La fiesta del cuarto viernes

© La Concordia a principios de los 70. Fotografía aérea. La Concordia (c1971)

© La Concordia a principios de los 70. Fotografía aérea. La Concordia (c1971)

 

A don Raúl Coutiño Ristori. In memoriam

 

Hoy como todos los años, fuimos a la Feria del Cuarto Viernes. A la Fiesta del Señor de Las Misericordias, fiesta de La Concordia y Los Cuxtepeques. En esta ocasión el “mero día” o viernes grande, ha sido el ocho de marzo, aunque la celebración dio inicio el 28 de febrero, junto con la novena de rezos, festejos y entradas de flores. Estuvimos con mi madre, mis hermanas y sus familias, desde las cuatro de la tarde del viernes. Jolgorio, música y trago, bulla, bocinazos y comida de fiesta, exposición ganadera, gallos y carreras ecuestres, y algo de derroche, picardía y apuestas. Evidencia irrefutable con tan sólo caminar por las calles; aún en las de la periferia.

 

A las siete de la noche, por la avenida central y desde el Poniente, van los carros alegóricos de la reina festiva. Se dirigen a la plaza, a la iglesia y al recinto de feria, tal como dicta la costumbre, tras recorrer los barrios y diversos rumbos de la pequeña ciudad. Van los músicos —marimba local y banda de vientos, traída de quién sabe dónde— y los danzantes enmascarados al frente. Va la reina de la feria y sus damas de compañía, aunque ahora no esparcen más, pétalos de jazmines y gardenias. Van por entre la gente que los observa desde sus banquetas, puertas y ventanas. Desde hace tiempo desaparecieron de la escena, los chambelanes que acompañaban a la reina y a sus cortesanas.

 

Tras ellas, una plataforma exhibe a la “reina de las abuelitas” y a sus damas de la “tercera edad”, innovación de los últimos tiempos. Luego va el cuerpo de los funcionarios municipales, con el edil y su esposa en punta, una patrulla de policías uniformados, ciudadanos o quizá empleados del Ayuntamiento, con flores en sus brazos, y al final, van los cueteros que engalanan el paseo, con sus petardos que retumban el cielo. Esta es la fiesta de mi pueblo, amigos. La Feria del Señor de Las Misericordias. Sin embargo, hoy ya no se ven los enrames que antiguamente guindaban de las vigas del templo. Hoy, en vez de los moros y totiques que encabezaban las entradas de flores, una mezcla de parachicos, enmascarados y travestidos son quienes danzan y folklorizan el ambiente.

 

Lo que aún es posible ver —“polvo de aquellos lodos”, reminiscencia de la fiesta de los años 50 y 60 del siglo pasado y, naturalmente, de años anteriores— es a los comerciantes campesinos de Socoltenango, quienes luego de atravesar el embalse del río Grijalva, expenden alrededor del templo, sus ricos e insustituibles zapotes colorados y chicozapotes. También a los coletos, comerciantes provenientes de San Cristóbal, quienes ahora ya no instalan tiendas o carpas con manteados y lonas, ni expenden utensilios domésticos ni juguetes de piedra, barro, madera y hojalata, aunque sí aún y por fortuna, dulces. Los tradicionales dulces coletos: cocadas de varios colores, camotes, higos, cajetas, chimbos, dulces de yema, acitrones, confites y varias frutas cristalizadas.

 

También están presentes como antaño, los juegos mecánicos, aunque hoy ya no se observa el emblema de Atracciones Vaquerizo. Se ven varias pequeñas norias pero ya no la enorme Rueda de la Fortuna en la que nos hicimos novios o nos dimos un beso por primera vez. Continúa el tiovivo, la Rueda de los Caballitos de nuestra infancia, los carritos chocones y trenecitos, y otras diversas formas mecánicas, sofisticadas. Ya no se ven sin embargo, nuestras Tinas Locas de adolescentes, ni las fantásticas Sillas Voladoras, en donde peligraban nuestras vidas aunque nos transformábamos en pájaros por un instante.

 

Anuncian con insistencia una barbaridad; la exhibición de un fenómeno de la naturaleza: “¡El Niño de las Dos Cabezas! A quien por castigo divino y a consecuencia de las lúbricas e incestuosas relaciones de sus padres ¡Puede apreciarse aquí! ¡Por tan sólo diez pesos! ¡Dieeez pesos! Haga su cola, pague su entrada, y vea al extraordinariooo Niño de las dos Cabezas”. Naturalmente, especímenes fantásticos e irreales, típicos de los antiguos museos rodantes del horror. Entro al pequeño estanco para recordar, y ahí está, efectivamente, postrado sobre una cama y tras cristales gruesos, el niño bicéfalo cuyos rostros y voces, balbucean el pecado de sus padres, del mismo modo como hace 40 o 50 años, cuando nuestros ocho o diez años de edad.

 

Más allá un teatrillo ofrece el montaje de la mujer-serpiente, y es igual. Exactamente igual que el que afiebra nuestra imaginación a finales de los sesenta. Y así, otros, diversos espectáculos elementales: las canicas con premios, los dardos y globos (que llamábamos vejigas), los aros que tras su lanzamiento atrapan premios, los rifles para cazar cajetillas de cigarros, cerillos y cereales, las mesas de apuestas con ruletas, naipes, cubiletes y cajas de lotería, aunque… ya no se ven más —aquí y en ninguna feria de pueblo— las garitas de cartas de la Lotería Mexicana, las carpas de tiro al blanco, la suerte de las bolas negras de hule y “pégale al negro”, los teatros de títeres y de muñecos guiñol, tampoco el laberinto, palacio de cristal.

 

El otro atractivo infaltable, hoy sustituido por simples y ordinarias cantinas de cervezas, caguamas, jarritos de licor y cocteles diversos, fueron aquellas, nuestras soberbias carpas cerveceras, las instaladas por las tres cervecerías más grandes del país: Moctezuma, Modelo y Cuauhtémoc. Las tres abarcaban dos cuadras completas, el mayor espacio de feria. Cada una instalaba al centro, un templete en donde exhibía su propio elenco de artistas: músicos, cantantes y bailarinas. Eran sus presentaciones ¡fantásticas!… con saludos y complacencias, y hasta bien recuerdo sus slogans: “Chupe chupe ¡Chuperior!”, “Cerveza Superior ¡La rubia de categoría!” o “Corona y coronita ¡Tan buena la grande, como la chiquita!”.

 

Pero lo que aún persiste —¡Gracias a la vida!— son nuestras enchiladas “de pobre”, tan sólo aderezadas con un recado rojo y espeso, queso seco espolvoreado y rodajas de cebolla. Las tradicionales enchiladas concordeñas, nuestro punche de piña y las garnachas de memelitas, que aunque inventadas en Oaxaca, desde hace tiempo se incorporaron a la gastronomía local y hoy las proclamamos nuestras. Y algo parecido se observa sobre la esquina del mercado: los renovados y antiguos camiones de “oferta y propaganda”, los mismos que desde nuestra infancia, mediante micrófonos y altoparlantes, ofrecían cobertores, suéteres, cortes de telas, rebozos y sombreros, y los que por su parte ofertaban sartenes y cazuelas, herramientas, afocadores y machetes, cristal, aluminio y peltre.

 

Sin embargo, “lástima” digo y dicen, los de mi generación y algunas anteriores, cuando añoramos la ausencia de las carretas jaladas por bueyes, los burros enjaezados y los caballos garbosos, enjaquimados. Los mismos que una tarde, durante el período de fiesta, desde el barrio de San Pedro y la Casa del Pueblo en el Poniente, atravesaban la calle principal para efectuar su entrada de flores, el día de los ejidatarios. Cuando los bueyes y las carretas eran adornados con papeles multicolores; cuando las familias e hijas de los campesinos, lucían sus trenzas largas, prendas nuevas y atavíos; cuando éramos niños y todo nos parecía extraordinario e inmenso.

 

Hoy las cosas han cambiado, es cierto, pero por fortuna las esencias perduran. No me gustan las influencias del Norte de México, del Sur de Estados Unidos, la apología del narco y la delincuencia, ni las llamadas “músicas gruperas”, bandas norteñas o anorteñadas, aunque es perfectamente explicable lo que ocurre. Todo se integra a nuestro sincretismo cultural; al día a día de nuestras familias y amigos, el de los coterráneos que trabajan del otro lado de la frontera norte, quienes envían remesas, músicas y otros efectos culturales, y hasta ellos mismos, quienes con su parafernalia inmigrante, por estas fechas acuden, a cumplir su promesa: visitar al santo-patrón Señor de Las Misericordias y a convivir con su familia.

 

Expreso esto ante el espectáculo mayor de la noche del viernes grande: una explanada abierta, y a sus extremos, enormes templetes, gigantescos; toneladas de cables, reflectores, tarimas y estructuras metálicas; bocinas y cajas, luces, sonido y humo artificial, aunque tan sólo cinco o seis tipos ensombrerados a cada lado, sean suficientes para tantísima bulla. Dos horas dura la música de los del ala derecha y otro tanto, quizá, los de la izquierda. Todos provistos de botas “rancheras” y casacas brillantes, acompañados de acordeones, teclados y guitarras. No me pregunten sus nombres. Jamás los había escuchado. Aunque ahora que recuerdo, es probable que sus alias artísticos llevaran las palabras “limón”, “diablos”, “norte” y “banda”.

 

Pero lo rescatable es el baile popular que se arma en la plataforma intermedia, ahora “absolutamente gratis”, aunque bien a bien es sufragado con los impuestos de todos. La explanada, según observo, se inspira en la rotonda del antiguo parque central del pueblo viejo, solo que algo más extendida, mientras el costado sur se delimita con una especie de anfiteatro, con el que se transforma todo el conjunto en un teatro al aire libre. Ahí, mientras se espera la “hora del show” o del “masivo”, la gente se deleita con un programa musical, dancístico y cultural, enviado desde algún municipio tabasqueño, bajo el patrocinio del Ayuntamiento.

 

En fin que por fortuna, los cuxtepequenses tenemos una forma fácil de segmentar y comprender la historia, nuestra historia, la más reciente. La historia del pueblo, la de la Vieja Concordia, la de antes de la inundación, la de antes de 1973 por un lado. Y por otro, la historia de La Concordia actual, la de la ciudad de La Concordia y sus inmensos pedregales, la de las costumbres modificadas, posterior a la inundación. Este es el parteaguas, el antes y el después.

 

De aquí derivamos, por ejemplo, las costumbres y fiestas de antes, y las fiestas y costumbres de ahora. Hoy, en la fiesta del Cuarto Viernes, hay más orden, delimitación y diferenciación de áreas, menos borrachos y hasta retretes públicos, plásticos y alquilados, pero ya no se ve la gran actividad de antaño, a lo largo del día: aguadores adolescentes provistos de burros con barriles, tortilleras jóvenes con sus canastos y toles, campesinos con sus cargas de carbón y leña, fuegarones o fogaradas detrás de tiendas y cobertizos, familias anfitrionas que atendían denodadamente a sus invitados; regularmente familia, compadres y amigos, y un largo etcétera.

 

Hoy se observa gran derroche en pólvora y fuegos artificiales, pero ya no se ve junto al templo, castillos de pirotecnia ni toritos de petate, luces y cuetes. Hoy todo esto se institucionaliza y cada vez más parece una fiesta organizada y financiada desde la autoridad; cuando antes todo correspondía a la gente, a la cooperación de todos, a la comunidad, y a las antiguas, poderosas y afamadas Juntas de Festejos.

 

Hoy es cierto que se ve más grande la fiesta y quizá ocupa el espacio de seis u ocho hectáreas, mientras que en la antigua Concordia apenas ocupaba dos. Sin embargo esto es relativo. Del mismo modo como ha crecido México, Chiapas, el municipio de La Concordia y nuestra pequeña ciudad, así ha crecido también la fiesta. Relativamente entonces, antes la feria fue más grande: en el mismo espacio se concentraba más gente y circulaba más dinero, servicios y productos. Todo ello determinado por la mayor afluencia de personas: familias enteras se trasladaban durante la semana de fiesta, provenientes de fincas, rancherías y colonias próximas. Comerciantes, devotos asiduos y simples paseantes venían de Comalapa, Chicomuselo, Tzimol, Socoltenango y la antigua San Bartolomé, y no menciono a Jaltenango ni a Montecristo de Guerrero, pues antes de los años cincuenta, ambos municipios formaban parte de La Concordia.

 

Finalmente, va esta pequeña historia, conocida por todos, aunque ahora —en tiempos de posmodernidad, mengua y vuelta a lo ordinario— debe ser tomada como una simple, maravillosa o increíble anécdota: en los años setenta, la gente de fuera, de Villaflores, Tuxtla, San Cristóbal o Comitán, nos preguntaban: Oí vos, y ¿cómo estuvo la fiesta d’este año? ¿Estuvo alegre? —Sí, cómo no, —respondíamos—. Estuvo alegre. Harta marimba y baile. Harto trago, cerveza, cantantes y bailarinas. Entradas de flores, harto cuete y coleto… —Pero idiay, no te creo. ¿Cómo es que pasó alegre y no hubo muertos?

 

Así nos inquirían los malvados y en ello, como en todo, había un trasunto de verdad: hasta los años sesenta, el cacicazgo de los Orantes y Ruices, el atraso educativo de la gente y el machismo exacerbado de todos, provocaba que las envidias, rencillas, desavenencias y venganzas suspendidas, desembocaran efectivamente, al calor de los tragos, la gran bulla y el tumulto… en las famosas balaceras, muertos y heridos de nuestra fiesta grande, la Feria del Señor de Las Misericordias.

 

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2 Comentarios en “La fiesta del cuarto viernes”

  1. luis genovez
    13 septiembre, 2018 at 11:22 #

    idiay primo echale jule tu cania y anda a la concordia

  2. Javier Ruiz
    8 marzo, 2015 at 19:07 #

    Mientras leía este artículo, me transporté a La Concordia y volví a vivir esos días de feria. Excelente manera de narrar. Qué asertivo es usted en cada palabra que utiliza. Ya quisiese yo tener ese manejo de la palabra escrita.

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