Las ideas no mueren

Casa de citas/ 262

Las ideas no mueren

Héctor Cortés Mandujano

 

He dicho muchas veces que detesto “Las Mañanitas”, pero en mi pasado cumpleaños tuve que tragarme mis palabras. Jacobo, mi nieto, pidió a mi mujer y a mi hija que se quedaran calladas y se taparan los oídos, porque me las iba a cantar él solo y sólo para mí. Su versión fue mi mejor regalo (subrayo sus aportes). Allí mi amado chaparrito, a todo pulmón, frente a mí, en su versión personalísima: “Estación Las Mañanitas, que cantaba el dey Daví,/ hoy pod sed lo de tu alma/ te las cantamos a ti”. ¿Se puede pedir más?

 

***

Ilustración: Juventino Sánchez

Ilustración: Juventino Sánchez

Leí varias críticas adversas sobre La infancia de Jesús (Mondadori, 2013), no sé si la más, pero sí la reciente novela que he leído de mi admirado J. M. Coetzee. Me sorprendió incluso que alguien como Antonio Muñoz Molina, laureado novelista español, la tratara tan incomprensiblemente mal, como si en lugar de novelista y crítico fuera un estudiante de prepa que se aprendió “las reglas básicas para escribir una novela” y descubriera que Coetzee no las sigue. En fin.

A mí la novela, creo que sin caer en condescendencias, me parece espléndida. El viejo y el niño, Simón y David (nombres puestos para llamarlos de algún modo), que llegaron del barco a esta ciudad de fría incompetencia, no tendrían por qué ser una obvia metáfora bíblica, lo que no estaría a la altura de un escritor inteligente como Coetzee. La novela no me parece ni extraña ni incomprensible, como señalaron algunos; no hay que usar el cerebro al máximo para entender lo que dice, lo que sugiere, y eso lo puede constatar cualquiera que tenga dos dedos de frente.

No me dedicaré a revelar su contenido, sino a tomar algunas de las citas que más me llamaron la atención. En Novilla, la ciudad a la que han llegado, se ha proscrito el deseo, el sexo, y los habitantes en general lo han tomado sin ningún aspaviento. No Simón, quien busca y consigue a Elena, quien acepta, sin interés, tener relaciones sexuales con él (p. 68): “A menudo ella se refiere al acto simplemente como ‘hacerlo’, pero a veces, cuando quiere hacerle rabiar, utiliza la palabra descongelar. ‘Si quieres, puedes intentar descongelarme’. ‘Descongelar’ es la palabra que se le escapó a él en un momento de descuido. ‘¡Deja que te descongele!’. A ella la idea de descongelarse para volver a la vida le pareció y aún le parece divertidísima”.

Simón va a visitar el almacén principal de granos y descubre que hay muchas ratas, una plaga. El portero le dice, indiferente (p. 113): “¿Y qué quiere que hagamos? Allí donde hay grano hay roedores. El mundo es así. Intentamos traer gatos, pero las ratas les han perdido el miedo, y además hay demasiadas”; Álvaro, su  jefe, sintetiza: “Donde prospera nuestra especie, también prosperan las ratas”.

Se descompone el retrete, donde vive David con Inés (la mujer que Simón buscó para que haga el papel de madre del niño, sin que sea su pareja); él va a componerlo, pero David quiere ver lo que hace, pese a la oposición de Inés (p. 132-133):

“—Es mi caca –dice–. Quiero quedarme.

“—Era tu caca. Pero la has evacuado. Te has deshecho de ella. Ya no es tuya. No tienes derechos sobre ella. […] Una vez en las tuberías, ya no es de nadie –prosigue él–. En las tuberías se mezcla con la caca de otra gente y se convierte en caca en general.”

La conversación los lleva a hablar de los cadáveres. “Los cadáveres son cuerpos en los que ha sobrevivido la muerte y que ya no sirven. Pero no hay que preocuparse por la muerte. Después de la muerte siempre hay otra vida. […] No somos como la caca…

“—¿Cómo somos?

“—¿Que cómo somos si no somos como la caca? Somos como las ideas. Las ideas no mueren.”

Olvidemos la brillante trayectoria de Coetzee, sus muchos premios, su Nobel de Literatura. La novela está bien escrita, bien tramada, es entretenida y tiene ideas, vueltas de tuerca. Hay que leerla, vale la pena.

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