Ciao, Roma (Dos y última)

Casa de citas/ 179

 

 

Todo aquel que vive bien despierto sueña mucho

Julio Cortázar,

en Cortázar de la A a la Z, álbum biográfico

 

Sueño. Mi hija maneja una camioneta que ya no tenemos. Por alta velocidad, nos detiene una agente de tránsito. Mi hija, después, le baja un poco, pero acelera nuevamente. Hay estacionado un coche rojo que no podemos evitar. Fuerte impacto. Lo arrastramos. Oigo un grito de hombre y luego quejas sin fuerza. Mi hija se detiene. Sé que el hombre está muerto. Silencio. Pasa por mi mente la imagen de mi hija en la cárcel.

—¡Vámonos!, le digo.

Me ve, llorando. No sabe qué hacer.

—¡Vámonos! Si alguien viene te van a detener, quién sabe cuánto tiempo estarás en la cárcel. Ese hombre murió.

Arranca. Nos vamos.

Despierto. Oigo a la gente que habla a gritos en la calle, en italiano, y me siento ante un dilema moral: ¿lo que hice en sueños vale para la realidad?

 

***

 

En la cola para ingresar al espectacular Duomo, en Florencia, un alemán nos pregunta (a René y a mí), al oímos hablar en español, de dónde somos. De México, decimos. Sin saber de qué estado, el hombre nos dice que ha viajado mucho (enumera países), pero considera que el mejor lugar del mundo está en Chiapas. Se llama Agua azul, nos informa.

Cerca del Duomo, más tarde, hallamos un pequeño restaurante de Estambul. ¡Al fin carne y tortillas!

Sin duda, el símbolo de esta ciudad es el “David”, de Miguel Ángel. Está reproducido en todos lados, de mil maneras. En el mercado, incluso, hay bóxer con sus genitales y hay genitales del David con imanes para pegar en el refri, genitales suyos en tarjetas, posters, playeras, ceniceros, objetos varios por doquier. Es curioso que el símbolo de una ciudad sea un hombre desnudo.

En la cola de la Galería de la Academia, para ver la imponente escultura (un poco más de cuatro metros) del “David”, una señora argentina conversa, sin saber que hablamos español, sobre el esfuerzo que requiere subir el Duomo. Cuando descubrió que le faltaban para llegar al final cerca de 200 escalones, simplemente reculó. Sólo subiría, dice, y se ríen sus acompañantes y nosotros, “si me soplaran el traste”.

Aunque hay un exceso de información (guías, libros, folletos, audios, personas especializadas), no se pueden evitar las versiones libérrimas de la gente que repite leyendas urbanas. Detrás del David, en una banca circular, me vuelvo vecino circunstancial de una familia con acento norteño. El señor cuenta:

—Esta estatua se la encargó a Miguel Ángel un como presidente municipal de ese tiempo, ¿no?, y un día llegó y le dijo que quería ver el avance. Miguel Ángel casi lo tenía terminado y no le gustaba mostrarle a nadie sus cosas antes, pero era el que le iba a dar la lana y ni modo. Se lo enseña. El hombre le da vueltas y le dice: “Ta bien, pero creo que la nariz está muy grande”. Miguel Ángel ni modo que se pusiera a discutir; entonces agarró un puño de polvito blanco que había en el piso y se subió hasta la cara del “David” y se puso así como a lijarlo, a darle unos golpecitos y fue soltando el polvo. Lo hizo un rato y después le dijo al hombre: “Yo creo que allí quedó bien, ¿no?” y el güey que ni sabía, le contestó que okey, okey. Y así quedó el asunto.

La mujer de al lado, presumiblemente su esposa, incita a otro de sus acompañantes para que prepare la cámara y tome la foto, pese a las prohibiciones escritas y al policía que anda cuidando que todos respetemos esa petición, esa orden. La mujer dice:

—Tú prepárala y échala, ya tienes la foto, ni modo que te quiten la cámara. Yo ya hice cuatro tomas.

Cualquier postal será mejor que la mejor toma que cualquiera consiga en esas circunstancias, pero esta mujer, esta familia, tienen como objetivo central no admirar la pieza, sino burlar la vigilancia. ¿Por qué, para qué?

 

***

 

Frente a nosotros, en la calle, un hombre vende carteles (El Guasón, Bob Marley, “El beso” de Klint, todo mezclado) y empieza a llover. Levanta con rapidez su vendimia y regresa, a toda velocidad, con paraguas e impermeables que ofrece a los transeúntes. Admirable oficio.

Las calles anchas están llenas y las angostas, repletas. Las iglesias sirven para admirar pinturas, construcciones, altares, pero también para sentarnos y descansar un momento antes de seguir caminando. Los pies, al límite de resistencia.

En una callecita, cerca del famoso y espectacular Puente Nuevo, hay un árbol de olivo, encerrado con una protección. Es un tronco viejo con muchas y altas ramas nuevas. Es un monumento vivo. Tiraron una bomba (o algo así, no lo recuerdo con precisión, aunque leí con atención la nota; ah, mi traidora memoria) que destruyó varias cosas. El árbol quedó reducido a un tronco negro. Y volvió a la vida. Lo tienen allí como eso, como un ejemplo del triunfo de la luz, como muestra del renacimiento.

 

***

 

Pese a tanto arte, la televisión italiana es tan banal y boba como la mexicana (aquí, por lo menos, hay excepciones: el 11, el 22, TV UNAM; allá todo, hasta pudimos ver, parece medido con el mismo rasero) y en el zapping damos con una voz que habla en español: ¡una telenovela de TV Azteca!

 

***

 

Es muy claro que cada vez más la gente está supliendo la foto por la memoria, la experiencia directa por la imagen. Ante las muchas maravillas es común ver a personas que no ven, sino de inmediato están enfocando la toma del video o se están poniendo la cámara frente a los ojos. No se preparan para mirar, para admirar, sino sólo para llevarse la imagen y tal vez mostrarla para presumir, para subirla a las redes. La máquina está supliendo al ojo.

De nuevo al tren. Nos vamos a Roma.

 

***

Obra de Manuel Velázquez.

Obra de Manuel Velázquez.

Una bella mesera en Roma, donde comemos en la primera tarde que pasamos en la ciudad, tiene miedo a las palomas. Mala cosa, porque hay muchísimas en todos lados. Es como si un pescador tuviera miedo a los peces.

Desde niño, en los comics, conozco los cuervos (La zorra y el cuervo, recuerdo) y luego los fui mitificando por la literatura (el famoso poema de Poe, el más obvio) y el cine (Los pájaros, de Hitchcock, la que primero viene a la mente). Hace tiempo vi un cuervo en un zoológico de México; en Morelia, creo. Ahora, enfrente del famosísimo Coliseo Romano hay varios. Los veo como si estuviera viendo un cuadro en un museo. Me encantan.

Sobre las piedras antiguas de los foros romano y palatino (muy cerca del Coliseo) anidan gaviotas, muchas gaviotas con pequeñuelos que les pían. Las madres cantan como guajolotas. El mar, inminente.

 

***

 

Nuestro hotel en Roma es extrañísimo, entre otras rarezas la recepción está en el segundo piso de un edificio y las habitaciones en el primer piso de otro. Laberíntico, extravagante. En la segunda noche sueño de principio a fin una obra de teatro que escribiré apenas tenga tiempo. Me despierto en la mañana y tengo a todos los personajes, los diálogos, las escenas súper claras y precisas. Tomo apuntes a mano y quedo muy contento con este nuevo regalo que me llega mientras duermo. Decido que se llamará como este hotel: Baltic.

 

***

 

Pagamos los servicios de un camión para turistas que se llama Ciao, Roma, y montados en él recorremos día a día la ciudad. Nos bajamos, vemos las maravillas y tomamos otro y otro. Desde mi atalaya veo un hotel que se llama Stendhal. Es al final de cuentas un homenaje al escritor. Me hace recordar que mi amiga Pillita me contó que en no sé dónde, en México, se encontró con un estacionamiento llamado Amado Nervo. En fin.

Somos miles en la Capilla Sixtina con la cabeza hacia arriba mirando los frescos de Miguel Ángel. Se oye un fuerte rumor como de cantina y por encima de ello, porque lo gritan o lo dicen por micrófono los policías, dos frases: ¡No fotos! y ¡Silencio! en varios idiomas.

Ciudad Vaticano es una gran empresa que cobra por todos sus servicios y en la decena de kilómetros que abarcan sus museos hay infinidad de tiendas. La iglesia es, sin duda, el mayor negocio. En su alrededor hay restaurantes, tiendas, gente que vende. Si Jesús intentara de nuevo echar a los comerciantes del templo necesitaría un ejército.

Nuestra última visita es a los inmensos bosques del complejo Borghese. Lagos, esculturas, museos, pero sobre todo un festín de la naturaleza: miles de árboles para extasiarse. En una de lindas bancas que han donado para sentarse, la vulgaridad escupe sobre la belleza en un grafiti escrito con grandes letras en italiano: “En el culo te entra, en la cabeza no”.

Ciao, Roma.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

 

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