Un corazón tan de veras

Casa de citas/ 224

Un corazón tan de veras

Héctor Cortés Mandujano

 

En Nostalgia (1983), de Andrei Tarkovsky, Domenico, el loco, dice en una plaza pública de Roma: “¿Qué ancestros hablan en mí? No puedo vivir al mismo tiempo en mi cabeza y en mi cuerpo. Esa es la razón por la que no puedo ser una sola persona. Puedo sentir en mí, infinidad de cosas al mismo tiempo. El gran mal de nuestra época es que ya no quedan grandes maestros. La senda del corazón está cubierta de sombras. Debemos escuchar las voces que parecen inútiles. En cerebros llenos de largas tuberías de desagü

Ilustración: Luis Villatoro

Ilustración: Luis Villatoro

e, de muros de colegio, de asfalto y de prácticas asistenciales, ¡que entre el zumbido de los insectos! Debemos llenarnos, ojos y oídos, con cosas que son el principio de un gran sueño. Alguien debe gritar que construiremos las pirámides. ¡No importa si no podemos construirlas! Debemos alimentar el deseo y estirar los rincones del alma, como una calle sin fin. Si quieren que el mundo siga adelante, debemos tomarnos de la mano. Debemos mezclar lo que se considera sano, con lo considerado enfermo. ¡Ustedes los sanos! ¿Qué significa su salud? Los ojos de toda la humanidad están mirando al foso en donde nos estamos precipitando. ¡La libertad es inútil si no tiene el coraje de mirarnos a la cara, comer, beber y dormir con nosotros! ¡Es lo considerado sano lo que ha llevado al mundo al borde de la catástrofe! ¡Hombres, escuchen! En ustedes, agua, fuego y después cenizas. Y los huesos dentro de las cenizas. ¡Los huesos y las cenizas!”

Una breve escena intermedia,  luego sigue: “¿Dónde estoy, cuando no estoy en la realidad o en mi imaginación? He hecho un nuevo pacto con el mundo. Que debe estar soleado en la noche y nevado en agosto. Las grandes cosas acaban, las pequeñas perduran. La sociedad debe volver a unirse en vez de desunirse. Sólo miren la naturaleza, verán que la vida es simple. Deben volver a donde estuvieron. Al punto donde tomaron el desvío erróneo. Debemos volver a los principales fundamentos de la vida, sin ensuciar el agua. ¿Qué clase de mundo es este si un loco les dice que deberían estar avergonzados?”

Momentos después se baña con gasolina y se prende fuego. Se escucha un fragmento de la Novena Sinfonía de Beethoven.

 

***

 

Ocho libros de Federico García Lorca reúne la Editorial Porrúa, en su colección “Sepan cuántos…”, Núm. 251, 2000, con un prescindible (superficial, vanal) prólogo de Salvador Novo: Libro de poemas, Poema del cante jondo, Romancero gitano, Poeta en Nueva York, Odas, Llanto por Sánchez Mejías, Bodas de sangre y Yerma.

En “Libro de poemas” (1921), en “La veleta” (p. 9), utiliza Lorca la palabra “almario”, que años después usó Eraclio Zepeda para armar una divertida ficción oral. La influencia de sus versos han llegado incluso a la canción popular; Juan Luis Guerra, por ejemplo, tiene una canción donde usa directamente los versos de “Balada interior” (p. 40): “(Frío, frío,/ como el agua/ del río.) […] (Caliente, caliente,/ como el agua/ de la fuente)”; en su libro “Poeta en Nueva York” hay un verso (en el poema “El rey de Harlem”) que, al final, parece haber dado título a un famoso cuento de Julio Cortázar (p. 110): “La sangre no tiene puertas en vuestra noche boca arriba”; Jaime Sabines reconoció su influencia y hay un verso en “Ciudad sin sueño” muy parecido al sabineano “El amor une cuerpos”; dice Lorca (p. 118): “Los besos atan las bocas”; una famosa obra de teatro de Emilio Carballido se titula como un verso de “Pequeño Vals vienés” (p. 140): “La danza que sueña la tortuga”; el título de mi columna es una línea de “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías” (p. 157), y así…

No es raro que sus versos vuelen a otras páginas. Son asombrosos. Dice en “Canción otoñal” (del “Libro de poemas”), p. 11: “Hoy siento en el corazón/ un vago temblor de estrellas”; y en “Chopo muerto”, del mismo libro (p. 46): “¡Qué amargura tan honda/ para el paisaje,/ el héroe de la fronda/ sin ramaje!”, y en “Invocación al laurel” (p. 57): “Yo comprendo toda la pasión del bosque;/ ritmo de la hoja, ritmo de la estrella.”

“Poeta en Nueva York” tiene muchas maravillas. En “(Intermedio)”, p. 105, dice: “El corazón que tiembla arrinconado como un caballito de mar”; y en “Paisaje con dos tumbas y un perro asirio” asombra con estos versos (p. 129): “Yo amé mucho tiempo a un niño/ que tenía una plumilla en la lengua/ y vivimos cien años dentro de un cuchillo”. En este libro hay también rabia; dice en “Vuelta a la ciudad” (pp. 132-133):

            Todos los días se matan en New York

            cuatro millones de patos,

cinco millones de cerdos,

dos mil palomas para el gusto de los agonizantes.

Un millón de vacas,

un millón de corderos

y dos millones de gallos

que dejan los cielos hechos añicos.

 

Y en “Oda a Walt Whitman”, curiosamente, dado que él era homosexual, es durísimo con los homosexuales. Luego de decir que no levanta la voz contra distintos seres humanos, dice (p. 139):

Pero sí contra vosotros, maricas de las ciudades,

de carne tumefacta y pensamiento inmundo,

madres de lodo, arpías, enemigos sin sueño

del Amor que reparte coronas de alegría.

[…]

Faeries de Norteamérica,

Pájaros de la Habana,

Jotos de México,

Sarasas de Cádiz,

Apios de Sevilla,

Cancos de Madrid,

Floras de Alicante,

Adelaidas de Portugal.

¡Maricas de todo el mundo, asesinos de palomas!

En el arranque de “Bodas de sangre” (que he visto en teatro, en cine, en ballet a donde la han trasvasado con buena y mala fortuna) insiste, desde otra perspectiva, en el mismo tema, con un parlamento que dice la Madre al Novio (p. 165): “Tu abuelo dejó un hijo en cada esquina. Eso me gusta. Los hombres, hombres; el trigo, trigo”.

 

***

 

Veo Mame (la versión no musical, de 1958, dirigida por Morton DaCosta) y la frase que dice la magnífica Rosalind Rusell, quien encarna a la tía-mamá del huérfano Patrick, y que luego repite el hijo de su sobrino, es un buen consejo: “¡Vive! La vida es un banquete y hay gente que se muere de hambre”.

 

***

 

El calor es algo imposible de comunicar por escrito

F. Campbell

 

Son dos periodistas (uno que se enamoró del desierto y la soledad, y se suicidó o lo mataron, y otro que lo busca) los protagonistas de Transpeninsular (Punto de lectura, 2005), una breve novela de Federico Campbell. Pablo, quien busca obsesivamente la verdad sobre la muerte de Fernando Jordán, dice (p. 26): “Si uno pudiera escoger sus adicciones sería maravilloso. Como Kafka o Joseph Conrad, que sólo no escribían cuando estaban dormidos. Piensa en la cantidad de cartas que mandaba Kafka. Era una especie de grafómano. Le aburría todo lo que no fuera literatura”.

Al margen de lo que escriben Pablo y Fernando, hay un narrador omnisciente que los narra (p. 33): “Sal, salario, pensó: a sus esclavos los romanos les pagaban con una bolsita de sal”.

A Pablo lo contratan para escribir un guion de cine y él usa eso de pretexto para escribir, investigar, buscar las huellas de Fernando. Nunca ha escrito uno (p. 112): “Una película era como un tendedero de camisetas, pantalones, sostenes, vestidos de mujer o, lo que es lo mismo, una cuerda tendida a la que se le van enganchando fotografías en un cierto orden sucesivo”; o sea (p. 115): “El guión es el gusano y la película la mariposa, como dice Carrière”, o (p. 117) “tomarse en serio a Aristóteles. La estructura natural: como la de la gráfica del orgasmo, desde la excitación hasta la eyaculación, como la de la vida misma. Nacimiento, desarrollo, peripecias, conflicto, desenlace, resolución, muerte. La estructura natural, maestro”.

Fernando escribía reportajes que quizá molestaban a la gente en el poder, pero también llevaba anotaciones personales, como ésta (p. 131): “El rumbo de la aguja magnética ejerce en mí una fascinación incontrolable. Norte y noroeste. Mis expediciones se iniciaron en el sureste, en la selva chiapaneca. Me atraía entonces el acoso de los mosquitos, el terror a las serpientes, las emboscadas de los pantanos y la sorpresa siempre agazapada de los rápidos en los ríos. Cuando pisé el norte se me acabó el entusiasmo por el trópico”.

Pablo y Fernando se escribían, y éste le pregunta sobre la profesión (p. 142): “¿Cómo puede usted resistir y animar con su talento un esfuerzo intelectual tan ingrato como el periodismo? ¿Cómo hace para continuar joven y ligero en un terreno tan pantanoso?”

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