Como en los cuentos de hadas

Casa de citas/ 317

Como en los cuentos de hadas

Héctor Cortés Mandujano

 

Zapata, mi gato, cumplirá con nosotros 17 años. Si fuera humano sería un honorable viejecito. Está perfecto, ágil y tan bello, como siempre. Es mi maestro de felicidad. Les comparto su estampa un poquito pasada de peso, pero con derroche de guapeza (como decía la Doña).

Zapata, mi gato. Foto: NCCV

 

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Supongo que fue el propio Carlo Antonio Castro quien me regaló dos breves y bellos libritos (lo entrevisté hace años y, cuando leyó mi trabajo sobre nuestra charla, en la revista Este Sur, me mandó un paquete de publicaciones suyas, y una nota agradecida): Ts’ilael: En busca de la brujería verdadera y La sombra de los negros cimarrones, editados por el Instituto Veracruzano de Cultura en 1996 y 1998. Castro tenía las ideas claras, murió en 2010, y era un maestro de la escritura. Me encantaron estas publicaciones.

Al leerlos, me llamó la atención la propensión humana de usar talismanes mágicos; en ellos descansa la seguridad de que nada malo va a pasar a quien los porte. Así, la gente anda con cadenitas, con imágenes de vírgenes o santos, el anillo de la abuelita, el reloj del papá (sobre ello gira la tragedia en Pulp Fiction: Tiempos violentos, 1994, de Tarantino) y cualquier suerte de zarandajas. Tal vez me llama la atención porque yo nunca he usado tales artilugios. En fin.

El ‘Ijk’al es un demonio negro en la mitología de los pueblos indígenas de Los Altos de Chiapas: violaba mujeres y usaba la cabeza de los hombres como pie de casa, entre otras salvajadas. Hay una defensa contra él, según le cuentan a Carlo Antonio en La sombra de los negros cimarrones (p. 22): “Si llevamos un collar o un anillo o aretes, no nos pasa nada, aunque vayamos solas por el camino. Pero si no tenemos puesto cualquiera de esos adornos, ¡nos hace travesuras!”

Las “travesuras” son llevárselas a una cueva para violarlas insistentemente. Una mujer fue secuestrada, gritaba y gritaba. El diablo, entonces (p. 25), “ya en su cueva, orinó en una jícara y le dio a beber meados. Esto la calmó y aceptó dormir con el ‘Ijk’al”. La receta, claro, sólo le funciona a los mitológicos diablos negros. No lo intenten en casa.

 

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En Campesino zapatista (SEP, 1964, Cuadernos mexicanos # 96), de Óscar Lewis (parte de su trabajo antropológico y resultado de una larga entrevista), Pedro Martínez hace un retrato del mítico Zapata (p. 21): “Era un hombre alto, delgado, bigotudo, y tenía un lunar aquí en el ojo, casi era marca lo que tenía. […] Y tenía una vocecita como de señora, muy delgadita. Era charro, montaba a los toros y bien que los lazaba; pero cuando hablaba, su voz era muy finita”.

 

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Hace tiempo, mi mujer, mi querido amigo Jaime Ruiz Ibáñez y yo fuimos a San Cristóbal y, a instancias no recuerdo de quién de los tres, al panteón coleto donde nos tomamos muchas fotografías. Eso me recordó la investigación, supongo tesis de grado, De arte y vida en el panteón coleto 1870-1930 (Coneculta Chiapas, 2005), de Luz del Rocío Bermúdez Hernández. El libro, de lenguaje académico, ubica historia y bemoles de la ciudad y, por supuesto, del panteón.

Comparto la cita, que me encantó, a pie de la página 50. La cita Luz del Rocío de un libro de Andrés Aubry: “San Cristóbal de Las Casas es esta ciudad que se construyó con la boñiga de caballo, la paja de trigo o la juncia de ocote, la clara de huevo y la viruta del pinabeto, como en los cuentos de hadas”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

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