El amor no tiene piedad

Casa de citas/ 320

El amor no tiene piedad

Héctor Cortés Mandujano

 

Hay que conservar la íntima tranquilidad que no pueden dar

ni el mundo exterior, ni los dioses, porque procede únicamente

de nosotros mismos

Horacio,

en “Epístolas”

 

Quinto Horacio Flaco (65 a. C.-8 a.C.) pasó a la posteridad con sólo un nombre, Horacio, y escribió varias obras que se consideran clásicas. Mi ejemplar es moderno (Porrúa, 1992, Sepan cuántos) y contiene Odas y épodos. Sátiras, epístolas. Arte poética, es decir, un buen viaje para entender la escritura y las ideas de este autor milenario.

Dice acertadamente el poeta Francisco Montes de Oca, en el estudio preliminar, que el máximo valor de Horacio (p. LIX)  “radica en haber acertado a convertir en tema lírico cualquier materia que entrara en su campo visual”. Y aquí compartiré muestras de ese valor.

En Odas, libro primero, escribe (p. 8): “Coge este día y fíate lo menos posible en el siguiente”.

Escribió varias odas a su querido amigo Mecenas, quien dio a la posteridad su nombre para nominar a quienes ayudan financieramente a los artistas. Mecenas estaba enfermo y le dijo Horacio que no soportaría la vida sin él, que era su gloria y su sostén (p. 31): “Un mismo día acarreará nuestra muerte común”. Y así fue. 20 años después de esta oda murió Mecenas y, dice Montes de Oca, 59 días después, Horacio. (La memoria lleva inevitablemente a la premonición cumplida de Vallejo en “Piedra negra sobre piedra blanca”: “Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo”; y a la “Balada para mi muerte”, de Ferrer y Piazzolla: “Moriré en Buenos Aires, será de madrugada”…)

Ilustración: Mónica Robles Corzo

Otra línea hermosa de Odas (p. 39): “Una vez teñida no recobra la lana su blancor primero”, que evidentemente puede usarse para un abanico de temas. No era modesto, claro, pues en la oda XXX, del libro tercero, “Sobre mi obra”, dice en las últimas líneas (p. 53): “Musa, adórnate de legítimo orgullo, y ven sonriente a ceñir mis sienes con la corona inmortal”, y en la oda “A Lolio” dice (p. 60): “No creas que han de morir nunca los versos que yo compongo”.

En una oda muy hiriente, dedicada a Lice (una mujer vieja que se empeña en ser bella, dice), escribe brutalmente (p. 63): “El amor no tiene piedad. No se para en las encinas que seca el tiempo. Huye de ti, porque tus dientes perdieron su blancura, porque tus mejillas se arrugaron, porque la nieve cubrió tu cabeza”.

En sus Sátiras se burla de los avaros (p. 116): “¿Qué diferencia hay entre arrojar al abismo todo lo que tienes o no disponer nunca de ello?”, y sobre al amor apunta (p. 118): “Si ofreces frutas a un niño enojado, las rehúsa. ‘Tómalas, cariño’. Dice que no. Pero si no se las das, las desea. […] Tales son los gajes del amor: una vez guerra, otra paz”.

En las Epístolas cita la respuesta que un astuto zorro dio a un león, que le invitaba a visitarlo (p. 136): “Me espanta ver tantas huellas de los que entran en tu guarida y no ver ninguna de los que salen” y escribe a Iccio (p. 146): “Si tienes en buen estado el estómago, el pecho y las piernas, todos los tesoros de los reyes no podrán añadir nada mejor”.

Y un consejo a los escritores, de su Arte poética (p. 170): “Vosotros, los que escribís, escoged un asunto proporcionado a vuestras fuerzas y considerad despacio lo que pueden o no pueden llevar vuestros hombros”.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

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