Dios no ha muerto

Casa de citas/ 242

Dios no ha muerto

Héctor Cortés Mandujano

Ilustración: Manuel Velázquez

Ilustración: Manuel Velázquez

Leí los trece libros (capítulos ahora) que integran Las confesiones, de San Agustín (escritas en el lejanísimo tiempo del 397-398 d. C.; mi ejemplar es de Editorial Tecnos, 2006, con traducción, introducción, notas y anexo de Agustín Uña Juárez).

Dice Manuel Garrido en la presentación (p. 22): “Cualquier persona medianamente leída sabe recitar de memoria el famoso consejo agustiniano por el que nos recomienda no perder tiempo yendo y viniendo fuera de nosotros, pues es ensimismándose, en la intimidad del hombre, donde habita la verdad”, y Uña en su documentada introducción agrega (p. 32): “Sólo en nuestro interior, dice él (Agustín), somos lo que en realidad somos».

El libro es una biografía comentada por el mismo biógrafo; colocado en la distancia de la madurez, Agustín revisa su infancia, su juventud, sus estudios, sus amoríos, sus amistades, su vida, hasta descubrir que la suya no ha sido sino una ruta trazada para llegar a Dios (a quien ve, en retrospectiva, cercanísimo a sus actos) y entregarse a él.

Muere en su juventud un amigo al que llora (p. 206): “Miserable es toda alma prisionera de la afición de las cosas mortales, porque se desgarra al perderlas, y siente entonces su miseria, por la que era miserable antes ya de perderlas. Así era yo entonces y lloraba con gran amargura y hallaba reposo en mi propia amargura. Tan mísero era, que más aún que a aquel amigo mío, amaba yo mi misma vida mísera”. Dice después (p. 209): “Únicamente no pierde un ser querido quien a todos quiere en aquel a quien no se pierde”.

Conforme más se acerca a Dios, Agustín más se aleja de lo mundano; ya ha dejado a su concubina, con quien tuvo un hijo; ya ha ayudado a amigos para apartarse de lo pecaminoso; ahora proyecta dejar, y la deja, su cátedra de retórica, pero no quiere (p. 345) “romper con alboroto, sino retirar con suavidad, el oficio de mi lengua del mercado de la charlatanería”.

El texto de Agustín es parte de una colección de filosofía, porque eso hace cuando escribe este libro que es muchos libros (p.397): “Nombro la imagen del sol, y está presente en mi memoria, y no recuerdo una imagen de su imagen, sino la imagen misma”; (p. 448): “En lo eterno nada pasa, sino que todo está, es presente”; (p. 450): “Tus años ni van ni vienen, pero estos nuestros van y vienen, para que todos vengan. […] Tu hoy es la eternidad”.

Así (p. 457), “los tiempos son tres, presente de las cosas pretéritas, presente de las cosas presentes y presente de las futuras”.

 

***

 

El libro que leo inmediatamente después es La teoría del todo. El origen y el destino del universo (Random House, 2007), del célebre científico Stephen W. Hawking. Y en este libro aparecen también Dios y San Agustín. Dice Hawking (p. 23): “Se puede decir que el tiempo tuvo un comienzo en el big bang, simplemente en el sentido de que no pueden definirse tiempos anteriores. […] Se podría seguir creyendo que Dios creó el universo en el instante del big bang. […] Un universo en expansión no excluye la figura de un creador, pero pone límites a cuándo Él podría haber realizado su obra”.

Al hablar de las teorías del universo y exponer en una de ellas que los sucesos ocurren de una manera aleatoria y arbitraria, lo que sacaría a Dios de las decisiones del mundo, dice (pp. 134-135): “Es un poco la vieja paradoja: ¿puede Dios hacer una piedra tan pesada que él no pueda levantarla? Pero la idea de que Dios pudiera querer cambiar de idea es un ejemplo de la falacia, señalada por san Agustín, de imaginar a Dios como un ser que existe en el tiempo. El tiempo es una propiedad solo del universo que Dios creó. Presumiblemente”.

Y eso daría al traste con el famoso manotón en la mesa de Nietzsche de que Dios ha muerto. No se puede. Es inmortal. Presumiblemente.

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