La hamacaterapia de Jorge Moreno, El Piña

Jorge Moreno Pereyra, El Piña, conoce todas las historias de Villaflores y las sabe contar con gracia, humor e ingenio. No es un escritor y seguramente no lo ha deseado ser jamás. Por eso el mérito de su libro, Recuentos de un domador de hamacas, es que ha sabido conservar su don de narrador oral por encima del tecleador de páginas.

Producto de la oralidad, su texto debe leerse en voz alta y para que se acomoden bien las palabras y las frases debe ser en una hamaca y con varios caballitos de mistela, carraca de puerco y caldo shuti.

En su boca hasta la muerte es alegre y traviesa. Bien lo sabía, tío Conra, goloso pa’l trago, quien en la larga procesión que lleva el cuerpo de su mujer al panteón se lamenta: “¿Quién va a sali’ a bebe’ conmigo ‘ora que te juiste?, ¿quién te quería y te besaba tu pitío cuando estaba yo de goma? Yo, Conrado Coutiño, tu marido que ya no vale nada porque te juiste. ¡Dios mío, qué ingrata es la vida”.

Uno de los dolientes se le acerca a tío Conra para decirle que el cuerpo de su mujer va adelante, que ese es otro muerto, que se ha confundido por entrar a una tienda a comprar cañita. Sorprendido, responde:

“–¿Qué? –dijo tío Conra levantando su cara del suelo y dándose cuenta que era pura gente desconocida. Inmediatamente voltió pa’ambos lados y dijo antes de sali’ corriendo– ¡Puta madre, lloré dos cuadra de vicio”.

El Piña            Las frases de El Piña son ingeniosas, lapidarias y muy regionales:

  • “Además de culito sin juicio era amachada”.
  • “Era de gente humilde pero guapa, eso sí, arrechita y pitío alegre”.
  • “Qué cohetes ni que nada!, ¡es bala!… al tiempo que buscaba con ojo de radar pa’ onde sali’ corriendo”.
  • “Antes, cuando el villaflorense de ese tiempo todavía tenía vergüenza, las cosas en este pueblo lo hacíamos los mismos ciudadanos; si era una escuela o el empedrado de una calle, la encalada del mercado, en fin, cualquier mejora que fuera, era entre todos”.
  • “Hace tiempo, pero mucho tiempo, cuando Villaflores se empezaba a llena’ de andariegos”.
  • “Esta calle es famosa porque allí viven los Pancheños, aguerrida familia de apellido Gutiérrez, muy buenos para agarrar entre todos”.
  • “Tío Chelo, fundador de la dinastía de más prosapia pa’ echa’ mentira”.

En lugar de novelistas o de cuentistas, Jorge Moreno tuvo como maestros de la crónica a sus tíos, de quienes aprendió a condimentar los relatos. Recuerda que uno de ellos hablaba de la “docena trágica”.

“–Es decena tío –le dije.

“–Ve hijo, cuando hablés de algo aumentale, no le quités, porque si no qué chiste tiene”.

El Piña habla de chocos con malas mañas, de mujeres enamoradizas y valientes, de hombres pepenagargajos y desesperados por encontrar amores y curas a su mal, de hombres cobardes; de juegos de niños: tenta, chutas ponedoras, ronrones voladores, chibolonas, encantados y escuende la faja; de curaciones milagrosas con ramiadas con matarratón, con tesitos de alcanfor, con rajitas de ocote y con gotas de petróleo; de árboles extraviados: nambimbos, anonas, nanguipos y sauz; de enfermedades olvidadas: turicuchi y niguas prendidas en el carcañal; de frutas desplazadas: zapote caca de niño, caimitos, pomarrosas, cajinicuil, caco y cinco negrito, y de puterías y malas mujeres, de El Piquete que regenteaba un bule de categoría donde “llegaba la gente lavadita del pueblo» y que le decían la zona forestal, «por los palos que allí se tiraban».

Cuenta de Matías Grajales, boxeador frailescano de la época de oro, de la perdida de su mujer y el extravío de sus zapatos; de regalos de jabón Palmolive; de las aventuras inconclusas de Tarzán de los monos; de restauranteros francos, “si quiere’ste come’ sabroso, vaya’ste a come’ en su casa!”; de su viaje a Cuba y de sus viajes mensuales por el Amanecer, o no sé como se llame ahora, después de que se fue el rata de Sabines.

Villaflores es su motivo: el tancón “la única obra de arte mudenco que ha existido y lo jodió el paso del progreso”; el puente, la escuela, los ríos Pando y el Amates, el parque central y su fuente sin agua, las cantinas de don Moxel y su cantinero, Tavo Cara Cagada; de los adoptados por el pueblo y de la cultura de la cabeza horneada y de los mapachis, con el más grande de toda América, el generalísimo Tiburcio Fernández.

Desde la hamaca, El Piña recuerda a peluqueros que necesitaban medio litro de trago para que no les temblara la mano; de telefonistas mandones (“por favor no te metás Cárdenas ¿viste?); de solterones apocados y de viejitos que podían romper la piñata “pero no agarra’ nada” porque ya no se podían “agacha’”.

No es que no sucedan tragedias en Villaflores, hay también muertas y asesinados, pero la crónica en voz alta de El Piña busca la otra mirada para levantar el ánimo, para decir que en medio de la tristeza siempre hay motivos para alzar el caballito de tequila y brindar por la arrechura, el ingenio y el desmadre, que le dan sentido al vaivén de la hamaca, de su hamaca voladora y multicolor.

 

 

 

Un comentario en “La hamacaterapia de Jorge Moreno, El Piña”

  1. Elia Morales Coutiño
    18 julio, 2014 at 17:36 #

    no vivo lejos de Chiapas, pero me he reído bastante con esta narración, buscare el libro para disfrutarlo. saludos

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