Muerte mil veces compartida

Imagen de la película "Salvador", de Oliver Stone.

Imagen de la película «Salvador», de Oliver Stone.

 

¿Puede una foto acabar con la guerra? Una respuesta a botepronto y de sentido común sería que no, pero a lo mejor sí, quién sabe. Igual y la imagen es tan fuerte que si la alzamos entre muchísimas personas logra acabar con la maquinaria de guerra desplegada en campo. Es lo que pensamos al compartir imágenes de denuncia en nuestros muros de Facebook o pegar carteles ilustrados con este tipo de fotos. Es como esas cadenas de buena suerte: mejor la comparto, quien quita y pega.

La foto de Aylan no desató el escándalo de la crisis de refugiados, el escándalo llevaba más de una semana. En Alemania, tres días antes, ya no tenían dónde guardar la ayuda que los ciudadanos enviaban. Los medios que afirman que publicaron la foto en su portada (o contraportada) con la intención de llamar la atención sobre la situación, saben que aquellos grupos capaces de movilizar a la sociedad y ejercer presión sobre los gobiernos europeos ya se estaban movilizando desde antes.

Pero lo cierto es que la muerte del más pequeño de los Kurdi nos hizo partícipes de esa crisis a quienes hasta ese momento estábamos lejos. Nos llevaron ahí y al compartir pusimos —en toda la extensión de la palabra y la metáfora— nuestro granito de arena.

El diario El Mundo, de España. Día de un año. Los directores discuten sobre si publicar una foto o no. En realidad no hay tal discusión, todos están de acuerdo. Sospechosamente de acuerdo. Que suerte que hay tres cámaras grabando todo. La foto editorializa todo el conflicto. Simboliza el drama. “La guerra es esto”, dicen. El director de arte, sin saberlo, explica lo que están haciendo: (el niño) no parece sirio, parece europeo. Lo dice de una manera cruda, despiadada: “no está disfrazado de ninguna etnia rara”. “Etnia rara”, dice el director de un periódico de fama internacional acerca de la gente que vive fuera de Europa y Estados Unidos. “Disfrazado de etnia”, dice, como si la impostura no fuera exclusiva de la etnia occidental.

Al menos en su caso y en el de muchos otros, la foto no le ayudó a “crear conciencia” acerca de la gente que vive en Siria, acerca de esos otros que ya mueren en sus costas y estaciones de tren. ¿Cuántos de aquellos que posteamos la foto en nuestros muros sabemos ahora dónde queda Kobane? ¿Cuántas de esas personas que lloraron a Aylan, a su hermano y a su madre le entraron a discernir las diferencias entre los combatientes peshmergas, los del YPG, las YPJ, los del EIIL y los del ELS? ¿Cuántas podrían distinguir entre las “etnias raras” de kurdos, asirios, armenios y turcos?

La “realidad” es una ficción insoportable. Cada quién se cuenta la historia que más le conviene, cada quien ve la parte que soporta. No es cuestión de “huevos”, ni de valor, ni siquiera de voluntad.

El editor de El Clarín escribió sobre el debate que hubo en su periódico. Ahí sí hubo discrepancias. Se habló de la “inflación de imágenes”, de cómo ante dicha inflación, las imágenes pierden valor. La imagen explicada desde la teoría económica. Demasiadas imágenes brutales las vuelven superfluas, desechables, olvidables. En las guerras de hoy no hay Robert Cappa, no hay Nick Ut, todos son Charles O’Rear.

En El Clarín optaron, como muchos otros, por la brutalidad. Su intención, dicen, era “quebrar la anestesia de la indiferencia”. También dice Ricardo Roa: “debemos hacer algo”. Lo mismo se repitió en muchos tuits, en muchos posts, en muchos noticieros. Debemos hacer algo. La imagen, dicen, nos llama a desaparecer la tragedia. La vieja metáfora de abrir los ojos y cambiar el mundo.

Habría que regresar a Sontag, a Sontag citando a Platón, a Sontag citando a Woolf, a Sontag citando a Shakespeare, a Sontag arrojándonos a la cara una vez más todo lo que sabemos pero no decimos acerca de las fotografías de guerra. Esas guerras que no detuvieron los niños en las fotos de Robert Cappa, ni en las de Nick Ut, ni en las de Pedro Valtierra, ni en las de Joe O’Donnell, ni en las de Eddie Adams, ni en las de Narciso Contreras, ni en las de Jean Marc Bouju, ni en las de Manu Brabo, ni en las de Chris Hondros, ni en las de Khalil Hamra, ni en las de Carolyn Cole, ni en las deMuhammed Muheisen, ni en las de Francesco Zizola, ni en las de Javier Manzano, ni en las de Emilio Morenatti, ni en las de Rodrigo Abd, ni en las de Yuri Kozyrev…

Para Pérez-Reverte se trata de llevar el horror a las casas donde la gente está sentada en el sofá viendo futbol, para que se entere esa sociedad anestesiada y egoísta que vive en un mundo peligroso. ¿Por qué? Porque él y sus colegas han estado entre la atrocidad y la barbarie para mostrarles lo que ocurre, no para plantearse dilemas éticos.

Los dilemas éticos, dice, son para lectores sensibles que solo le dan risa. Son para guardarse ahí donde guarda las leyes de protección a la infancia, la crítica a la violencia machista y el respeto al dolor de los familiares. Lo importante es que él, ellos, se han jugado la piel y han sido valientes a más no poder. El desparpajo de Pérez-reverte es como el del diario Le Monde, que en portada puso la foto de Aylan y en la tercera una publicidad de Gucci con una modelo tirada en la playa. “No soy responsable de lo que publican los de publicidad” dijeron los editores. A otro perro con los dilemas éticos, lo importante es vender periódicos, ¡carajo!.

Debemos ver la foto, compartirla en nuestro muro. Cada vez que lo posteamos repetimos su agonía. No importa cuántas veces muera, habremos de repetir su muerte las veces que sean necesarias hasta que la guerra termine. Eso dicen. Algunos dicen que la compartieron porque les recordó a sus propios hijos (dándole la razón al director de “El Mundo”) y aún así lo replican, lo repiten. Compartir el dolor nunca había sido tan gráfico, tan literal. No importa cuánto duela, no importa que no sirva para parar la guerra, lo importante es no negarnos a ver y demostrar lo valientes y denunciantes que somos.

 

Pd. Sólo espero que quienes hoy defendieron la masiva exhibición de la imagen de Aylan muerto, no defiendan con el mismo ahínco y los mismos argumentos la circulación de fotos de los niños de la guardería ABC o las que hizo la PGJDF en el departamento de Narvarte. Ojalá que no, porque entonces sí estaré de acuerdo en que la humanidad se ahogó en una playa turca.

Referencias inmediatas:

http://www.clarin.com/politica/publicamos-foto-nino-muerto_0_1424257621.html

http://www.perezreverte.com/articulo/patentes-corso/689/prefieren-no-mirar/

http://cuadernosdobleraya.com/2015/09/03/aylan/

http://blog.fotoespacio.cl/wp-content/uploads/2013/08/Sontag_Ante_el_dolor_de_los_demas.pdf

http://es.euronews.com/2015/09/03/es-un-nino-no-un-simbolo/

http://videos.elmundo.es/v/2015/09/02/55e754e1e2704ec5268b45a1-asi-se-debatio-en-el-mundo-el-uso-de-la-foto-del-nino-de-la-playa.html

http://makingof.blog.lemonde.fr/2015/09/06/pourquoi-nous-avons-publie-la-photo-du-petit-aylan/

Sin comentarios aún.

Deja una respuesta

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Comparta su opinión. Su correo no será público y será protegido deacuerdo a nuestras políticas de privacidad.
A %d blogueros les gusta esto: