La muerte de Mariano Mendoza, segunda parte

 

 © Monstruo. Viejo jijo. Texcoco, estado de México (2008)


© Monstruo. Viejo jijo. Texcoco, estado de México (2008)

Segunda de cinco partes

 
Y es que el viejo nos metió el carro; nos trincó y arrinconó. Quedaron los bueyes melados, sucios, y la carreta sobre el paredón. Y ahí pasó el viejo, rasando al viento. O sea que… don Chayo, a la mala ofendió y sobajó al pobre Mariano, y desde ahí lo amenazó. Al otro día, ahí va Mariano, pero ahora ya con su escopeta. Muchachito, chamacón todavía, pues aún íbamos a la Primaria. Pasó el tiempo, los años, llegó como a los 19, pero el cacique, a lo macho que lo había dejado herido. Ya cuando se volvieron a topar —casualmente casi en el mismo lugar; en la misma bajada, aunque algo más arriba—, éste ya no se detuvo y le dijo mero en frente a don Chayo:

—Ahora sí viejo jijo’e-su-chingada-madre, écheme el carro encima. ¡Ahora sí quiero que lo vuelvas a golpear mis bueyes! ¡Lo quiero ver!

 

Mariano para entonces ya estaba hecho un hombre. Alto como de unos… uno ochenta cuando menos, y ya no lo dejaba la escopeta, siempre ahí, amarrada a los polín de la carreta; tiempos esos en que había más libertad para andar armado, o con el rifle por ahí cerquita.

—¿Cuál decís, muchachito jijo’e-la-verga? ¿Querés ver cómo te educo jijo’e-tu…?

—¡Así quiero verlo pué! —Contesta Mariano, pero es que ya estaba desguindando la escopeta…

—Ora viejo jijo’e-su-chin…

 

Saca la escopeta y ¡Boom! ¡Es que lo tendió de un garcerazo el aire! Aquí nomás hizo el viejo gallina. Refilando pasó, huye y huye en su camioneta. De repente don Rosario lo acompañaba aquel don Carlos El Bobol, como su ayudante, su compañía, pero cuentan que en esa ocasión iba sólo. Y fue ahí que se formalizó el pleito conocido; don Rosario siempre atisbando con cuidado y Mariano en su ley, como si nada.

Mariano iba a donde quiera, y a donde quería. Pero cuando intentaba ir al Cine Isabel, que era de don Rosario… a él no lo dejaban entrar. Iba a la paletería El Popo y no le vendían su paleta, aunque… como no se la vendían, lo agarraba. Abría la hielera, escogía la que quería, dejaba el dinero y chupaba su paleta. Que… ¿no le vendían boleto en el cine? Se metía. Allá adentro le iban a cobrar y entonces pagaba. Si no, don Chayo ya usaba a los federales, que para eso sí servían los soldados; total que era el cacique y estaban a su orden. Lo entraban a sacar del cine, pero los enfrentaba:

—Y ¿por qué me van a sacar, si no he hecho nada? les preguntaba.

—Es que no pagaste tu boleto de entrada.

—Pero si no es que yo no quiera pagar, les contestaba. Lo que pasa es que no me quieren vender el boleto.

 

Y eso fue lo que pasó. Don Chayo Santis le hizo la vida imposible al pobre Mariano. Dispuso que lo atosigaran, y lo mandó a golpear varias veces; una vez ahí mismo, en la propia paletería junto al cine. Pero como por ahí todavía se oye, este compa como pocos, tenía una fuerza descomunal, y además, era un hombre de decisión. Por eso cuando una tarde le quebraron un mosquetón en la espalda… sólo el cañonote le quedó en las manos al militar. Se voltea entonces Mariano y lo prende de uno… aunque como el piso encementado y fino era de bajada una especie de rampa, y allá al fondo era un baño, ¡Joo! Hasta allá fue a dar el soldado; hasta chocar con los excusados. En esa ocasión, tres soldados botó a punta de mandarriazos.

Unos días después, los de la taquilla del cine hablaron a la Presidencia, avisaron que en el cine estaba y que vinieran los soldados para llevárselo. Mariano no estaba ahí sino en la paletería; tomando su gaseosa estaba, aunque como no le vendían, igual que siempre entró, tomó el refresco de la hielera y dejó por ahí la paga. Los meseros claro que tenían una orden: que no le despacharan absolutamente nada.

Ahí viene entonces el sargento, el jefe de la partida militar, y le dice: —Mira muchacho. No te queremos hacer la vida imposible. Mejor compórtate y respeta a la autoridad. Sé disciplinado y acompáñanos.

—Mire Usted, sargento —respondió al militar—, si ansí me hubieran hablado desde el principio, ni de pendejo hago esto. Pordios que no lo golpeo a sus soldados. Lo que pasa y se lo explico, es que ellos me empezaron a apalear, y pues… ya lo saben, yo no me sé dejar. Ni con ustedes ni con nadie. Y menos con este viejo jijo’e-su-chingada-madre… pues él es quien me ha mandado a golpear y ustedes… o se están prestando, o algo les paga pa’que me golpeen…

—Bueno, bueno —le contestó el oficial—. Está bien, está bien, aunque de cualquier forma ahora te vas a la cárcel.

— Pero ¿Por qué? —Insistía—, si yo no he cometido ningún delito…

—Será sereno, pero lo que es hoy, amigo, ahora mismo te vas a la cárcel, —le respondió.

— ¿Vienes armado? —le preguntaron a Mariano.

— Sí. Sí vengo armado. Aquí está mi pistola, sargento, —una calibre .22.

— ¿Y por qué andas armado?

— ¿Que por qué?… Entonces ¿usted no lo sabe? Pues para resguardo de mi vida, sargento. Este hombre me persigue, me hostiga… me ha querido matar.

 

Y ansí le contestaba al militar, alegando sus razones y derechos y hasta… ya al final, derecho como siempre, le dijo: —Bueno, bueno, ya. Nos dejemos de chingaderas. Yo me dejo, usted me lleva a la cárcel, pero por favor no me agarre que no soy ningún delincuente.

Y sí, ansí se lo llevaron. No le tocaron ni un pelo. Ahí lo llevaron a la Presidencia, a la cárcel, tan sólo escoltado por los soldados. Pasaron los días, los meses en Los Cuxtepeques, y por ahí empezó el ronroneo… Que lo iban a matar, que ya lo habían mandado a matar, que se anduviera con cuidado, que se cuidara, que ya no enfrentara al viejo Chayo, y en fin que ya Mariano era un perseguido.

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