Los Pedreros y nuestro Balam

© Ventanal del Azul y Plata. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (1998)

© Ventanal del Azul y Plata. Tuxtla Gutiérrez, Chiapas (1998)

 

Chuma Pedrero o Moctezuma Pedrero Argüello, fue el tipo a quien familiarmente se le sigue recordando en Chiapas como Don Chuma Pedrero. El señorón sancristobalense que, junto al suertudo Hernán Pedrero su hermano, marcó una época, aunque su ejemplo no trascendió en la conducta de su familia, sus socios, su clase, o su tiempo. Terrateniente curtido en las labores del campo, fue conocedor de las entrañas del indio, eficaz explotador de su trabajo, habilidoso en sus relaciones con el Estado y con los gobernantes domingueros, pero sobre todo, fue un tipo que sin dejar la tierra, los baldíos y el ganado, fundó las primeras agroindustrias de Chiapas, sus inaugurales emporios, empresas modernas.

Primero fue el Ingenio Azucarero Pujiltic, abastecedor de azúcar, alcohol etílico y melaza para el ganado, luego la Destilería Bonampak, que con toda la fuerza del Estado se impuso como el único y enorme monopolio aguardentero regional, hoy inimaginable. Capaz de surtir las diferentes secciones del mercado del vicio (desde “aguardientes de lata” y comiteco a granel, hasta diferentes licores y el afamado Ron Viejo Bonampak). Luego emplaza la única industria textil de la historia de Chiapas, Hilados y Tejidos San Cristóbal. Después funda la fábrica de dulces y chocolates Las Carmelitas.

Incursiona en la industria inmobiliaria con la fundación de la Colonia Moctezuma en Tuxtla Gutiérrez, y ahí mismo irrumpe en la prestación de servicios. Implanta la primera competencia formal a los vehículos automotores de don Ciro Farrera Castillo, y establece la Automotriz Pastrana de Pedrero. Muy pronto funda en la manzana principal de su fraccionamiento, el primer parador ostentoso de la ciudad, el Hotel Bonampak y sus dependencias: los originales bungalows, la “alberca olímpica”, el salón de fiestas, las canchas de frontón y tenis, el Restaurant Azul y Plata de estilo neoclásico y su Cafetería Bonampak.

Y traigo todo esto a colación, para contextuar mi más reciente comida en el Restaurant Balam, a propósito de mis 55 años. El Balam Steak House, segundo o tercer restaurant tuxtleco especializado en auténticos cortes de res, pastas y ensaladas, buenos tequilas y vinos, tan sólo posterior al Restaurant El Ganadero y alguno más que no recuerdo. Estuvo ubicado originalmente en la esquina suroriental de la manzana del hotel referido, junto al Boulevard Belisario Domínguez, a expensas de una parte substancial de sus jardines. Contexto que sirve a la comparación, pues, las dos generaciones empresariales posteriores a Don Chuma no se ven (o no se dejan ver) por ninguna parte. No brillan en el universo tuxtleco como quisiéramos, pues las empresas privadas son nodales en el desarrollo de las ciudades, comarcas, regiones, países enteros. Al menos bajo el modelo económico de libre empresa, preponderante en México.

Primero, desde mediados de los años ochenta del siglo pasado, los herederos de Don Chuma ensayaron un par de antros o discotecas por el lado noroccidental de la manzana; luego establecieron El Balam. Después destruyeron los bungalows del hotel para construir la plaza comercial-estacionamiento, la misma que pretendía constituirse en el Centro Internacional de Negocios más importante de Chiapas. Sin embargo, se queda a medias y, como por ahí se escucha, se desinfla el proyecto tras la fallida gestión de su financiamiento. Y… después vino lo peor: obtendrían el apalancamiento financiero suficiente para transformar totalmente la zona del hotel, aunque todo se vino abajo. Sus contrapartes inversionistas fallaron.

Construirían al menos un par de conjuntos arquitectónicos gigantes, un hospital privado y un área de servicios tradicional: bares, billares, boliche, cabarets, restaurantes, juegos, apuestas, etcétera. Desmantelaron todo, salvo el Restaurant Azul y Plata y el salón de arriba. Dejaron a los Pedreros colgados de la brocha, pero a los tuxtlecos también. Sí. A los que nacieron y viven en Tuxtla y a quienes asumimos la ciudad como propia, pues… el edificio de la esquina principal se está volviendo viejo, mientras aún no se le termina. Toda el área del antiguo hotel se encuentra en ruinas. El Azul y Plata se ha visto disminuido en sus espacios, y a los clientes del Restaurant Balam, por lo que se ve, nunca nos cumplirán su promesa.

¿Qué cuál promesa? La oferta original de los dueños, en el sentido de que muy pronto, al Balam le construirían un edificio propio, en vez del sitio provisional en que lo inauguraron hace 25 años, contra-esquina de la rectoría UNICACH; el ofrecimiento posterior de que lo pondrían del otro lado, transitoriamente, mientras encontraba su sitio definitivo, holgado y agradable, en el nuevo edificio al que he hecho referencia. Total que hoy, sus asiduos clientes ―a pesar de sus buenos platillos e inmejorable atención― trinan por el sitio desahogado que bien a bien nunca le han concedido los empresarios. A pesar de la fidelidad y apego de sus clientes. A pesar de los dividendos abundantes del negocio.

Las calles, las calzadas, las plazas y otros sitios para la convivencia social, los espacios públicos y privados para el recreo, los sitios arquitectónicos, y los recintos propios de la degustación y el deleite… con el tiempo se incorporan a la identidad de los pueblos, barrios y ciudades. A la pertenencia identitaria de sus ciudadanos. Es hora ya de responderle a la clientela, a la ciudad y a su gente.

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