Un mar oloso

Casa de citas/ 260

Un mar oloso

Héctor Cortés Mandujano

 

A Jacobo, mi nieto, aún se le dificulta pronunciar la erre; por eso ha sustituido algunas palabras por sinónimos que le quedan cómodos. No dice “carro”, por ejemplo, sino “auto”, ni “cuarto”, sino “habitación”; pero hay palabras insoslayables.

Vamos al mar (mi mujer, mi hija, Jacobo y yo), que le encanta. Lo llevo de la mano. Apenas nos acercamos a la playa me dice:

—Tito, el mad está muy oloso.

Y agrega de inmediato, para aclararme:

—Oloso significa que tiene muchas olas.

 

Volvemos de noche y pasamos por el parque central de Tonalá, donde el azar nos tiene reservada una ocasión memorable: en casi todos los cables (de luz, de teléfonos) hay un sinnúmero de pajarillos de distintos colores con intención de pasar allí la noche; y también zanates en los espacios más disímiles de las construcciones que rodean al parque. Se ven como una juguetería deslumbrante, ideada por un niño genial, por un loco que ama las sorpresas agradables. Pájaros en el alambre, una frase usada para referirse a otra cuestión, hacen de esos momentos en que nos salta el corazón de alegría una muesca alegre en el recuerdo.

 

***

Foto: Verónica Corzo Aguirre

Foto: Verónica Corzo Aguirre

Hemos ido semanas antes al mar con una enorme tropa de amigos: Mario y Vanesa, Mónica y Javier, Tania y Juan Ángel, Verónica y Mario, mi mujer y yo, y varios niños más, hijos de nuestros amigos. Nos hemos divertido mucho.

En la tarde del primer día conocemos el estero “La Joya”. Allí los niños y varios adultos dan una vuelta en lancha por el mar más o menos calmo, pese a que hay un viento feroz. Yo descanso en una hamaca y en mi alrededor, para mi contento, se juntan varios viejos pescadores, cerveza en mano, a contarme sus historias que van desde los orígenes de su actividad hasta la vez que uno de ellos estuvo a punto de morir en alta mar durante una tormenta.

Pero uno de ellos me señala el cerro que me queda enfrente y me dice que allí hay muchos árboles frutales que nacieron solos, animales para cazar y sucesivas tragedias para quienes decidan vivir en esos terrenos que son cuidados, dice él, por un espíritu maligno.

No lo parece tanto, porque se pueden comer frutas y cazar, siempre que se cumpla un requisito irrenunciable: no intentar sacar algo de la demarcación. La fruta, la caza, debe consumirse en los dominios del sortilegio. El castigo puede ser un desmayo, una pérdida de orientación o algo más severo: enloquecimiento o muerte. Sin embargo, cuenta el más viejo de los tres, él un día fue hasta las aguas marinas que golpean suavemente las rocas del cerro y, desesperado porque hacía días nada lograba pescar, pidió ayuda al espíritu de esa loma y de inmediato le fue concedida favorablemente su petición. Estaba de buen humor. A veces el espíritu parece enfurecido y se oyen sus gritos a kilómetros de distancia.

Mi mujer está conversando en la larga mesa donde casi todos los amigos comen. Cuando viene a mí le cuento sobre lo dicho y la invito a acercarnos a la orilla del estero para ver lo más cerca posible la pequeña montaña del cuento. El viento teje breves olas en la superficie. El sol ha empezado a palidecer anunciando la noche inminente. Vemos en silencio hacia allá. Ningún susurro extraño viene de enfrente, sino un grito a nuestras espaldas.

—¡Hey, tórtolos, vengan, ya nos vamos!

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