Lo más profundo de las tinieblas

Casa de citas/ 311

Lo más profundo de las tinieblas

Héctor Cortés Mandujano

 

El arte necesita del oficio

Kafka

 

Aunque revisa tangencialmente su obra, De Kafka a Kafka (Fondo de Cultura Económica, 2004), de Maurice Blanchot, explora los documentos privados (cartas, diarios) de este escritor universal para, a partir de su propia visión, mostrar a Franz Kafka por él mismo en su lucha con la tríada que no pudo derrotar: su propia literatura, que pidió a su amigo Max Brod destruyera a su muerte; las mujeres, con las que no puedo establecer ninguna relación sólida ni duradera (a veces ni siquiera física), y su padre, a quien reclama un sinnúmero de naderías en su famosa y extensa carta.

Aquí lo que aparece no es el autor que firma los libros, sino el ser humano que hay detrás de él y la imagen no es cómoda: es la de alguien que sufre todo el tiempo, sin pausa, sin esperanzas. Debió ser difícil ser Franz, pero también debió ser bastante complicado entenderlo, soportarlo, quererlo.

Dice Blanchot que (p. 98) “la mayor parte de su Diario gira en torno a la lucha cotidiana que le es preciso sostener contra las cosas, contra los demás y contra sí mismo para llegar a este resultado: escribir unas palabras en su Diario”.

Dice Kafka, quien insiste en que escribir es lo que más quiere hacer, y que al final pide que se queme todo lo que ha escrito (p. 176): “El arte vuela en torno a la verdad, con la intención decidida de no quemarse en ella” y más adelante (p. 297): “Escribir significa abrirse a la desmesura. […] Con frecuencia he pensado que, para mí, la mejor manera de vivir sería instalarme, con mi material de escribir y una lámpara, en el espacio más interior de un sótano amplio y cerrado”.

Ilustración: Alejandro Nudding

Blanchot, por lo que sabe de Kafka, dice (p. 300): “Escribir destruye la vida, protege la vida, exige la vida, ignora la vida y recíprocamente. Escribir no tiene en fin ninguna relación con la vida, a no ser por la inseguridad necesaria que la escritura recibe de la vida, como la vida recibe de la escritura”.

Kafka (p. 306): “Estoy lleno de mentiras. De otro modo no podría conservar el equilibrio. Mi barca es muy frágil” y más, más oscuridad (pp. 318-319): “Escribo distinto de como hablo, hablo distinto de como pienso, pienso distinto de como debería pensar y así sucesivamente hasta lo más profundo de las tinieblas».

 

***

 

“Quiero que me enseñe el león a cazar”, dice Gagaan Anad, chef indio, en el último episodio de Chef’s Table, segunda temporada, cuando antes de poner el restaurante que lo ha hecho famoso decidió entrar como pasante, como aprendiz al que en ese momento se consideraba el mejor comedero del mundo.

He visto los doce capítulos en el que la cámara nos muestra las delicias que cocineros magistrales de distintas partes del mundo (hay uno mexicano: Enrique Olvera) preparan con ingredientes de su entorno, mucho conocimiento y mucha pasión.

Lo que hay en común con todos ellos es el tesón que han tenido que poner para llegar a ser lo que son: los mejores. Mucha soledad e incomprensión, muchísimas derrotas y lágrimas.

La serie es una joya por la forma en que muestra los ambientes (ciudades y campos) que rodean a estos artistas de la cocina, en la cuidada fotografía de los platillos, pero también, y sobre todo, es un gran ejercicio periodístico donde cada chef nos enseña su corazón, su mundo interno, su historia, su vida al servicio de los demás en la noble tarea de hacer comida deliciosa para sus congéneres. Los doce capítulos que hasta ahora ha puesto en línea Netflix son, de veras, un estudio del alma humana.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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