Fascismo y pobreza en los Estados Unidos

 

Hacia 1959, un antropólogo norteamericano llamado Oscar Lewis acuñó el término “Cultura de la Pobreza” a través de varios trabajos que llevó a cabo en México, Puerto Rico y Cuba. El libro que mayor difusión alcanzó en nuestro país es el titulado Los Hijos de Sánchez escrito hacia principios de la década de los 1960 y publicado en México por el Fondo de Cultura Económica al iniciarse el sexenio encabezado por Gustavo Días Ordaz. La obra de Lewis provocó un escándalo al desatarse una histeria nacionalista el frente de la cual estuvo la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística que presidía don Valentín Rincón. Lewis fue demandado por calumnia y denigrar a México pidiéndose incluso su expulsión del país. En el Fondo de Cultura Económica fungía como Director Arnaldo Orfila Reinal, un destacado editor argentino, que fue acusado de traidor y denigrador de México, lo que culminó en su destitución ordenada por Gustavo Días Ordaz. Ese escándalo suscitó una discusión nacional no sólo sobre la pobreza en México y en América Latina sino sobre las ciencias sociales y sus resultados. Por cierto, un gran número de intelectuales mexicanos se reunió para defender a Orfila Reinal y protestar por su destitución. Esta movilización de intelectuales y académicos culminó en la fundación de una prestigiada editorial, la Siglo XXI, que hoy encabeza Jaime Labastida, por cierto miembro de aquel grupo de poetas chiapanecos que hizo época con sus libros La Espiga Amotinada y Ocupación de la Palabra publicados, precisamente, por el Fondo de Cultura Económica. De esta manera, un suceso vergonzoso dio pie al nacimiento de una gran casa editorial que cuenta en nuestros días con un acervo de la mayor importancia. El trabajo de Lewis tuvo amplias repercusiones. Una de las más importantes fue en los propios Estados Unidos, país en donde la propaganda aduce que no existe la pobreza. Justo hacia 1962, Michael Harrington, un sociólogo norteamericano, publicó un libro titulado La Cultura de la Pobreza en los Estados Unidos cuya traducción al castellano publicó el Fondo de Cultura Económica. Harrington propuso el concepto de Cultura de la Pobreza como un factor estructural cuyo contexto son las instituciones de exclusión del capitalismo. Traducido al lenguaje cotidiano eso quiere decir que la pobreza nunca se terminará en el Capitalismo sencillamente porque le es funcional. Es la característica estructural de la economía capitalista de ser excluyente, lo que alimenta y perpetúa el ciclo de la pobreza. Por supuesto, esta se da en mayor grado en los países llamados del Tercer Mundo, es decir, la periferia colonial del mundo capitalista (América Latina y El Caribe, África y partes de Asia). Pero el libro de Harrington derrumbó la imagen de un país próspero que había terminado con la pobreza. En los Estados Unidos la pobreza sigue siendo un flagelo. Quienes hayan estado en ciudades como Los Ángeles o Chicago (para mencionar dos ejemplos muy conocidos), recordarán a los pobres que viven en las banquetas y cuyo techo son sombrillas o refugios improvisados de tela. Uno ve a los pobres llevando sus escasas pertenencias en carritos de supermercado. La gran mayoría de este tipo de pobres son afroamericanos y no faltan los latinos. Ese ejército de pobres es el que facilita la existencia de un ejército industrial de reserva que abarata la mano de obra. El régimen fascista actual sigue la estrategia de deportar para abaratar aún más los salarios y conseguir una masa prácticamente esclavizada que se emplea en los trabajos que nadie quiere hacer en los Estados Unidos. Otro “logro” del fascismo es hacer creer que la pobreza de los propios norteamericanos se debe a que “los inmigrantes les roban el trabajo” lo que es completamente falso. Pero las mentiras, una técnica de manipulación tradicional en los regímenes fascistas (recuerden: la usó Goebbels, el “genio” comunicador de Hitler) provocan en las masas desinformadas y excluidas por el propio sistema, un sentimiento nacionalista alimentado por los descendientes de los nazis que se refugiaron en los Estados Unidos y culminan en aplausos ante cada humillación y violación de los derechos humanos que se practican en ese país de pobres que es los Estados Unidos. El libro de Harrington demostró la hipocrecía de los programas de combate contra la pobreza y los descubrió como negocios muy boyantes. Cualquier similitud es obra de la casualidad, diría un apologista de la “democracia libre”. Si alguien piensa que la discusión sobre la Cultura de la Pobreza es cosa del pasado, tendría que revisar la más reciente bibliografía de autores como Mercedes González de la Rocha, M. Lamont, Virginia Romero o María Cristina Bayón, para mencionar solo algunos de los trabajos más próximos. Lo que estos trabajos discuten es la relevancia de los factores culturales en la economía de exclusión generada por el capitalismo contemporáneo. Los pobres van en aumento incluso en la medida en que se aplican más programas supuestamente para combatir las condiciones que los hacen posibles y que los perpetúan. El fascismo norteamericano se alimenta de ello y conduce al propio país hacia un abismo que nadie sabe cómo terminará.

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala. A 6 de marzo de 2017.

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