Suasnávar: el corazón como campo de flamboyanes

Casa de citas/ 258

Suasnávar: el corazón como campo de flamboyanes*

Héctor Cortés Mandujano

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Suasnávar.50 años en la pintura de caballete tiene, para empezar, de principio a fin, la buena hechura a la que nos tiene acostumbrados el Grupo Azul, es decir, mis queridos amigos Raúl Ortega y María Espinoza, con su brillante equipo de colaboradores. Un abrazo para ellos.

 

2

Pintar es una pelea de box: el pintor se pone los guantes y se enfrenta al lienzo, lanza el brochazo y el lienzo no puede eludir el golpe contundente; rendido, deja que el pintor gane el round. Y se hace el cuadro.

Pintar es una caricia: el lienzo es una cadera femenina y el pintor, con un pincel brevísimo, como dedo tembloroso, recorre con cuidado la silueta para ponerla a punto, para que el lienzo le conceda la entrega, le deje hacerle el amor.

Pintar es un acto de magia: algo llegó al cerebro de la nada y en el lienzo, que era sólo una tela vacía, el pintor hace de nuevo nacer al hombre, la mujer, los animales, la naturaleza, el mundo.

Pintar es un laberinto: te puedes extraviar en un pasillo rojo, en una esquina verde, en el pozo enorme del negro. Pero a veces, también, puedes hallar una calle segura para llegar hasta el cuadro y que en él pueda oírse el latir de tu corazón.

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Manuel Suasnávar pinta, es decir, se inconforma con la realidad del cielo e inventa otro, otros cielos proteicos, prodigiosos. Y eso es también un pintor: alguien que agrega al mundo el atardecer que la naturaleza todavía no se imagina; alguien que no sólo sueña sino corporiza el sueño y lo vuelve, por ejemplo, pintura de caballete donde juega sin descanso y sin cuidado “de las vanguardias y las retaguardias en arte y en crítica artística”.

Suasnávar.50 años en la pintura de caballete muestra desde la portada algo que me parece central en el arte: el enigma, lo no dicho explícitamente, lo sugerente, el verso escondido detrás de las palabras cotidianas: un niño con orejas verdes y ojos de pájaro, con la vista enrojecida como la borla de su sombrero, como su camisa. ¿Qué ve este “Tuxtlequito” con mirada de esfinge; a quién volverá piedra, polvo?

Las páginas de este libro son el asombro de lo imposible: la ceiba que ha sido arrancada desde sus raíces por un vuelo de cotorras, el colibrí bailarín que habla al oído del pintor, la tierra que se abre como una papaya solar colgada en la mitad de un cielo ennegrecido, ponerle puertas al campo. Y todo es imposible, porque es cierto.

Suasnávar ha hecho de Chiapas su tema fundamental y el estado completo puede contenerse en el árbol de hojas verdísimas, en la hamaca colgada en el aire, en la mujer indígena que ve cómo el sol desaparece de la vida, en los festines visuales del parachico, en los árboles de variadas flores, los ríos y los pájaros que atraviesan estos mundos inasibles, sacados del flamboyán que el pintor lleva en el corazón.

Los humanos que pinta Manuel no siempre tocan el piso, no siempre son humanos, no siempre están diferenciados con la vulgar línea que separa a la gente de los mitos: flotan, vuelan, lo mismo el hombre armado que la turbamulta, el Calalá que el Sombrerón, el Ícaro moreno que sus pupilos.

Hay en estos  50 años en la pintura de caballete no la sustitución de la cámara fotográfica que registra lo real, sino la mixtura de saberes que puede hacer que un sarape se vuelva un arcoíris en manos del viento y los músicos tengan en sí mismos todos los colores que nos puede hacer oír la música.

Este es el feliz resultado del trabajo, del oficio, del arte de un hombre que ha dedicado por lo menos 50 años de su vida (de 1978 a 2015) al gozo de entender que en este mundo caben infinitos mundos; que la humanidad es mucho más rica si se puede regresar, con el parpadeo de los dedos, con la danza de los sueños, a pintar de nuevo el paraíso que alguna vez creímos perdido.

*Texto leído en la presentación el día jueves 4 de febrero de 2016, en el Museo del Café, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas.

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