La cultura es libre

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El presente texto busca entrometerse en un debate muy respetuoso que han sostenido David García Aristegui (DGA) en su blog ¿Por qué Marx no habló de Copyright? quien escribe desde España y del otro lado el equipo de Sursiendo en el Sursiendo Blog, escribiendo desde Chiapas, México. Dicho debate ha girado en torno a la salud de la cultura libre, sus posibilidades de éxito y/o los síntomas de su decadencia.

 

Quienes nos dedicamos a cuestiones que tienen su marco legal en la Ley Federal de Derechos de Autor (personas que se dediquen a la música, la pintura —y las otras artes plásticas—, la literatura, la fotografía —y las otras artes visuales—, el cine —y las otras artes audiovisuales—, el desarrollo de software, la arquitectura, la investigación científica, la escultura, el teatro, la danza, y si, a etcétera también) estamos obligados a tomar parte en la discusión sobre cultura libre, creo. ¿Debemos olvidarnos de la idea del autor? ¿sentarnos a ver como las empresas hacen dinero con nuestro trabajo sin darnos siquiera crédito? ¿debemos organizarnos en un sindicato? ¿podemos defender nuestro trabajo, nuestra obra? (antes que sigan leyendo advierto: no hay en este texto respuesta a ninguna de estas preguntas).

 

Últimamente estamos rodeados de casos en que se discute si un simio es autor de una foto, si copiar una tesis te puede llevar cuatro años a la cárcel, si las fotos que subes al Facebook deben llevar tu nombre al centro y con letras grandes, si los plagios en música, en letras, en imágenes, en fin. Al mismo tiempo van apareciendo abogados especializados en el tema derechos de autor, que se ofrecen a llevar nuestro caso y defender nuestro patrimonio por una módica cuota. ¿Qué hacen las y los autores ante toda esta andanada? Confundirse. Estamos sumidos en la confusión total, confundimos derechos universales, leyes nacionales, leyes extranjeras, licencias de buena voluntad sin valor legal, lo envolvemos, lo agitamos y nos servimos un coctel inservible.

 

Debo decir que no soy mucho de la leyes, los derechos, los reglamentos, ni los manuales. Se dice que México es uno de los países más corruptos del mundo, esta situación en parte es fruto de la dinámica legal colonial —de aquella colonia— donde en la península española se legislaba a las Américas basados en puros supuestos, que luego, cuando los virreyes intentaban llevarlo a la práctica, resultaba imposible por el contexto, la dinámica, la cultura y las necesidades. En aquella época se formuló la frase “Obedezco pero no cumplo (creo que lo dijo uno de esos virreyes, refiriéndose a alguna nueva ley del rey español).

 

Haber nacido y crecido en ese país, donde la ley es letra muerta y donde los juicios y las condenas dependen de habilidades carterísticas de abogados y de disposiciones sobornísticas de los jueces o voluntades políticas, te hacen desconfiado del derecho y más apegado a buscar en las prácticas cotidianas la semilla de la vida buena. Cuando alguien, desde una posición libertaria-de-autores-europeos clama por derrocar las leyes pienso que hemos vivido así 500 años, ignorando la ley porque en México “el conocimiento de la ley no te exime de su incumplimiento” y ese mundo donde las leyes son irrelevantes, quien domina es el más fuerte. Acabar con las leyes es entregar el poder a los machines enfusilados. Por ello y a pesar de todo, las multitudes que contengo a veces se inclinan a buscar en los derechos el común acuerdo que nos permita seguir caminando juntos. En el mundo, pues.

 

1. La cultura está viva y ya era libre antes de nosotros

Desde hace muchos años, lustros, décadas, existe un movimiento internacional en contra del copyright, que si, que es una ley hecha y pensada en los intereses mercantiles, es decir, capitalista. Ese movimiento se llama derechos de autor.

 

Hay una diferencia histórica en el sistema de justicia, de un lado la Europa continental y Latinoamérica con el derecho llamado “continental” (o romano, o francés, según quién lo diga), del otro los países anglosajones y el common law (África se divide entre estas dos más la fiqh, o derecho islámico). La justicia anglo privilegia a los empresarios con el derecho de copia (copyright) mientras que en el continente se privilegió a los autores (derechos de autor).

 

En la mayoría de las discusiones y planteamientos que se hacen desde el “lado libre” de la cultura se suele pasar por alto esta diferencia. Se asume, sin demostrar, que el fin del autor será también el fin del capitalismo —citando a Kropotkin, Barthes, Foucault, y desde luego, a Kawsay—, se equipara la defensa que un autor hace de sus derechos con la defensa que una empresa —o un grupo de ellas— hace de su negocio.

 

No faltará quien llegue a estirar la noción de capitalismo hasta que toda defensa de derechos sea, al final, capitalista, por individualista (sólo se salvarán los derechos colectivos, a saber cuáles sean y cuáles no).

 

Tome usted su manual de modos de producción y ponga atención: los derechos de autor defienden a los artesanos, que en su taller chambean y le echan ganas y firman el producto de su trabajo. Los derechos de copia defienden a las grandes fábricas que toman el producto de los artesanos y lo reproducen y lo venden. De un lado hay personas trabajando con sus manos y su mente, del otro lado hay empresas explotadoras y plusvaliantes.

 

No es lo mismo.

Pero se nos olvida y compramos todo. En lo países donde la legislación va por derecho de autor —y que llevan décadas, si no siglos, resistiendo la presión de las empresas por cambiarlo— los defensores de la cultura libre las llaman leyes de copyright, así, sin hacer distinción.

 

Del mismo modo, compramos la idea de Creative Commons, también elaborada a partir de la legislación del copyright y pensada para el sistema legal del common law, diferente, como ya se dijo, al derecho continental, que se basa en las leyes. Ellos, los anglos, basan su derecho en la jurisprudencia. Por eso la idea de CC podría funcionar. En México, por ejemplo, no sirven para nada. Al menos no en cuanto a protección de la obra, sin embargo algunas de estas licencias le restan derechos que tenía de facto. En otras palabras, a un autor no le sirve, frente a la industria, tener su obra licenciada en CC. En cambio a la industria le resulta de mucha utilidad. Esa también es una diferencia entre nosotros y ellos.

 

2. No necesitamos sindicatos

Armando Manzanero fue un gran compositor. Con muchas de sus canciones le puse soundtrack a mis historias de amor de la prepa y la universidad. Era bueno el condenado, sabía cómo tocar ciertas fibras. Las grandes estrellas del pop mexicano le deben parte de su éxito, en cada disco que se vende en México, en cada concierto masivo, hay algo de Manzanero. Ahora ya no escribe ni hace música, ahora es el jefe de la Sociedad de Autores y Compositores de México (SACM). Bajo su liderazgo, la SACM se ha dedicado a perseguir, multar, encerrar, sancionar y descalificar a todos aquellos que no se pliegan a los lineamientos de la industria del disco. También la SACM ha sido —junto con las televisoras— una importante cabildera al momento de reformar las leyes referidas a propiedad intelectual en México.

 

Tan grande es su trabajo en favor de la venta de discos que el año pasado la Academia Nacional de Artes y Ciencias de la Grabación de Estados Unidos (The Recording Academy) le dio un Grammy Honorífico (es el primer mexicano en ganar uno de esos). Probablemente esa buena relación le ha ayudado a sobrellevar un par de juicios por plagio. Manzanero ya no trabaja en su taller, ahora es un empleado de las disqueras.

 

No es lo mismo, pues.

 

Su modo particular de defender a los compositores ha llevado a situaciones terribles para la música. Hay un lugar en el Bajío, un pueblo que solía ser mágico, pero ahora es patrimonio de la humanidad, que vive, en buena medida, del turismo. Pues bien, en ese lugar un grupo de músicos se afilió a la SACM y descubrieron que era más redituable demandar a los establecimientos que ponían música “sin autorización” que seguir buscando cobrar regalías o venderle una canción a una disquera. Luego de varios operativos policiacos donde entraban a pequeñas cafeterías y llevaban preso al dueño del establecimiento por el delito de violación al derecho de autor —decomisaban el radio y sus bocinas, como evidencia del delito—, llegaron al extremo de perseguir incluso a los músicos que con su guitarra animaban alguna velada —probablemente con canciones de Manzanero—. Si lo visitan, descubrirán mucho silencio, pues los negocios prefirieron suspender la música antes que pagar las regalías a ese grupo.

 

Como suele pasar en todos los casos de derechos de autor no hubo condena a ninguno de los perseguidos, pero si un gran gasto de abogados, sustos y corajes. En la práctica de la SACM priva la mirada anglo del copyright, en los tribunales, todavía, domina la postura del derecho de autor. En la práctica, la SACM no busca “fortalecer el vínculo con los usuarios de la música”, tal como dice su misión, sino ser la policía de las empresas.

¿A qué viene todo esto? Ah, si, que la SACM nació como un sindicato.

 

 

3. La cultura la hacemos todos, el negocio es de unos cuantos

Lo que quiero decir con esto es que de pronto la brújula del capitán Sparrow nos muestra la dirección a la que queremos ir, y creemos que ese lugar es el sur, o el norte, o el oriente. Volvemos a estar en la posición en la que estuvo el pintor pro-estalinista Siqueiros cuando trataba de defender el movimiento muralista y el arte comprometido y dijo su famosa frase (que se volvería libro): “no hay más ruta que la nuestra” (y el arte y la cultura en México se volvió la repetición de un mismo discurso, a muchas voces y muchos pinceles).

 

Hay mucho que hacer, ciertamente el hecho que una sola persona se adjudique el trabajo de muchos —el mejor ejemplo es el cine— es algo que debe superarse, pero al colocar en el mismo paquete al fenómeno del autor omnipotente y omnisapiente (creador único) con el lucro de las empresas y el derecho de copia corremos el riesgo de convertirnos en el Elfialtes1 de nuestro lado de la cultura. Definamos nuestras luchas, identifiquemos el blanco o si no, pasaremos la vida apuntando a nuestro propio reflejo (que no para de moverse).

 

Son las empresas, con sus derechos patrimoniales como bandera, quienes están privatizando la cultura, son las y los autores, con sus derechos morales, en todos sus estratos, niveles y créditos, quienes producen la cultura. Apuntar a los autores (que no son sólo de la música y la pintura, son poetas —esos grandes empresarios—, son artistas visuales, de la foto, del video, del textil, de la piedra, del código, de la ciencia —con todas sus derivaciones y empleados y becados conexos—, somos un chingo, pues) es apuntarnos a nosotros mismos, a una comunidad donde uno de cada 1000 obtiene beneficios por su trabajo registrado, donde 999 de cada 1000 son des-acreditados en las piezas o artículos finales, pero que igual, de todos modos, defenderán sus derechos. Apuntarles a ellos y no a la empresa lo único que provoca es una respuesta conjunta.

 

Hay que defender esos derechos, luchar por los derechos colectivos de las comunidades sobre la autoría de sus diseños textiles, luchar por construir autorías colectivas (como se hace en Sursiendo), luchar por el reconocimiento de todos los involucrados en la creación de una pieza artística o científica —las escenas post-créditos de Marvel han hecho mucho para que el público reconozca a todos los involucrados en una película porque nos obligan a leer sus nombres, que es más, mucho más, que lo que ha hecho, por ejemplo, la Asociación Nacional de Actores (ANDA) por el reconocimiento del trabajo de los actores de doblaje—.

 

Cierto que la comunidad cultural tiene muy sobrevalorado el asunto de los créditos (aunque se le escatiman y regatean peor que si fueran salario). También tienen muy sobrevalorado el asunto de tener muchos talentos (ya saben, esa moneda griega de la que habló Mateo en su evangelio, donde habla de los que miran y no ven, oyen pero no escuchan ni entienden). Las y los trabajadores de la cultura (artes y ciencias) deben mirar por sus derechos y reconocerse en ellos antes de querer autoemascularse declarando su muerte por decreto.

 

Pensar desde las personas que producen y consumen cultura. No desde el penthouse de las empresas que lucran con ella.

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