Partidos desfigurados, democracia pervertida

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Los partidos políticos cada vez dejan de ser lo que los define en sus declaraciones de principios y en sus estatutos. ¿Hasta hace poco tenía usted plena conciencia de que existieran, más allá del recuerdo de la pasada elección, de algún logotipo despintado en alguna pared, de un pendón roto en algún poste, de una vieja playera con siglas y eslogan o de las referencias negativas que recurrentemente los aluden?

No es que la memoria nos traicione, es la manifestación de su ciclo decadente como organizaciones políticas que recogen, procesan y enarbolan demandas de los ciudadanos para buscar una mejor sociedad. Su naturaleza democrática y su función de gestor del cambio, se han desfigurado para mutar en agencias electorales comandadas por una élite burocrática usufructuaria del presupuesto público y de los puestos de poder a los que tiene acceso vía el sufragio.

Y si ya empezamos a escuchar en los medios de comunicación y en las redes sociales el martilleo de las siglas PRI, PAN, PRD, PVEM, PT… es porque el próximo año habrá comicios locales y federales. En los municipios se empieza a sacudir el polvo, a quitarles las telarañas a las oficinas partidistas que durante dos años quedan como casa de fantasmas; las fachadas se ven relucientes con la pintura nueva donde se plasmará el nuevo eslogan de campaña, artificioso, grandilocuente, pretencioso, vacío.

Los partidos han renunciado al poder popular y se han plegado al poder del dinero, del mercantilismo político. Cambiaron su declaración de principios por el marketing como una vía de acceso exprés al poder, sin compromisos. Sus incentivos no son la democracia o el desarrollo social, sino los privilegios, el disfrute del jugoso presupuesto público y la oportunidad de hacer negocios al amparo del poder.

Por eso nadie asume las causas ciudadanas. En Tuxtla, por poner un ejemplo de los muchos que hay, existe desde hace tiempo un enorme descontento social por el estado desastroso de la ciudad, pero ningún partido ha decidido acompañar a la gente en sus demandas. El tema es muy suculento para aquel que quisiera acrecentar legítimamente su influencia política y su potencial electoral; sin embargo, todos se han quedado callados, indiferentes, alejándose de sus responsabilidades fundamentales para no incomodar a quien les puso el yugo y les da con la puya para que vayan en una dirección u otra. Igual sucedió con la propuesta de privatización del SMAPA, no hubo pronunciamientos en contra de la “oposición”.

Los partidos ya abrieron sus puertas, llegó la época de caza; en su interior se escuchan golpes secos, vociferaciones, lamentos, susurros, sonrisas cómplices, reconciliaciones, ruidos de calculadora,  apapachos, según sea el caso. Afuera desfilan sin freno institucional una horda de suspirantes que se preparan para el abordaje. “Delfines”, júniors, eternos aspirantes, caciques, “alfiles”, ilusos, arribistas, saltimbanquis, mercenarios, “chapulines”, reciclados, vividores, configuran la fauna al acecho del botín.

El escenario está puesto para que la partidocracia se imponga una vez más sobre las aspiraciones democráticas de los ciudadanos.

 

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