Y en la rivera maya…

Crecencio Pat Cauich, 92 años. Su tatarabuelo fue Jacinto Pat, iniciador de la guerra de castas.

Crecencio Pat Cauich, 92 años. Su tatarabuelo fue Jacinto Pat, iniciador de la guerra de castas.

 

«Los mayas construyeron grandes pirámides, fueron grandes matemáticos, fueron unos excelentes astrónomos y buenos arquitectos, pero todo eso se perdió cuando decayó esa gran cultura y los mayas desaparecieron»… ¡Cuando los mayas desaparecieron! Estas palabras siempre las creí durante mi niñez, eso porque así había aprendido en la escuela. Por eso pensaba que se habían extinguido esas sabias personas, así como le sucedió a los pobres dinosaurios. Incluso ya de grande vi expresado en varios museos la exaltación de la cultura mediante el arte llamado prehispánico. Pero no sabía por qué callaban de las culturas vivas. Nadie explicaba, ni hablaba de cómo viven cotidianamente los pueblos indígenas en este país llamado México.

Después, confundido con el estudio antropológico sobre las sociedades humanas, poco a poco fueron apareciendo como nubes borrosas esos pueblos indígenas, a los cuales se tenía que investigar y estudiar, tal cual hicieron los primero antropólogos y etnógrafos en estas tierras. El entender cómo viven, cómo se organizan, cómo hablan, cómo piensan, qué comen… preguntas y más preguntas que algunos profesores nos enseñaban para conocer esas culturas exóticas y extrañas: esos otros que habían sobrevivido después de todo el proceso de exterminio y aniquilación del modelo colonial, y posteriormente al embate del modelo educativo y político. Con esto comprendí, en parte, la función que tenía la antropología de aquellos que sirven al sistema y al poder político: era para la elaboración de políticas públicas como estrategias de integrar esos pueblos bárbaros y subdesarrollados.

Así, fui comprendiendo las realidades que ha creado el sistema político para negar nuestra existencia, que nos ha discriminado, despojado y marginado. Discriminación que muchos seguimos fomentando con el auto-rechazo de nuestras raíces y nuestras culturas, discriminación que nos ha desubicado y nos ha hecho sentirnos sin rumbo y sin historia. Discriminación que poco a poco ha matado nuestra dignidad. Discriminación que expresan los rostros de hombres y mujeres que al caminar bajan la mirada y al momento de hablar muestran ese miedo de ser humillados. Miedo de expresar lo que somos para no ser objetos de burla. Miedo que muchos guardan en el alcohol para olvidar, tal y como sucede en varios pueblos indígenas, y donde al tomarse un refresco sienten lograr esa aceptación e integración al modelo que marca la televisión y la escuela.

El desprecio actual a lo indígena no sólo nació con el modelo educativo, sino también con la integración del país a un modelo capitalista de corte neoliberal que tiene, cada vez más, intereses sobre los recursos naturales y la mano de obra y que, gracias al Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá, y al Proyecto Mesoamérica, ahora nuestros territorios están bajo amenaza de ser destruidos por las grandes empresas transnacionales como las mineras, que se han apropiado de bastas extensiones de tierras. Ahí están los reportes de organizaciones como Otros Mundos, REMA y algunas más: la gran mayoría de las zonas mineras se encuentran en territorios de esos indios donde todavía algunos quieren seguir cultivando la Madre Tierra para sembrar maíz y fríjol, sus alimentos.

Para despojar de tierra a los campesinos sirvió muy bien la reforma del artículo 27 de la ley agraria donde surge los programas PROCEDE y ahora el FANAR que han legitimado la destrucción de los ejidos y tierras comunales mediante la fragmentación y, con ello, la destrucción de las pequeñas reservas ecológicas. El mismo riesgo se corre con las licitaciones sobre petróleo en Chiapas, que justamente marca el Plan Quinquenal 2015-2019, donde aparecen los pozos Nazareth y Lacantún enclavados dentro de la Selva Lacandona, así como la parte norte del Estado. Ya desde hace algunos años, gracias a los programas sociales, han transformado parte de la Selva en campos ganaderos, eso justo antes de iniciar estas sucias obras para culpar a los campesinos y así las empresas tengan la libertad de extraer los recursos. Además, para generar electricidad, promoverán la construcción de presas utilizando los grandes ríos de la zona.

Este acontecimiento es justamente lo que ha documentado la periodista Lydia Cacho en la Rivera Maya, que ha evidenciado la arbitrariedad de las autoridades para despojar de sus tierras a los campesinos y ejidatarios mayas. De esos mayas que estorban al modelo neoliberal. De esos mayas que los habían callado por años hasta que el levantamiento zapatista dio un aliento, pero ahora siguen los embates de la corrupción. Esos mayas yucatecos, tseltales, tsotsiles, mames, tojolabales y otros tantos que no existían más que en sus construcciones arquitectónicas prehispánicas que ahora son maravillas del mundo moderno, categorías que son dadas para justificar la corrupción, los despojos y la privatización en beneficio del turismo comercial. De esas maravillas que se pelean los funcionarios y empresarios para convertirlos en zonas residenciales y hoteleras, como esas Casas Blancas mal habidas.

Y en la Rivera Maya donde miles de mayas se «divierten» trabajando en las grandes construcciones hoteleras para ganar una miseria de sueldo y viviendo miserablemente hacinados en cuartuchos pequeños para no pagar renta y consumir drogas para no gastar en alimentos. En esa Rivera Maya donde se denunció la red de pederastia y la explotación comercial del sexo con menores. En esa Rivera Maya donde tseltales, tsotsiles y muchos otros llegan en búsqueda de trabajo para mejorar la situación económica familiar, y muchos de ellos regresan a sus comunidades bajo las influencias de la droga o el alcoholismo, donde posiblemente niñas tseltales y tsotsiles terminan siendo violadas o explotadas laboral y sexualmente y callan para no ser enjuiciadas. En esa Rivera Maya donde los cenotes, árboles, animales y playas lloran para no ser aniquilados por los grandes proyectos turísticos.

En esa Rivera Maya donde la grandeza de nuestra cultura expresó su esplendor y donde muchos mayas siguen recorriendo el sak be de sus ancestros. De esos mayas que hablan la lengua como un soplo que hace florecer nuestro corazón, que nos hace ver y sentir los recuerdos de nuestros antepasados y nos llena de vida, fortaleza y amor a lo que tenemos que seguir construyendo para proteger y convivir con las pocas cosas buenas que tenemos dentro de este sistema político corrupto y represor. Ahora se hace un acto de resistencia hablar en nuestra lengua y utilizar nuestros trajes. Es resistencia sembrar nuestros alimentos y mantener nuestros rituales. Es resistencia recordar nuestros desaparecidos y mantener la memoria. Es resistencia sonreír, cantar, danzar y soñar los diversos colores de nuestro corazón…

 

Y en la rivera maya

La abuela le canta al sol

danza con las ceibas al son del tambor

una ronda a los cenotes

para arrullar los Aluxes con amor.

La abuela, abuela del mayab

flores va sembrando en cada paso

amor va sonando en su corazón

con el maíz de sus venas el cielo va pintando.

El Sak Be recorre la abuela María

reviviendo el soplo de los ancestros

hombres y mujeres muertos por el olvido

despreciados de la corrupta y arpía política.

Pero bajo la sombra de una ceiba madre

el viento arrulla sus sueños:

Cual doncella corriendo va la abuela

la flor del sak nikte’ va recogiendo.

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