No hay que ser agelastos

Casa de citas/ 207

 

Después de ver sus tres películas anteriores (Japón, Batalla en el paraíso y Luz silenciosa), me había prometido no ver la nueva, Post Tenebras Lux (2012), de Carlos Reygadas, porque me parecía que lo suyo no era hacer obras abiertas, en el sentido en que lo propone Umberto Eco (“fundamental ambigüedad del mensaje artístico”, Editorial Ariel, 1979, p. 17), sino se estaba volviendo cada vez más un ejercicio de códigos personales, tan personales, que ya eran códigos de exclusión.

Post Tenebras Lux (2012), de Carlos Reygadas

Post Tenebras Lux (2012), de Carlos Reygadas

Dejé pasar el estreno en el cine, pero un día la vi a un precio bajísimo en un súper y la compré. La acabo de ver y me parece formidable, la mejor de las cuatro, con un ritmo que abandona la exagerada lentitud de las anteriores y con una historia que, si bien nunca va a parecerse a las convenciones del cine estándar, en su sutileza logra emocionar y tocar lo bello, lo que creo verdaderamente artístico.

No abandona, en Post…, su discurso personalísimo ni las oscuras intenciones (me refiero a que para “aclarar” su propuesta sólo tenemos la interpretación; no hay obviedades en su planteamiento), pero de nuevo lo celebro y lo recomiendo. Es un gran artista y me siento feliz de saberlo tan mexicano y tan universal.

 

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De profunda introspección, Las tribulaciones del estudiante Törless (Ediciones Coyoacán, 1995), de Robert Musil, define con su título el intríngulis del libro. Si fuera una novela policiaca el título sería algo así como El asesino es el mayordomo; es decir, no apuesta a la sorpresa del argumento, sino al modo de argumentar.

El largo epígrafe de Maeterlinck es glorioso y lo tomo completo (p. 7): “Apenas expresamos algo lo empobrecemos singularmente. Creemos que nos hemos sumergido en las profundidades de los abismos y cuando tornamos a la superficie la gota de agua que pende de la pálida punta de nuestros dedos ya no se parece al mar de que procede. Creemos que hemos descubierto en una gruta maravillosos tesoros y cuando volvemos a la luz del día sólo traemos con nosotros piedras falsas y trozos de vidrio; y sin embargo en las tinieblas relumbra aún, inmutable, el tesoro”. Guau.

El atribulado Törless se la pasa pensando en sus padres, en la prostituta que visita con regularidad, en lo que hacen y dicen sus amigos. Y siente por ellos emociones contradictorias. Piensa, por ejemplo, que si la prostituta no lo fuera, le gustaría darle placer hasta elevarlo al dolor. ¿Por qué? Porque es un adolescente. (p. 38) “la primera pasión de los adolescentes no es amor de uno por el otro, sino odio contra todos. Casi toda pasión primera dura poco y deja detrás de sí un gusto amargo. Es siempre un error, un desengaño”.

Se da cuenta de que sus amigos Reiting y Beineberg torturan a un condiscípulo, Basini, con quien además tienen relaciones homosexuales sádicas. Ve a uno de ellos, Reiting, en sesión sexual con el torturado, que va a ser el gran pivote de todo el libro. Piensa en las relaciones íntimas de esos dos muchachos (p. 84): “Tenía que haber sido como el caer largo, larguísimo, de dos almas apasionadas la una por la otra, hasta dar luego en un abismo como el de un reino subterráneo. Y entonces habría habido un instante en que los rumores del mundo de arriba, de muy arriba, se apagaban, se extinguían”.

Esta inclinación romántica hace que él, después, se vuelva amante de Basini, y eso lo lleva igualmente a más tribulaciones, a más pensamientos, que a veces contrasta con Beineberg, también dado a las introspecciones (p. 142): “Hace ya mucho que deberíamos estar desesperados, pues nuestro saber en todas las esferas presenta semejantes abismos y no viene a ser otra cosa que una serie de fragmentos de puente que se extienden sobre un océano insondable”.

Y el narrador, igual de meditabundo, dice (p. 172): “Hay alrededor de los hombres tenues fronteras que fácilmente pueden deshacerse, […] febriles sueños rondan el alma, corroen los firmes muros y abren de pronto inquietantes, trágicas calles…”

En Costas extrañas, de J. M. Coetzee, publicado por Random House Mondadori, en 2011, dice que los padres de Musil (p. 114) “pertenecían a la alta burguesía austriaca”, pero que en lugar de mandarlo a estudiar a una escuela de mayor categoría lo enviaron a “internados militares”, de donde seguramente extrajo el material para Las tribulaciones

 

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Bruce Willis es actor de muchas películas de éxito comercial, pero ha intervenido, me doy cuenta de pronto, en tres cintas que me parecen muy buenas, perdurables, y que he visto dos-tres veces: Pulp Fiction (1994), dirigida por el en aquel entonces infalible Quentin Tarantino; 12 monos (12, Monkeys, 1995), dirigida por el maestro Terry Gilliam, y Asesino del futuro (Looper, 2012), de Rian Johnson.

Eso creo y, como dice Kundera en El telón (p. 29), “todo juicio estético es una apuesta personal”.

 

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Los ensayos parecen ser consustanciales a la obra de Milan Kundera. Sus novelas se detienen para que el autor haga pequeños y no tan pequeños ejercicios ensayísticos. Pero ha escrito, y he leído, varios de sus libros en este género. En El telón. Ensayo en siete partes (TusQuets, 2005) habla y cita a la Ana Karenina, de Toltoi, quien va por la calle y ve a (p. 38) “una mendiga que lleva en brazos a un niño, ‘¿por qué se imagina que inspira piedad? ¿No hemos sido todos arrojados a este mundo para odiarnos y atormentarnos los unos a los otros?’ ”

“La gloria es un desequilibrio”, dice en la página 116. “La gloria de los artistas es la más monstruosa de todas, porque implica la idea de inmortalidad. […] Mientras que un fontanero mediano es útil a la gente, un novelista mediano, que produce a conciencia libros efímeros, corrientes, convencionales, por tanto inútiles, nocivos y que estorban, sólo es digno de desprecio. Es la maldición del novelista: su honestidad está atada al potro infame de su megalomanía”.

Cita al gran Marcel Proust (p. 119): “Todo lector es, cuando lee, el propio lector de sí mismo. La obra del escritor no es más que una especie de instrumento óptico que ofrece al lector para permitirle discernir aquello que, sin ese libro, él no podría ver de sí mismo”.

Y una palabra que, aunque la leí en el libro de Sterne, no recordaba (p. 131): “Laurence Sterne emplea la palabra ‘agelastos’. Es el neologismo que creó Rabelais a partir del griego para designar a los que no saben reír”.

 

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Obra de Manuel Velázquez

Obra de Manuel Velázquez

 

Como la mayoría, sólo había leído de él la muy famosa novela policiaca El complot mongol, pero el mexicano Rafael Bernal (1915-1972) también escribió, dice la contraportada de Trópico. Seis cuentos breves (Conaculta, 1990), “poesía, teatro, ensayo y novela social”.

Estos cuentos, dibujados claramente en el estilo clásico, tienen como escenario el estado de Chiapas y particularmente Huixtla y Las Palmas; cinco de las historias son muy violentas, con seres humanos de emociones básicas, instintivas (la excepción es la divertida historia de “Tata Cheto”), y en tres de ellas hay un personaje, el chino, que muestra la forma en que, aún en estos tiempos, alguien puede tomar como esclavo a otro. En “Lupe”, un hombre vigoroso y rebelde llega a Las Palmas (p. 32: “en un extremo, dos hombres reposaban en sendas hamacas viejas, totalmente desnudos, el cigarro apagado entre los labios y los salivazos brotando de sus bocas, como tiros de pistola”) e intentará matar al chino quien, conocedor de la raza, lo volverá un esclavo dócil, como a todos (p. 38): “Lupe era un pescador más, sin deseos ni esperanzas. El chino, aburrido, pensó en lo fácil que es domar hombres”.

El libro se lee con rapidez y gusto.

 

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Cineterapia: la psiquiatría y el psiquiatra a través de las películas (Edamex, 2005), del Dr. Rafael J. Salín-Pascual es un libro de doble interés: por un lado, este profesionista disecciona muchos de los padecimientos mentales (en varios me puse palomitas) que constituyen el nudo de su labor, y por el otro, revisa una serie de películas donde estos padecimientos son parte de la historia.

Analiza la cinta Las horas (Stephen Daldry, 2002), que cuenta tres historias vinculadas a la vida y el suicidio de Virginia Woolf, y su novela La señora Dalloway. El suicidio de Virginia no fue una decisión precipitada. Leonard, contó en la televisión 40 años después de la muerte de Virginia, algo que ellos dos habían decidido si los alemanes nazis tomaban Inglaterra (p. 42) “cerraríamos las puerta de la cochera y nos suicidaríamos”. Ya tenían el veneno listo.

Habla de la película Freud (John Huston, 1962) y cita (p. 53): “Conócete a ti mismo. Este es el inicio de la sabiduría. En este conocimiento yace la esperanza única de victoria del hombre sobre su más viejo enemigo: su familia”.

Me entero que Barba Azul, ahora un cuento de niños, tuvo su modelo real en Guilles de Rais, quien confesó el 22 de octubre de 1440 “haber asesinado a unos trescientos niños. […] Los he matado y he cometido con ellos el pecado de sodomía lo mismo antes que después de su muerte, pero también durante ella”. Cuatro días más tarde lo ahorcaron.

Sobre el sueño dice Salín-Pascual (p. 242): “Las regiones situadas por debajo de los hemisferios cerebrales (tallo cerebral) lanzan en forma aleatoria series de imágenes a la corteza occipital, como si ésta fuera una pantalla cinematográfica y de esta forma recibimos una activación sensorial mientras dormimos. A la mañana siguiente evocamos esa información nocturna y le agregamos eventos diurnos para darle un sentido. Así, todos los días hacemos una edición cinematográfica en donde unimos lo soñado y lo vivido. De esta forma, podemos decir que los sueños son el cine del cerebro”.

 

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