2 de noviembre, día del antropólogo

 

Dedicado a mis colegas antropólogos/as que, a lo largo del camino, han compartido conmigo muchas y grandiosas cosas, incomprensibles en lo material, pero sí en los afectos y emociones que forman parte de los terrenos de la perpetuidad.

 

Hace algún tiempo asistí a un Festival de Danzas en Coyutla, Veracruz, al norte del estado, en plena sierra del Totonacapan. Los danzantes se presentaban en muchos sitios y el público, yo entre ellos, observábamos atentos todos los movimientos. Fatigado por el sol intenso, me resguardé en el atrio del templo y vi la danza de los huehues. Me interesó algo: ¿qué hacía que una persona oriunda de Coyutla danzara una letanía de casi 5 horas, sin pago alguno, sin más ganas de ser parte de una fiesta donde se participa todo el día? Las respuestas pueden ser muchas, pero me quedé con una: es la identidad, es la cultura lo que oculta el drama de la vida en una comunidad perdida en el norte del país.

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¿Y yo qué hacía ahí? ¿Qué me hacía partícipe o me motivaba a estar en lugar que no era el mío? Respuesta. Ser antropólogo.

Un antropólogo está ahí porque eso le da sentido. Un antropólogo es curioso y tiene necesidad de ello; no repara en que uno es extraño y está fuera de su control ser parte de una realidad ajena. A un antropólogo le gusta comunicar, a veces con el silencio, a veces hablando mucho; le agrada hablar y escuchar. Nunca verás a un antropólogo ser soberbio con la palabra, a menos que provoque algo que pueda comunicar. Escucha, y en eso se le va la vida. Observa y sonríe cada vez que algo le mueve en lo oculto.

Decía el Maestro Carlos Navarrete que un antropólogo es bolo, casi por genética. Lo primero que hace cuando está en un lugar que no es el suyo es ir a la cantina del pueblo y al mercado, estrictamente en ese orden. Para él, la vida comunal se encuentra ahí, no en otra parte. No conozco a ningún colega mío que no sea bolo. Existe una necesidad de sacar algo que está en lo profundo de su ser. Saber que sea. Pero es harto divertido echando trago. Son los demonios o los ángeles quienes acechan cuando de alcohol se trata.

En la lejanía de Coyutla, en otro lugar donde se danzaba al ritmo de los sones tradicionales, vi a dos chicas con sombrero, no característicos de la región, pero que cubrían el sol. Sombreros de sol, quiero decir, pero de ciudad. ¿Quiénes eran las fuereñas? Antropólogas, sin duda. Porque los antropólogos se huelen, se olfatean y cada quien se sabe quién es en la inmensidad de una comunidad étnica de 3 mil habitantes. Naturalmente, buscaban algo. Nadie sabe qué, ni ellas mismas.

El antropólogo es tránsfuga. No es de ningún lado. O de todos, según se vea. Eso le da forma a su deambular por los caminos sin asfalto de la cultura. Pero eso lo hacemos todos, solo que esta tribu hace de esta práctica todo un drama que se dirime con la sensación de ser y estar fuera todo el tiempo. Sin cesar.

Un antropólogo puede dignificar la austeridad, pero solo sí eso le da oportunidad de ser parte de un misterio que solo él sabe que nadie entiende. Le gusta viajar, es psicótico del irse, no escatima nada a la hora de decir “nos vemos”, pero sabe que un adiós  puede ser un hasta siempre que a la postre deviene en un hasta nunca, lo que escasamente comprende pero que lo arriesga cada vez que puede.

El antropólogo es generoso, enemigo a muerte de la fortuna. Desprendido, confronta siempre a las jerarquías, evade los títulos nobiliarios profesionales. La comunicación es de tú a tú o no lo es. Es buena gente, pero a veces no lo parece; es noble, aunque generalmente parezca un tonto. Lo que sí es que en cada oportunidad de ser lo que malditamente es, lo asume con garbo y sin pudor: un tránsfuga de tiempo completo, sin raíz, sin comunidad alguna. Sin identidad, a menos que sea la de todos y nadie al mismo tiempo.

Todo lo que celebra parece un Todo Santos, se ríe de sí mismo y de todos, pero consagra hasta la religiosidad el sentirse siempre en un colectivo. Salud.

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