Las medallas olímpicas

 

Decía el roquero español, Miguel Ríos, en una estrofa de una de sus canciones más famosas, “el rock no tiene la culpa de lo que pasa aquí”. Lo mismo sucede con los deportistas olímpicos mexicanos: ellos no tienen la culpa de la nula cosecha de medallas, y tampoco de la ya innegable angustia nacional cuando en Río de Janeiro se vislumbra –si todo sigue así- la peor actuación de una delegación mexicana en toda la historia.

Para muchos atletas de alto nivel, los Juegos Olímpicos son parte de un agenda ya trazada y planeada con mucho tiempo de antelación. Por ejemplo, Usain Bolt acaba de competir en la Diamond Ligue, apenas en julio pasado, con la mayoría de los que se medirá en Río de Janeiro en unos días; mismos jueces, mismos países, mismos atletas, mismo contrincantes. No obstante, competir y ganar en las Olimpiadas genera un reto mucho mayor, y un preparamiento físico y mental, incluso moral, sin igual para alcanzar un éxito deportivo que no tiene paralelo en ninguna otra competencia del orbe. Por eso el mismo Bolt no ha descansado ni dos semanas para estar en esta justa; Djokovic, el mejor tenista del mundo, inigualable y famoso, llora desconsolado cuando es eliminado y deja los juegos.

Eso hace especial este evento, y por ello solo se entregan tres medallas que simbolizan la entrega física total y la sublimación de la gloria olímpica que comenzó hace más de dos mil años en la Antigua Grecia. Esta bien llamada “gloria” representó en los griegos la nobleza y la competición limpia y fuera de duda cuando se trataba del enfrentamiento contra adversarios deportivos. Pero más que nada, constituyó el dominio absoluto del cuerpo y del alma en un esfuerzo que facilitaba la dedicación al servicio de la sociedad, el convertirse en buen pensante, en buen militar, en ciudadano ejemplar. De eso se nutrieron los Juegos Olímpicos Modernos, reinventados por el Barón Pierre de Coubertin, aunque actualmente estén dominados por las poderosas firmas deportivas transnacionales y la profesionalización de ese espíritu deportivo de antaño.

Junto al Mundial de Futbol, los Juegos Olímpicos son uno de esos eventos donde participa literalmente todo el mundo. Este tipo de “democracia” hace más concurrido un suceso que suspende buena parte de las actividades sociales y políticas de los países para observar a los deportistas. A los grandes records hay otros márgenes para poder competir. Por ejemplo en la prueba de Maratón hay cientos de competidores que, desde luego, no todos lograrán las codiciadas medallas. Uno se preguntaría ¿entonces para qué van? Las respuestas son variadas, pero pueden sobresalir estas:  se honra así el espíritu de la justa olímpica griega donde “lo que importa no es ganar sino competir”, porque de no ser así únicamente pudieran asistir los representantes de los países que sí tienen la logística y desarrollo para estar entre los mejores por su altísimo rendimiento, o sea diez o quince, quizá; cada corredor va contra sus tiempos de carrera y esfuerzos personales, y continúan así en los escenarios de las competiciones internacionales, es decir, no se corre contra alguien sino contra el esfuerzo de uno mismo. Y por el espectáculo mismo que también genera ganancias de las grandes marcas mundiales.

Ahora bien, quedar entre los primeros veinte mejores del mundo no es cosa fácil y es un logro insuperable para muchos/as. Pero en las Olimpiadas esto se magnifica porque están en juego solo tres medallas y porque se compite por un país (en otros eventos, las marcas sustituyen las nacionalidades). En el caso de México, en la medida que los mass media ponderan el triunfo y fracaso de la representación nacional, cada vez que se presenta alguien en su prueba lapidan con un “quedó fuera de las medallas”, mientras se soslaya el lugar dentro de una prueba donde quizá tampoco participe todo el planeta, como por ejemplo la pesista Eva Gurrola, quien quedó en quinto del ranking mundial de su peso. Del mundo, repito.

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No digo que no se les pida más, pero si tu propio rendimiento y entrenamiento dicta que lo que tienes es quedar entre las primeras diez, pues solo un milagro guadalupano puede lograr lo contrario. No se puede pedir más a quien no ha dado nunca ese plus. Así es el deporte de alta competición. Es trabajo arduo, mucho, mucho trabajo detrás y, por supuesto, apoyo total de las instituciones que hacen que sean los mejores. Y en México esto forma parte de políticas públicas, pagadas por todos los/las ciudadanos de este país.

Por ello, el vilipendio de la gimnasta Alexa Moreno no tiene lugar, porque tenemos que dimensionar qué es lo que está en juego. Si hubiese quedado en último lugar de su prueba, de todos modos está rankeada en el lugar treinta del mundo. No figuró una chica de Islandia, ni de Finlandia, ni Luxemburgo; tampoco de Bolivia, Panamá, ni de Chile. O sea, no se le puede pedir medalla a quien no aspira a ella puesto que su preparación y entrenamiento solo da para estar entre esas primeras treinta.

Otra cosa distinta son las disciplinas donde sí se han ganado medallas y hasta donde México es potencia como el caso de los clavados, taekwondo y ahora en el futbol olímpico. Se les reclama continuidad y naturalmente el refrendo de sus preseas. Continuidad indica trabajo, constancia; un horizonte planificado a seguir. Si eso debe dar medallas, adelante, a exigirles más que el cumplimiento de una obligación.

Pero resulta que no. En este país donde el titular de la  Comisión Nacional de Cultura Física y Deporte (CONADE), Alfredo Castillo, es nada menos que un policía. Y malo, además. Solo basta ver sus desempeños como funcionario judicial en el Estado de México y Michoacán. Este personaje acaba de declarar, en un deslinde a todas luces oportunista, como cuando un barco se hunde y las ratas huyen despavoridas, que la CONADE, que él dirige, funge como una agencia de viajes para ir y traer funcionarios y deportistas y no se encarga nada de la preparación de los atletas nacionales.  ¿Qué se puede esperar de un funcionario así? Nada. Absolutamente nada. Y cuando la debacle llegue al término de las Olimpiadas se harán las comisiones respectivas y los informes y los miles de etcéteras que tanto conocemos los/as mexicanas. No pasará nada, porque en este país donde desaparecen cuarenta y tres jóvenes pero aparece también una nueva casa de dudosa procedencia de la esposa del Presidente, el deporte y la cultura son las últimas de las prioridades nacionales.

Por eso, las declaraciones de la arquera Aída Román, medallista de plata en Londres, que en un principio fueron objeto de duda por la soberbia y el dejo de desdén cuando le preguntaron si estaba presionada: “¿presionada? No, soy Aida Román y no le debo nada a nadie”, hoy están emergiendo como una realidad que al calor, quizá, del espíritu olímpico nadie había querido mencionar: el deporte nacional está abandonado y es un fracaso total.

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