Definición de salir

Imagen: undergroundpressev.wordpress.com

Alba, en la materia de español, pedía a todos los santos que en el examen vinieran preguntas fáciles. Cuando Rocío (la Chío) preguntaba cuáles, según ella, eran preguntas fáciles, Alba decía que fueran preguntas del tipo: ¿Cuál es el antónimo de entrar? ¿Cuál es el antónimo de blanco? Por eso, todo el grupo recuerda que ella, a la pregunta de: ¿Cómo definirías al verbo entrar?, Alba dijo que era lo contrario de salir.

Pareciera que la definición de salir no tiene mayor problema, todo mundo sabe qué es salir (Alba dijera que es lo contrario de entrar).

Y sin embargo, Eliseo decía que definir el verbo salir tiene su complejidad. Eliseo decía que, el diccionario más elemental, traía una definición que, más o menos, decía: “Pasar de dentro hacia afuera”. Todo mundo sabe que eso es. Sale alguien que está adentro. Pero, Eliseo siempre usaba un ejemplo, un poco raro, decía que el hombre de la edad de piedra salió de la cueva para “entrar” al mundo de la modernidad. ¿Cómo? Sí, explicaba Eliseo, si ese hombre no hubiese salido de la cueva no habría entrado a la edad moderna. Todo mundo que escuchaba a Eliseo estaba de acuerdo con su dicho. Es comprensible entender que fue necesario que ese hombre abandonara su cueva para construir su hogar de madera, de cemento, de hormigón, de metal, de cristal. Pero, ¿qué tenía qué ver una cosa con otra? Eliseo decía que la definición clásica no explicaba este paso asombroso, paso que, según nuestro amigo, era más trascendente que aquel famoso “Un paso pequeño para el hombre, pero un gran salto para la humanidad” que dijo el primer hombre que caminó en la luna. De acá, Eliseo concluía que el hombre que sale, siempre “entra”.

De acuerdo con lo dicho por Eliseo, el hombre de la Edad de Piedra salió para entrar a la Edad de Bronce y Neil Armstrong salió de la cápsula lunar para entrar de lleno a la conquista del espacio.

Cuando Eliseo decía lo que decía yo “entraba” en una cápsula de confusión, de la cual me era muy difícil “salir”, porque mientras él no lo dijera yo tenía muy claro (como todo mundo) qué era salir y qué era entrar. Salía de mi casa, echaba llave y caminaba por la calle; cuando, en la noche, después de ir al cine y a cenar una torta de butifarra en la cenaduría Yuli, metía la llave, abría la puerta, ¡entraba a mi casa! Como si fuese un programa de Plaza Sésamo entendía perfectamente lo que era Salir y Entrar. Si iba a la calle ¡salía!, si abandonaba la calle ¡entraba! Todo muy sencillo. Sin embargo, cuando Eliseo explicaba su casi teoría, yo abandonaba mi certeza y no salía de mi confusión y entraba en un gran desasosiego, porque, entonces, pensaba que el salir de un espacio implicaba entrar a otro y viceversa y que lo único que hacía la diferencia entre entrar y salir era que un espacio estaba techado y el otro no, pero si leía la novela “Atlas descrito por el cielo”, de Goran Petrovic, donde los habitantes de la casa quitan el techo para hacer que el cielo de la casa sea azul, el azul del cielo, dejaba mis convicciones y retomaba la teoría Eliseana, porque la casa que habitan los personajes de Goran no tiene cubierta, es tan espaciosa como espaciosa la calle.

Ahora, en muchas ocasiones, salgo de casa y digo que entro al territorio del caos y cuando entro a mi casa digo que salgo de lo incierto. Y esto hace que ya no tenga tan claro qué es entrar y qué es salir.

Yo, igual que Alba, hubiese reprobado el examen. Si el maestro hubiera preguntado qué es salir, no habría sabido bien a bien qué contestar. Cuando entro al mundo de ficción de una novela, ¿de dónde salgo?

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