La gratuidad del mal

(Notas para una charla/ Dos de tres)

Casa de citas/ 186

 

Mi lucha, de Adolfo Hitler (continúa)

 

Hitler insiste en su tema principal (p. 105): “El judío fue siempre un parásito en el organismo nacional de otros pueblos, y si alguna vez abandonó su campo de actividad, no fue por voluntad propia, sino como un resultado de la expulsión que de tiempo en tiempo sufriera de aquellos pueblos de cuya hospitalidad había abusado. ‘Propagarse’ es una característica típica de todos los parásitos, y es así como el judío busca siempre un nuevo campo de nutrición”.

En 1920 (p. 121) “induje a formar el primer mitin”. Hitler comienza a hablar a las masas. Aquí termina la primera parte.

En la segunda habla de los políticos, de cómo nada hacen durante su mandato, pero apenas se aproxima “la fecha de la disolución de las cortes” vuelan al seno de su “querido pueblo” (p. 126): “De nuevo se dirigen a sus electores, les cuentan de sus labores fatigantes y del malévolo empecinamiento de los adversarios. Dada la granítica estupidez de nuestra humanidad, el éxito no debe sorprendernos. Guiado por la prensa y alucinado por la seducción del nuevo programa, el rebaño electoral, tanto ‘burgués’ como ‘proletario’, retorna al establo común para volver a elegir a sus antiguos defraudadores”.

Nadie se vuelve alemán, dice Hitler, por aprender la lengua o asumir esa nacionalidad. Sólo existen los alemanes de sangre y el Estado racista (p. 135) “tiene que velar por la conservación de su pureza y tiene que consagrarse al niño como al tesoro más preciado de su pueblo. Está obligado a cuidarse de que solo los individuos sanos tengan descendencia”. Los enfermos o defectuosos deben renunciar a tener hijos.

Otra de las varias obligaciones del Estado racista es dar (p. 140) “una máxima significación a la formación del carácter”.

Ya constituido el Partido Nacional Socialista hubo que tener una bandera, un símbolo, y dice Hitler (p. 171), “yo mismo, después de innumerables ensayos, logré precisar una forma definitiva: sobre un fondo rojo, un disco blanco y en el centro de éste, la cruz gamada en negro”.

El libro continúa, pero creo que esta idea puede resumir las páginas que omito (p. 187): “Lo que nosotros, los nacionalsocialistas, necesitamos y necesitaremos siempre, no son cien o doscientos conspiradores, sino de cientos de miles de fanáticos que luchen por nuestra ideología. […] Tenemos que enseñarle al marxismo que el futuro dueño de la calle ha de ser el nacionalsocialismo, que un día será también el dueño del Estado”. Y aquí Hitler ya casi tenía en la mano a los miles que lo secundaron en su tarea de locura y exterminio.

 

Obra de Manuel Velázquez, pintor chiapaneco.

Obra de Manuel Velázquez, pintor chiapaneco.

El mal radical, de Richard Bernstein

 

Este libro (Editorial Fineo, 2005) recorre las ideas de varios filósofos que han indagado sobre lo que postula el título: Kant, Hegel, Schelling, Nietzsche, Freud (el único sin la imagen pública de filósofo), Levinas, Jonas y Arendt, en un antes y un después de Auschwitz, del exterminio judío.

Bernstein dice que (p. 13): “existe una retórica del ‘mal’, ya demasiado conocida, que se pone de moda en momentos críticos […], y que en verdad oscurece y bloquea el pensamiento serio sobre el sentido del mal. Se usa el mal para acallar el pensamiento y para demonizar lo que nos negamos a entender” y afirma que (p. 18) “Kant es el filósofo moderno que da comienzo a la indagación sobre el mal sin recurrir de manera explícita a la teodicea filosófica”.

Dice Kant (p. 29): “La moral no necesita en absoluto a la religión”, y abunda Bernstein en la misma página: “Los seres humanos son cabal y plenamente responsables de lo que hacen en calidad de agentes morales libres, ya sea que cumplan con su deber y obedezcan la ley moral o que no sean capaces de actuar de acuerdo con dicha ley”, es decir (p. 48), “no nacemos moralmente buenos o malos; nos volvemos moralmente buenos o malos en virtud de las decisiones que tomamos”.

Hegel plantea (p. 82): “Hay que decir que el contenido de la filosofía, su menester y su interés, es totalmente común al de la religión. El objeto de la religión, como el de la filosofía, es la verdad eterna, Dios y nada sino Dios y la explicación de Dios. La filosofía sólo se explica a sí misma cuando explica la religión, y cuando se explica a sí misma, explica la religión”.

Sigue Hegel (p. 87): “En la medida en que Dios me toca, lo finito desaparece. […] Lo finito no puede conocer o alcanzar lo infinito, no puede captarlo o concebirlo. Dios es un más allá, no podemos dominarlo” y, dice Bernstein (p. 100), “como Kant, Hegel también afirma que el mal sólo surge del querer”. Así (p. 107), “el bien y el mal están dialécticamente relacionados; no hay bien sin mal ni mal sin bien. Sin la conciencia del bien, entonces ‘el mal mismo es sólo una nulidad vacía’; pero sin la conciencia del mal, el bien también sería una nulidad. Sin la oposición dialéctica de ambos, no habría aflicción. Y sin la experiencia de esa aflicción, los seres humanos serían meras bestias, el espíritu no nacería”.

Al analizar la aportación de Schelling a este tema, Bernstein concluye (p. 139): “Los seres humanos precisan a Dios, pero eso es tan válido como decir que Dios los precisa a ellos, que portan una responsabilidad especial”.

Schelling llega a afirmar, dice Bernstein (p. 142), “lo que siempre pareció inaceptable para las teodiceas cristianas. Dios ‘es’ el origen de la realidad del mal. Pero lo es en un sentido muy particular. Es el fundamento del ser de Dios, el principio de oscuridad potencialmente independiente, lo que se vuelve el origen del mal en los hombres. Eso sucede cuando ellos, en calidad de seres espirituales y conscientes, elevan ese principio oscuro merced a un acto libre de su voluntad de sí, invirtiendo lo que en Dios es unificado e indisoluble. Por consiguiente, lo que en Dios no es intrínsecamente malo, se transforma en la fuente del mal en los seres humanos”.

Los seres humanos no somos una unidad, estamos escindidos, dice Schelling (p. 146): “El hombre es simultáneamente un organismo vivo (y como tal, parte de la naturaleza) y una entidad espiritual (y como tal, está por encima de ella)”.

En otras palabras (p. 148): “No hay libertad humana sin mal. La libertad es el poder del bien y el mal. Todos los intentos de negar la realidad del mal son ilusiones insatisfactorias, pues negar la realidad del mal es negar la de la libertad”.

Opina Schelling directamente (p. 150): “Quienquiera que no posea un material o fuerza del mal en sí mismo es asimismo impotente para el bien. […] El alma de todo odio es el amor”.

 

Nietzsche dice que el concepto de lo bueno sufrió una transformación conceptual y se comenzó a considerar “bueno” lo (p. 162) “ ‘dotado de alma aristocrática’, ‘noble’, ‘con espíritu superior’, con ‘espíritu privilegiado’. Ese desarrollo es paralelo a otro por el cual ‘vulgar’, ‘plebeyo’, ‘bajo’ se transforman al cabo en el concepto de lo ‘malo’ ”.

Después, sigue Nietzsche, los judíos invirtieron la ecuación bueno= noble= poderoso= bello= feliz= amado por Dios diciendo (p. 164) “sólo los desdichados son buenos; los pobres, los impotentes, los degradados son buenos; sólo los que sufren, los que no tienen, los enfermos, los feos son piadosos, los únicos bendecidos por Dios, la bendición es para ellos solos; y ustedes, poderosos y nobles, son en cambio los malos, los crueles, los lujuriosos, los insaciables, los que no tienen Dios para toda la eternidad; ¡y por siempre seréis los que no están bendecidos, los malditos, los condenados!”

Luego (p. 182), continúa, “todos los instintos que no se descargan externamente se orientan hacia dentro. A eso lo llamo internalización del hombre: así se desarrolló lo que luego sería conocido como su ‘alma’ ” y como los castigos de la sociedad organizada se dirigieron a la conducta externa todos los instintos del hombre salvaje se volvieron en contra del mismo hombre (p. 184): “Hostilidad, crueldad, placer de perseguir, de atacar, de alterar, de destruir: todo esto se volvió contra los poseedores de tales instintos. Ese el origen de la ‘mala conciencia’ ”.

Y así (p. 196): “El mal es la manifestación violenta del resentimiento, el rasgo más penetrante y peligroso de nuestra moral moderna”.

Sigmund Freud, de vuelta al origen, dice (p. 202): “No se precisa mucha perspicacia analítica para adivinar que Dios y el diablo eran idénticos al principio, una sola figura que luego se dividió en dos con atributos opuestos”.

También los seres humanos somos duales, dice Freud, pues estamos constituidos de (p. 220) “sólo dos instintos básicos: el Eros y el instinto de destrucción”. El primero busca unir y el segundo destruir. Por eso al segundo “lo llamamos también instinto de muerte”. Pero incluso esta dualidad se puede dividir, cada una, de dos formas: creativa (la agresividad usada en el trabajo: Van Gogh pintando un campo bellísimo de girasoles) o destructiva y autodestructiva, con mil ejemplos obvios.

Sigue Freud (Pp. 229-230): “La agresividad es introyectada; es, en realidad, devuelta al lugar de donde provino, o sea, se dirige hacia el yo. […] Esta lista a activar en contra del yo la misma ruda agresividad que al yo le hubiese gustado satisfacer sobre los demás individuos extraños”.

En resumen (p. 232): “Desde una perspectiva de psicología profunda (o psicoanalítica), no hay diferencias fundamentales entre la vida emocional de los así llamados hombres primitivos y la de los hombres civilizados contemporáneos”.

 

***

 

Estos siguientes viernes 19 y sábado 20 de septiembre, a las 20 horas, en La Puerta Abierta (4ª. Norte Oriente 524), daremos las últimas dos funciones de la obra de teatro Zaratustra, de Alejandro Jodorowsky. Los esperamos.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

 

 

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