El misterio de cada vida no se explica nunca/ y II

Casa de citas/ 314

El misterio de cada vida no se explica nunca/ y II

Héctor Cortés Mandujano

 

¡Aquel amor de carne y hueso me volvía

más profunda el alma!

Vasconcelos

 

A Vasconcelos no le interesaba la paternidad (sus juicios en ese sentido son terribles) ni le parecía sublime el parto (p. 293): “La vida aparece en condiciones desagradables y supongo que aun los más ignorantes padecen ante ellas repulsión; pero después de que se ha escuchado una cátedra médica, con el detalle de la placenta, los desgarramientos y los líquidos, queda para toda la vida un océano de asco de toda función fisiológica”.

La última parte, de la segunda parte, de Ulises criollo está dedicada fundamentalmente a la lucha de Madero contra Díaz. Vasconcelos fue un maderista convencido (p. 311): “El lema que tantos años fue oficial: Sufragio Efectivo y No Reelección, lo redacté yo”.

Una flor de mi casa: HCM

Son muchas las páginas que dedica a exaltar la belleza natural y en muchas logra altos grados de lirismo (p. 328): “A medio río, en la anchura mayor, se contempla en el fondo, hacia occidente, casi próxima y a una altura increíble, la Sierra Madre Oriental, de macizos ciclópeos. En un catálogo de bellezas naturales del mundo, panorama tal ocuparía el primer lugar reservado a las obras maestras. […] Una de las más altas bellezas que es dado contemplar al ojo humano, y una de las tantas del México maravilloso, nación en que la gente acumula ignominia y horror a la par que la Naturaleza despliega inefables panoramas”.

Aunque detestaba la cacería acompañó a unos amigos al innoble deporte. Ve el sufrimiento de un venado (p. 330): “Los ojos de súplica del noble animalito miraron en vano; inspiraba ternura; pero una alegría irreprimible, espiritualmente criminal, arrancaba gritos y carcajadas a los cazadores”.

Esta es su visión del maderismo (p. 354): “Que mande el espíritu en vez de mandar la fisiología, y el país verá que su destino pega el salto. Ése era el salto que imprimiríamos al destino de México. Para eso íbamos a la revolución: para imponer por la fuerza del pueblo el espíritu sobre la realidad; los hombres puros, creyentes en el bien, se sobreponían a los perversos, incrédulos o simplemente idiotas”.

Es alta prosa la de este libro, aun cuando toque los controvertidos temas de sexo, religión y revolución. Cuando Orozco y Villa llegan a detenerlo, inconformes por el nombramiento que Madero había hecho en la persona de Carranza (un aprovechado, según Vasconcelos), salió prendido de soldados (p. 370) “y tomando con una mano el brazo de Villa y con la otra el de Orozco, y lanzándolos lejos de sí, exclamó:

“—Ahí tenéis a estos traidores; ¡prendedlos!

“Apresados por sus propios soldados, fueron a dar a la cárcel los dos futuros caudillos.”

Con la llegada de Madero a la Presidencia (p. 376): “Las campanas de la catedral, las de Profesa, las de noventa templos repicaron el triunfo del Dios bueno. Por una vez en tanto tiempo, caía destronado Huitzilopoxtli, el sanguinario”.

No le hacían gracia a Vasconcelos los revolucionarios iletrados (p. 381): “Zapata, un guerrillero del Sur, campesino sin letras, se reveló contra el Gobierno Provisional”.

La enorme autoridad moral de este Ulises criollo es que no aceptó formar parte del gabinete del nuevo presidente (p. 391): “No quería cargo público porque no reconocía en la multitud el derecho de juzgarme”.

Mientras se da la revolución de México, le llega la revolución emocional: se enamora completamente y sobre eso también escribe bastante. Baste el epígrafe de esta columna para notar su pasión. Gran libro éste, del que uno se siente deudor, con el que se queda agradecido.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

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