De madres y mamacitas III

© Grande y verdadera madre. Ciudad de Guanajuato (2008)

© Grande y verdadera madre. Ciudad de Guanajuato (2008)

Tercera y última parte

Y en este conjunto se encuentra el término “mamila”, o lo que es lo mismo: el chupete o chupón que se da a los bebés, aunque también designa a quien hace “mamadas”, es decir, torpezas; a quienes se llama “mamón” o “mamona” según sea el género, lo que no debe ser confundido con “mamado”: el tipo artificialmente fuerte y musculoso; ni con la voz “mamarracho”: el típico sujeto irrespetuoso e insoportable.

Ahora que, “¡Qué poca madre!” dirá más de alguno al leer este pergeño; al asumir que estas locuciones no debieron imprimirse nunca sobre papel. Sin embargo, no debemos tomar muy en serio tal expresión, pues así ha sido siempre. Así desde la creación del tiempo, desde el invento de la doble moralidad y demás congéneres. Lo que ocurre es que todos, sin distinción, aprendemos los juiciosos y prudentes significados de nuestras palabras. Todos también, aunque en privado, guardamos con recelo y usamos incluso con mayor intensidad sus significados punzantes y coloquiales, pero… en público y sobre el papel ¡Nunca! Sobre todo en esos ambientes restringidos: el de la academia, el de la formalidad, el de la moralidad, el de las religiones, el de los espacios públicos e institucionales y hasta el de las familias autocontenidas.

Sabemos qué denotan nuestras palabras, pues todos en comunidad, subjetiva y socialmente convenimos en las formas del significado y el significante. Construimos el contenido y el continente de nuestros enunciados; el conjunto de los referentes domésticos, cotidianos, coloquiales, grupales y macro-sociales que forman parte del habla popular, los giros de nuestro lenguaje y una parte importante de nuestra cultura. Sabemos cómo cambia su significado de un ambiente a otro, cuándo y en qué grado se torna incluso en su oponente; cómo la connotación de ellas varía en la medida en que modificamos los referentes, el contexto y el ámbito de nuestra conversación.

Por estas razones, expresiones como “no tener madre”, en ámbitos lingüísticos lejanos, ha de pasar desapercibido, o asumir su significado lato: no contar con mamá y ser huérfano de madre; cuando en las circunstancias lingüísticas de Chiapas y el sur-sureste de México, equivale desde no tener crisma (inteligencia), o no tener vergüenza, hasta ser irresponsable e indigno. Y como ésta, varias locuciones podríamos encontrar, entre ellas: “valer madre”, “me vale madres” y “¡Pura madre!”, frases de evidente carga negativa, pues deniegan, denuestan y hasta ofenden.

Finalmente pero no al final, se encuentran nuestras famosísimas “mentadas de madre”, pues es cierto que hay animales ¾como diría mi abuela: animales de dos y de cuatro patas¾ que sólo avanzan “a punta de mentadas de madre”. Es decir, sólo cuando se les “mienta la madre”, así, de frente, a bocajarro. Aunque en ocasiones, “mentar la madre” o “mentar madres” para sí, es sólo un ejercicio de abandonados: sirve para ahuyentar el miedo o para hacer menos pesada la soledad y la ausencia…

De donde se sigue que “¡Chinga tu madre!”, “¡Chingada madre!” o “¡Chingó su madre!” son exquisitas y muy populares mentadas, aunque en los siguientes ejemplos podría Usted encontrar la que mejor se le acomode, adecuada a su estado de ánimo: mentarle la madre al inoportuno con un simple “¡Hijo’e tu madre!”, o con un “¡Hijo’e tu pinche madre!”, o mejor aún: “¡Hijo’e tu maldita madre!”. Podría espetarle un “¡Hijo’e tu chingada madre!”, o un “¡Hijo’e tu puta madre!” y hasta un “¡Hiju’e tu reputa madre!”. Así, con gallardía y enjundia.

Y ya para no dejar… (No sea que los ilustres miembros de la Real Academia de la Lengua Española se les inflame el vaso y se mueran de tiricia, por no tomarlos en cuenta. Y más por no reconocer su labor insigne) voy ahora mismo a hacerles justicia. En su ficcionario apuntaron al respecto de lo que hemos platicado ahora, que “a toda madre” quiere decir “estupendo” y que, “golpear” exclusivamente, significa “dar en la madre”, “en toda la madre” y “en la mera madre”. Ahí se lee también que “mentar la madre” es un insulto contra las mamás y que se usa para injuriar gravemente; que “no tener madre” es “ser un sinvergüenza u obser­var mala conducta” y que “¡Qué poca madre!” sirve para expresar enojo o dis­gusto ante la deleznable acción de alguien. Y, finalmente agrega la expresión “sacar de madre”; es decir: molestar mucho a alguien o hacerle per­der la paciencia; aunque ésa, la mera verdad, no la he escuchado en el rancho ni en mi petate.

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