Fotografía chiapaneca contemporánea en Nueva York

Foto Chiapas NY 1

 

El pasado 18 de noviembre se inauguró la exposición “Indómito: Fotografía Contemporánea Chiapaneca” en la Galería Octavio Paz de la ciudad de Nueva York. Por supuesto pasó inadvertida para las autoridades de cultura del estado y para buena parte de la comunidad artística local, pues ese día estaban ocupados revisando los nombres de quienes habían sido seleccionados para el Salón de la Plástica Tuxtleca. Es una expo de 16 creadores que desarrollan su trabajo fotográfico en Chiapas, seleccionados por el Gimnasio de Arte y Cultura Chiapas a partir de diferentes criterios, pero en particular por su posibilidad de ser catalogados como “fotografía contemporánea”. Hay mucha discusión al respecto, pero en el contexto local podríamos decir que son todos aquellos que hacen foto fuera de la ortodoxia del fotoperiodismo y la fotografía documental tradicional, enemigos de la versión de un Chiapas turístico, natural y folklórico. La selección gustará a algunos y a otros no tanto —de haber podido, yo habría des-seleccionado a un par de ellos— pero cumple con su propósito: demostrar que en Chiapas se está haciendo otro tipo de foto, y que se está haciendo bien. Ya se podrá discutir en el futuro en qué consiste ese “bien”, aunque el debate que urge es el que define lo contemporáneo, pues si bien la escuela dominante afirma que es el discurso autorreferencial, también habemos quienes sostenemos que justo eso es una forma de vaciarlo de contenido, pues mucha de la foto contemporánea busca capturar y reflejar formas diferentes de ver el mundo actual, no necesariamente desde la introspección, la cual a estas alturas ya resulta una monserga aburrida (con el “miren como sufro” como jingle recurrente que suena cada vez que te enfrentas a una imagen de ese tipo). Aventarse, desde la periferia, a afirmar que el discurso fotográfico de un grupo de artistas que habitan el sur es un discurso contemporáneo es una gran apuesta, que corre el riesgo de ser vilipendiada o satanizada. Para abonar en la cuestión de “lo contemporáneo” escribí este texto, como para leerse antes de entrar a ver la expo (la de Nueva York o la de Tuxtla).

 

Indómito: Fotografía Chiapaneca Contemporánea

¿Qué conjuro, qué creencia, que disoluta diletancia ha permitido que lleguemos aquí, con nuestras anónimas oriflamas, asumiendo que tenemos las medallas suficientes para blandir el pendón de la fotografía contemporánea? o bien ¿basados en qué argumentos traemos esta muestra de imágenes y le adjudicamos el mote de “fotografía contemporánea”?

La etiqueta de contemporaneidad es una de las más complicadas de conseguir, es inasible por su indefinición, sólo reservada a sus detentores, que cual habitantes de Trobriand se intercambian las medallas y los títulos en un loop autofágico interminable que avergonzaría al mismísimo Tom Six. Un centípede afásico centralista que invisibiliza las periferias, dejando de vez en vez el paso a jóvenes tributos dispuestos al sacrificio, las modernas guerras floridas cuya victoria es la promesa del Olimpo, siempre a cambio del sí mismo. Reivindicarse, entonces, sin haber sido condecorados en la corte, es blasfemia e iconoclasia. Peor aún, pues si los herejes son ellos, nos queda sólo el camino de la iluminación asceta, para después bajar de la montaña y decir nuestra mirada con todos los nombres posibles (pues es Ella quien nos guía, no los mercaderes ni sus templos víatetraícos, dirán los creyentes más convencidos).

Partamos de la selección, que es aleatoria y arbitraria, como todas: las personas que lo componen y se atribuyen la autoría de las piezas conforman un grupo que en sí mismo no pudo haber sucedido en otro tiempo, ya que de tiempo hablamos. Su diversidad atraviesa casi todas las dimensiones posibles: la edad, el género, el origen, la etnia, la técnica y el estilo (tal vez sólo la clase es homogénea, tal vez y pesar del prejuicio fenotípico). Sólo quien les conozca podría afirmar que forman parte de un grupo, alguien que se aventure podría decir que son varios grupos que se han juntado para la ocasión. Ese es el primer rasgo de la fotografía contemporánea chiapaneca: se nutre de las multitudes que contiene, vive y se alimenta de su heterogeneidad, no responde a modas, pero si; no responde a la doxa, pero si; es contrahegemónica, pero no; responde a su tiempo, pero no.

El segundo aspecto en la conformación de esa identidad contemporánea es justo su posición ante el otro. Históricamente el territorio chiapaneco ha sido un territorio de extracción y explotación: de las compañías chicleras y madereras de principios del siglo pasado que arrasaron la selva y que tan bien reflejó B. Traven, hasta las grandes empresas productoras de café y aceite de palma, pasando por las compañías mineras que cual Atilas reloaded ahí por donde pasan no vuelve a crecer la hierba, la vida. Eso mismo ha pasado con la imagen: extranjeros y locales se han dedicado a explotar la imagen, sea de lo que llaman las maravillas naturales (algún día tendremos los datos de la huella ecológica de la fotografía de naturaleza), o bien la explotación de la imagen de los pueblos originarios. La fotografía llamada documental se comportó igual que las compañías mineras: extraer y dejar a su paso desiertos. Las persona que fotografiaba se convertía en el único vocero legítimo de los pueblos, quien dictaba el deber ser, quien denunciaba las condiciones de pobreza y marginación, quien le hablaba a Occidente de la gente de las montañas y la selva, pero que nunca les preguntó su opinión sobre cómo les veía, como les reflejaba, como les nombraba. El Otro siempre estuvo del otro lado de objetivo, el otro siempre estuvo encadenado al blanco y negro, al papel impreso, al zoológico de plata sobre gelatina.

En la fotografía chiapaneca contemporánea el Otro es Uno, la alteridad se asume como un proceso permanente de descubrirse como parte de la intersección, más propio o más ajeno dependiendo el caso, pero ahí, en ese mundo, nunca en uno superior, siempre asumiendo que el Uno forma parte de un Nosotros indescifrable. Se dicen a Sí mismos mientras dicen de Sí mismos mientras nombran al Otro que son Ellos en su camino de aceptarse como parte del Nosotros. Están, como dijera Gorostiza, sitiados en su epidermis, que les acerca y aleja, que les obliga a ser quienes no son, e igual les sitia la casa familiar, las tradiciones, la geografía, la condición de género, la memoria, la familia o su propia axiología. Es un misterio si salen bien librados de esa batalla —en general opinaría que no— pero construyen, en conjunto, nuevo conocimiento acerca de las posibilidades de romper el principio del tercero excluido, de reconfigurar la forma de nombrarse a partir de muchas formas de mirarse. Así trabaja la fotografía contemporánea chiapaneca, en ese permanente cuestionamiento de las identidades que nos habían sido otorgadas al nacer.

En tercer lugar está la idea de proyecto. Todos estos trabajos se forman a partir de una idea —en constante cambio— que salen a buscar o a inventar. En su gran mayoría —hay excepciones, para no andar inventando nuevas reglas— los trabajos aquí presentados hablan de un plan, de una intención que se ha ido forjando, no de imágenes encontradas en el camino sino de certezas imaginadas, erigidas y cuidadosamente seleccionadas. El azar es un compañero de ruta pero no el director de la obra. El total es más grande que la suma de sus elementos, ese es el punto de partida.

 

Desde ahí lo contemporáneo. Hacia allá también.

El punto de partida es un territorio que ha sido mil veces colonizado, con una historia que nos es ajena por ficticia, por dejarnos siempre afuera de sus narrativas; con esa puesta en escena que construyeron juntos la antropología ortodoxa y las agencias de viajes; con esos escenarios donde los pocos ocupan el proscenio y los muchos en el sótano lo sostienen. Somos resultado de nuestras historias personales que aquí confluyeron, pero también somos la rebelión de los personajes, nos negamos a ser espectadores, nos negamos a ser utilería. Hemos llegado a puerto desde tierras ignotas, desde un sur desconocido incluso para los más arriesgados lectores de la Guide du Rutard, donde no osarían pasar los más activos contribuyentes del Trip Advisor. Seríamos los personajes ideales del Realismo Mágico, pero nos rebelamos ante el destino y su ineluctabilidad, le plantamos un espejo en los ojos y revelamos este otro nuevo mundo, el “priísmo trágico” (Luis E. Aguilar dixit). Somos indómitos porque nos negamos a pintar nuestros rostros de los colores preestablecidos.

De ahí venimos, de ahí somos. Lo que estemos haciendo, lo que vayamos a suceder a partir de esta selección de nuestro trabajo, es algo que usted está a punto de escribir…

Leonardo Toledo

San Cristóbal de Las Casas, Chiapas

Otoño de 2015

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