El ojo, el corazón, el recuerdo

Casa de citas/ 215

 

“La espera no es más que sombra acurrucada en la memoria”, dice Francisco Magaña en Fiebre la piel y adónde la manzana (Coneculta-Chiapas, 2002: 16), poemario que obtuvo el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines 2001.

 

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Los sueños no mienten

Dürrenmatt

 

Hace mucho un amigo viajero me recomendó leer un libro en especial de Friedrich Dürrenmatt; lo busqué por un tiempo y luego lo dejé por imposible. Me hallé después que la editorial TusQuets está publicando todos sus títulos. Me compré varios, pero el primero que he leído es La sospecha (2013), una tangencial novela policiaca (antes de éste, curioso, leí el volumen Narda o el verano, de Salvador Elizondo, donde el cuento del título tiene también un sesgo policiaco).

El viejo y enfermo comisario Bärlach ve por azar una foto en una revista, y de allí comienza a buscar al que considera un asesino nazi. El hombre, un médico, operaba sin anestesia porque disfrutaba ver el sufrimiento humano. Uno de los que se salvó de una de sus salvajadas fue quien filtró la foto a la revista. Si no hubiera sido operado, por eso aceptó el canje de mostrar su sufrimiento al doctor loco, hubiera muerto. Dice (p.51): “Y como prueba de mi inmensa gratitud no vacilé en traicionarlo haciéndole esa fotografía. En este mundo al revés hay buenas acciones que sólo pueden pagarse con canalladas”.

Por su investigación, Bärlach conoce a su amante y auxiliar, la doctora Marlok, quien le asesta una conferencia: “La ley no es la ley, sino el poder; este axioma está escrito por encima de los valles en los cuales perecemos. Nada es lo que parece ser en este mundo, todo es mentira. Cuando decimos ley, queremos decir poder; cuando pronunciamos la palabra poder, pensamos en la riqueza, y cuando la palabra riqueza aflora a nuestros labios, esperamos disfrutar de los vicios del mundo”.

Emmenberger, el asesino, tiene también sus ideas (p. 161): “Somos buenos o malos por casualidad, pero siempre tenemos a la mano la palabreja ‘nihilista’ para tirársela a la cara, con aire muy afectado y una convicción aún mayor, a cualquiera en quien barruntemos alguna amenaza”; antes ha dicho que ahora a los humanos no les agrada responder en qué creen: “Hoy en día uno prefiere guardar silencio cuando lo interrogan, como una doncella a la que se hiciera una pregunta embarazosa”.

Y este es su credo (p. 164): “Lo único sagrado es la materia: el hombre, el animal, la planta, al Luna, la Vía Láctea, todo cuando veo son combinaciones aleatorias, insignificancias como lo son la espuma o la ola del mar. Es indiferente que las cosas sean o no sean: son intercambiables. Allí donde no existen, existen otras; cuando la vida se extinga en este planeta, resurgirá en cualquier otro lugar del universo, en otro planeta”.

|           Por supuesto, piensa y dice Emmenberger, no existe la justicia (p. 165), “sólo existe la libertad. […] La libertad es valor para cometer delitos, pues ella misma es un delito. […] Cada vez que mato a un humano […], cada vez que me sitúo fuera de cualquier orden humano instituido por nuestra debilidad, me libero, me convierto en un simple instante efímero, ¡pero qué instante! Algo tan monstruoso en intensidad como la materia”.

Decía que esta novela de Dürrenmatt es tangencialmente policiaca, porque aunque hay varios asesinatos, un detective y el esclarecimiento de los crímenes, mucho de lo que sostiene la novela (donde hay, claro, también tensión dramática) son sus ideas, la exploración del pozo sin fondo de la maldad humana.

 

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Génesis (Taschen, 2013) es un enorme libro de fotografías, en el sentido físico y en el simbólico, de belleza impactante, del laureado fotógrafo brasileño Sebastião Salgado, cuyo propósito tomo de su propia introducción (p. 7): “Sólo quería mostrar la naturaleza en todo  su esplendor dondequiera que la encontrase”. El proyecto duró ocho años (de 2004 a 2011) y está dividido en cinco apartados: Los confines del sur, Santuarios, África, Las tierras del norte, y La amazonia y el pantanal.

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El libro trae adjunto un cuaderno meticuloso que cuenta foto por foto las peripecias de los viajes y de las imágenes. Un enorme trabajo documental, humano, artístico.

Los confines del sur, es decir, la Antártida, una (p. 15 del libro) “masa de tierra […] oculta bajo una interminable capa de hielo que cubre miles de kilómetros”. En alguna imagen el mar parece un desierto, los elefantes marinos hacen muecas infantiles (“un elefante marino macho puede controlar hasta cien hembras”) y hay miles de pingüinos detenidos sobre montañas de hielo, multitudes que caminan por un cerro, atrevidos que se lanzan al mar. En la nota que en el cuadernillo el fotógrafo hace a las páginas 24-25 del libro dice que se calculó en 1977 que en la isla Zavodovski hay, había (p. 3) “unas 750.000 parejas de pingüinos barbijo”, que es la mayor concentración del mundo.

Muchas fotos son de la naturaleza en soledad y hay una secuencia sobre las entradas y los saltos de las ballenas sobre la superficie marina. Dice Salgado en el cuadernillo (p. 3): “Cuando una cola aparece levantada e inmóvil durante decenas de minutos, es probable que la ballena mantenga una posición totalmente inmóvil en el agua como postura de descanso”.

Son bellas las rocas mojadas, con espumas de olas en los resquicios: edificios fantásticos, animales disecados, bocas pétreas, vida callada, castillos blancos. Aves de cuerpos níveos y alas negras en el primer plano; sombras, siluetas umbrías en el pico del cerro.

Santuarios incluye las islas Galápagos (“45.000 kilómetros cuadrados”); las tribus de Irian Jaya, Indonesia; Madagascar (“la cuarta mayor isla del mundo”); las tierras altas de Papúa Nueva Guinea, y los mentawai, Indonesia.

La primera página (121) de este capítulo es la pata de una iguana marina, que parece guante metálico de acabado perfecto, de diseño insuperable; y hay imágenes de gigantescas tortugas, de garzas duplicadas en el espejo del agua.

Tribus semidesnudas (ellos únicamente con fundas para el pene, ellas con faldillas vegetales), que viven en casas construidas en los árboles. Miles de puntas pétreas en simetría, raros árboles cactáceos, extraños arbustos, composiciones arbóreas que más parecen pinturas que realidad.

África abarca la etnia san, dinkas de Sudán del Sur, los himba, viaje por el viejo testamento, y tribus del Valle del Olmo, Etiopía del Sur. Dice Salgado en el libro que (p. 217) “el Sahara, que incluye diez países y abarca un tercio de todo el continente, sirve de imponente puerta de entrada a África” y es lo que se ve en varias imágenes: la locura de las formas desérticas, la arena que hace y deshace construcciones volátiles, de nacimiento y muerte instantánea.

En el cuadernillo, Salgado habla de la tribu de los bosquimanos, quienes (p. 14), “cuando la lluvia es intensa, construyen una choza en pocos segundos utilizando cualquier cosa que esté a mano, sean hojas, pasto o ramas” y de los dinka, cuya vida es inseparable de su ganado (p. 16): “Cada mañana utilizan la orina de las vacas para lavarse la cara”.

Hay miles de bisontes, cientos de cebras en tropel; y jirafas que (p. 17) “se defienden a sí mismas y a sus crías con violentos golpes de sus pezuñas traseras; se conocen casos en los que incluso han llegado a matar a un león”; hombres y mujeres en desnudez y semidesnudez integrados a la vida natural.

Un jaguar en la noche unánime (Borges dixit) lamiendo el agua límpida de una laguna. La grandiosidad del mundo.

Las tierras del norte es, básicamente, el polo (p. 319): “El Polo Norte yace bajo el hielo, rodeado de cientos de kilómetros de océano helado”. La foto de portada es la primera de este capítulo. El caribú, dice Salgado, es el animal emblemático de estos helados parajes, y también hay gente: los nenets, que viven en el mundo blanco. Dice en el cuadernillo (p. 25): “La dieta de los nenets está basada en la carne de reno y el pescado. Cada tres o cuatro días matan un reno estrangulándolo. Después le quitan las entrañas, se beben la tibia sangre y se comen el hígado, los riñones y el corazón crudos”.

En las imágenes tomadas desde un globo, los animales, miles, parecen juguetes minúsculos. Hay árboles nudosos que simulan gigantes. Son bellas las enormes piedras, las ciudades de rocas que se han construido a sí mismas.

En La Amazonia y el pantanal está el río Amazonas, cuyo cauce (p. 419) “alcanza 20 kilómetros de ancho en algunos tramos”. Las fotografías muestran aquí a la tribu de los zo’é, a los indios del Alto Xingú y a la fauna del pantanal.

Me impactaron varias imágenes de cocodrilos: en el día se ven muchas cabezas asomando por sobre la corriente; en la oscuridad el río parece lleno de estrellas: son los ojos de los cocodrilos que fosforecen e iluminan la noche. No es exageración. Dice Salgado en el cuadernillo que el pantanal (p. 28) “es el hábitat de un número estimado de 10 millones de caimanes yacaré”.

Aquí hombres y mujeres, sin subterfugios, van completamente desnudos. Es curioso: resplandece la belleza femenina, lo grácil, lo delicado, lo bien pulido aún en la tribu, aún sin ornamentos, sin afeites ni poses. En contraste, es tosco lo masculino, como esculturas a medio hacer, como cuerpos hechos sin pulimento, con prisas.

Los árboles aquí se aprietan, luchan por hacerse un lugar, y hay agua, mucha agua, animales tantos, bellas aves…

Génesis no es sólo la bitácora artística de los viajes de Sebastião Salgado; es también un viaje en sí donde el ojo, el corazón y el recuerdo son testigos agradecidos.

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