Este matadero salvaje

Casa de citas/ 223

Este matadero salvaje

Héctor Cortés Mandujano

 

Martha Gellhorn (1908-1988) es considerada una de las mejores corresponsales de guerra del siglo XX y fue, entre otras cosas, la tercera esposa de Ernest Hemingway. En la cinta Hemingway y Gellhorn (dirigida por Philip Kaufman, en 2012) se cuenta cómo se conocen, se encuentran juntos en la guerra civil española (de allí Hemingway se inspiró para escribir su célebre Por quién doblen las campanas, que le dedicó a Marty, como la llamaba de cariño), luego van a otras guerras y se separan, se divorcian.

La cinta tiene una gran escena erótica entre Clive Owen y Nicole Kidman, que interpretan a los escritores, cuando por primera vez tienen relaciones sexuales en un hotel de Madrid que está siendo bombardeado. Gran escena. No le va bien a Hemingway en esta peli, aunque nada dice de él que no se haya dicho antes: borracho, mujeriego, macho, patán. Él, como casi todos sabrán, se suicidó en 1961 (nació en 1899), y curiosamente ella hizo lo mismo a los 89 años. Hemingway, en el filme de dos horas y media de duración, le da un consejo a la que será su mujer sobre cómo escribir: “Escribir no tiene trucos. Sólo te sientas frente a la máquina y sangras”.

Ilustración: Manuel Velázquez

Ilustración: Manuel Velázquez

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Como supondrá quien me lea con cierta asiduidad (alguna, alguno habrá, creo) no hablo en mis columnas de todos los libros que leo ni de todas las películas que veo ni es esta una autobiografía disfrazada de otra cosa. Aquí nomás hay asomos, y hay libros, ese es el caso, que me encantan y que no cito por razones que no siempre me resultan claras, pero que pasan por la obvia: escribo más de lo que publico, porque lo mío es una bendita maldición o una maldita bendición, como recuerdo que decía Clarice Lispector, prodigiosa narradora brasileña, y no ceso de tomar la máquina y escribir como si no tuviera nada más que hacer en el mundo.

A lo que iba. Uno de esos libros fue el maravilloso Cómo escuchar la música, de Aarón Copland, que además devino guía para escuchar (el libro, publicado por el Fondo de Cultura Económica cumple con creces con lo que propone el título); después leí otro que empecé un par de veces hasta que le hinqué el diente completamente. Se llama Música clásica (Editorial Dina, 2005), de Stephen Collins, y es también una forma de aprender a escuchar. Tanto Copland como Collins son músicos (el primero es mucho más famoso) y aman la materia sobre la que escriben.

Ciñéndome a lo que Collins propone comencé a escuchar fragmentos sinfónicos, o sea, para decirlo con más propiedad, movimientos, de Haydn, Mozart y Mendelssohn, hasta llegar a la primera sinfonía (la 6, “Pastoral”, de Beethoven) para después seguir con Debussy, Strauss, Berlioz, Wagner, Stravinsky… El asunto fue no hacer nada más que escuchar y tratar de entender y disfrutar la melodía, la armonía, el ritmo; descubrir el minueto, el scherzo, las sonatas. Y repetir la experiencia varias veces, hasta entrar en el mundo auditivo que propone cada autor. Una gran inversión de tiempo.

Escuchar una y otra vez. Es cuento de nunca acabar, claro. Dice Collins que el gran director Herbert von Karajan, hablando de su experiencia con las nueve sinfonías de Beethoven (p. 77), “una vez le dijo al joven director Simon Rattle que, luego de haber conducido cien veces la Sinfonía No. 5, ¡apenas comenzaba a comprenderla!”; con Collins nos enteramos de que mucha música clásica (compuesta entre 1750 y 1830) se hizo por pedido o por conservar el puesto. Haydn produjo, por ejemplo, más de 126 tríos para viola di bordone (p. 88) “por la simple razón de que su patrono, el príncipe Esterházy, tocaba ese instrumento de cuerdas, hoy obsoleto”; Vivaldi (p. 102) “cada mes debía componer dos conciertos para los gobernadores de Venecia, así que no es de sorprender que nos haya legado más de 400” y Schubert (p. 125) “llegó a componer hasta ocho canciones para las veladas de su amplio círculo de amistades, de la comunidad artística de Viena” y por eso es “autor de casi mil obras”.

El libro también hace apuntes biográficos de estos genios y así sabemos que Bach (p. 105) “casado dos veces (enviudó en 1720), fue padre de 20 hijos”;  que (p. 107) “Händel y Bach, tan distintos, murieron ciegos tras haberse puesto en manos del mismo cirujano”; que (p. 11) “Haydn y sus músicos vestían siempre de uniforme, al igual que sirvientes, mayordomos y otros empleados”.

Al final del libro hace alusión a los propuestas de músicos contemporáneos y habla, por supuesto del célebre John Cage (p. 160): “Su obra más notable […] es sin duda 4’ 33’’ (1952), la que, escrita teóricamente para piano, consiste en 4 minutos y 33 segundos de silencio”.

 

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Guión cinematográfico (UNAM, 2004) se publicó antes que la academia decidiera por fin que la palabra guion no se acentúa y está conformado por textos de varios autores, casi todos dedicados a la escritura y docencia sobre el tema. En el último de ellos, “Guión: escritura para la producción”, Armando Casas cuenta una anécdota sobre el guionista francés Jean-Claude Carrièrre, colaborador de Luis Buñuel en varias películas. Cuando lo iban a contratar para novelar una película le preguntaron si había hecho cine y él contestó que no. Para que aprendiera pronto, lo llevaron hasta la sala de edición y allí (p. 163) “colocada frente a una moviola, la editora le dio el guión de la película y luego le señaló una bobina con material, y le dijo: ‘el problema consiste en pasar de esto a esto’ ”.

En el mismo texto, Casas cita a José Pablo Feinmann, guionista argentino (p. 176): “El guión es una escritura en tránsito, hipotética. Por lo tanto, el guionista no debe hacer literatura: debe escribir lo que el director pueda filmar”.

Y otra vez Carrièrre (p. 177): “Cuando se escribe un guión, hay que deshacerse de toda idea de literatura y buscar la simplicidad: ‘Entra, abre la puerta, parece furioso, mira a la mujer, la abofetea, etc.’ ”.

 

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El recientemente fallecido Vicente Leñero (1933-2014) era católico confeso y escribió (o reescribió más bien) Parábolas. El arte narrativo de Jesús de Nazaret (Joaquín Mortiz, 2009) que separa las parábolas (p. 17) “del propósito evangelizador con que fueron transcritas” para mostrar “el genuino arte narrativo de su contador oral”. Lindo el librito del que tomo esta muestra, que Leñero titula “Hijos distintos” (p. 37): “Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: “Vete a trabajar a la viña, hijo”. Y el hijo respondió:

“—No quiero –pero poco después se arrepintió y fue.

“El hombre fue con el segundo hijo y le ordenó lo mismo. Este respondió:

“—Ya voy, señor –pero no fue.

“¿Cuál de los dos cumplió la voluntad de su padre?”

 

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Como suelen ser sus películas, El gran hotel Budapest (2014), de Wes Anderson, es una delicia para la vista, el cerebro y el oído. Sus personajes extravagantes (aquí Agatha, la amada del narrador de la historia, tiene un enorme lunar en la mejilla derecha que es el mapa de México) más la dirección de arte, la música, la fotografía hacen que la cinta sea un bocado insuperable. M. Gustave H., el personaje que interpreta Ralph Fiennes, amante de la poesía, dice estas palabras: “Las personas más temibles y poco atractivas sólo necesitan que las amen y se abrirán como flor”, y en dos ocasiones esto: “Aún hay vagos destellos de civilidad en este matadero salvaje que alguna vez fue la humanidad”.

 

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El mundo cambia primero en la mente

del hombre que quiere cambiarlo

Don Delillo

 

El hombre del salto (Seix Barral, 2007), de Don Delillo, mezcla varias historias sobre la caída de las torras gemelas, en Nueva York, el 11 de septiembre de 2001, por el ataque terrorista, pero en especial la de un hombre, Keith Neudecker, su exmujer, su hijo, su amante, su suegra y el amante de su suegra.

Keith, un sobreviviente del atentado, aparece lleno de polvo y sangre en el departamento de Lianne, la mujer de la que se había separado. Lo llevan al hospital y allí alguien les cuenta sobre los suicidas (p. 22): “El suicida explota en pedacitos, literalmente pedacitos, trocitos, y hay fragmentos de carne y de hueso que salen volando a tal velocidad y con tanta fuerza, que se quedan incrustados, anidados en el cuerpo de cualquiera que se halle dentro del radio de la explosión. ¿Puede usted creerlo? Una estudiante, sentada en la tarraza de un café. Sobrevive al atentado. Luego, meses más tarde, le encuentran algo así como bolitas de carne, carne humana clavada en la piel. Lo llaman metralla orgánica”.

Cuando Lianne iba a casarse con Keith, su madre le dijo (p. 72): “Hay cierta clase de hombre, un arquetipo, modelo de fiabilidad para sus amigos hombres, todo lo que un amigo debe ser, aliado y confidente, presta dinero, da consejo, leal, etcétera, pero un verdadero infierno para las mujeres. El infierno con todas sus llamas. Cuanto más se le acerca una mujer, más le nota que no es uno de sus amigos hombres. Y más espantoso se vuelve para ella. Así es Keith”.

Delillo nació y vive en Nueva York. He hablado en columnas anteriores de varios de sus libros; en esta novela (el título alude a un hombre, David Janiack, cuyos actos de performance intentan hacer que la gente no olvide la tragedia del 11 de septiembre) nos hace recorrer las calles de una ciudad que es la suya, y entra y nos muestra la vida de la gente que le es cercana. Nada mejor para adentrarse en un mundo (amor, vida y muerte) que ir de la mano del guía que lo conoce. Leer a Delillo siempre vale la pena.

Contactos: hectorcortesm@hotmail.com

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