruja del Oeste, ésta (p. 141) “quedó tan sorprendida como preocupada al ver la señal en la frente de Dorothy, porque sabía de sobra que ni los Monos ni ella misma podrían hacerle el menor daño”. La huella del beso.

En la canción popular hay muchos casos de huellas imborrables, pero ya se sabe que, como dice Joaquín Sabina en “La canción de las noches perdidas”, todos los boleros mienten (también, dice Chava Flores, miente todo Lovable, ese brasier perverso). “La llorona” dice en uno de sus tantos versos llorones: “Dos besos llevo en el alma, Llorona, que no se apartan de mí:/ el último de mi madre y el primero que te di”.

Mentira, claro.

 

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No me encantó El turno del escriba (Alfaguara, 2005), de Graciela Montes y Ema Wolf. La novela ganó el premio que promueve la editorial que la edita, en el año que la editó. En las páginas finales publican el acta del jurado quien “ha considerado que esta novela es la recreación de una época fascinante de la humanidad. […] Los personajes centrales son el escriba Rustichello y el viajero Marco Polo, que coinciden en la cárcel de la Génova del siglo XIII”.

Tal vez fue eso. Ya conocía la historia sobre la eventual participación del escriba en el libro clásico; ya leí Viajes, de Marco Polo, y las muchísimas páginas descriptivas de El turno…, que serán delicia para quienes gusten de recreaciones históricas, llegaron a cansarme.

Lo mismo dicen las autoras que pasaba con Rustichello al oír las morosas descripciones de Polo (p. 206): “¿Qué rey, vivo o muerto, daría su beneplácito a un libro que acabara siendo un inventario de nombres y distancias sin un solo pasaje emocionante, un asalto a un castillo, el rescate de una doncella, una escena de antropofagia, un unicornio?”

Por eso se entusiasmó cuando oyó que Polo al fin contaba algo divertido en Rusia donde (p. 232) “el frío era el más intenso de cuantos se podían sufrir en un lugar del mundo” y las señoras, para orinar a campo abierto, tomaban una serie de precauciones; sin embargo (p. 233): “En una ocasión, la necesidad asaltó a una de esas señoras camino a su casa, y al acuclillarse para orinar los pelos de su mechón pudendo se congelaron de inmediato y quedaron pegados a las hierbas del terreno, y ella sin poder liberarse, por lo que acudió en su auxilio el marido, que le sopló aire en la zona para fundir el hielo, y, por desgracia, la humedad del soplo se transformó a su vez en hielo, y los pelos de la barba se pegaron a los de la mujer, con lo que tampoco él pudo moverse”.

 

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Escribe Vania Vargas, poeta guatemalteca, en Quizá ese día tampoco sea hoy (Public Pervert, 2013: 32), poemario triste:

 

La vida/ el amor/ y la felicidad son historias infantiles

que nos contaron en una época

en la que no se había perdido la esperanza

Ignoraban/ quizá/ que nacemos preñados de la muerte

La alimentamos

con las palabras que regresan

al chocar entre los dientes

Crece con nosotros y contamina lo que entra

Por el eso el amor se acaba

y los sueños tienen fin

 

***

 

Hace tiempo, Marco Antonio Besares me dio prestado este libro que yo tenía muchas ganas de leer: Las ansias carnívoras de la nada. Es la primera novela que escribió Alejandro Jodorowsky, y ahora que Marco anduvo fuera de México me la trajo de regalo. Él es, también, de mis amigos, quien me ha regalado con éste, varios libros. Entre los que recuerdo a vuela pluma están El derecho a la pereza, de Paul Lafargue y Diálogo secreto, de Antonio Buero Vallejo. La celebratorio de esto es que alguien en un viaje, donde va descubriendo cosas nuevas, tenga un momento para pensar en uno y lo demuestre con hechos.

Además, no sé cómo, perdí mi libro Rastros de sangre, de Luis espinosa, y ahora lo necesitaba. Mis queridos amigos Miguel Carballo y Sonia Espinosa encontraron un ejemplar entre sus suyos y me lo regalaron. Mil gracias.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

 

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