El amor, punta de una flecha

Casa de citas/ 332

El amor, punta de una flecha

Héctor Cortés Mandujano

 

“Algunas cosas, una vez que las has amado, se vuelven tuyas para siempre. Y si intentas dejarlas ir, sólo darán la vuelta y volverán a ti. Se convierten en parte de lo que tú eres o te destruyen”, eso escribió Allen Ginsberg, pero yo oí los versos en Kill Your Darlings (2013), buena cinta dirigida por John Krokidas.

 

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Mi mujer y mi nieto conversan, mientras sobre los árboles las aves cantan en el atardecer. Mi mujer le dice que hoy habrá luna llena y que este día se fue para siempre (“El día va a morir; la tarde avanza”, diría Manuel José Othón). Mi nieto apunta, con la alta poesía de los niños: “Pero quedan flotando los recuerdos”.

Ilustración: Luis Villatoro

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En El don de la vida (Alfaguara, 2010), Fernando Vallejo es fiel al estilo que lo ha caracterizado. Sus libros no pertenecen a un género determinado y están llenos de sus opiniones, imprecaciones, maldiciones en contra de varios a los que ha tomado como dianas de sus durísimos dardos: Colombia, las mujeres embarazadas, la iglesia, Juan Pablo Segundo, Octavio Paz, Gabriel García Márquez y, casi, la humanidad completa.

En esta entrega, el narrador, con todas las claves del propio Fernando, conversa en parques y calles de su Colombia natal con varias personas y en especial con el que cree su compadre; el final revela que no era él, pero esa es una de las muchas gracias de este libro magistral.

Lee la inscripción en una estatua de Bolívar (p. 41): “‘Quisiera tener una fortuna material que dar a cada colombiano, pero no tengo nada. Sólo un corazón para amarlos y una espada para defenderlos’, Bolívar. ¡Ah venezolano bellaco, hijo de la que te parió con su vagina puerca! El que sólo da con el deseo no da nada. […] ¿Un corazón para amarnos? ¿Y por qué nos habrías de amar, pendejo, qué te hemos dado?”

Su madre regalaba a los pobres (p. 44) “naranjas podridas que nos sobraban de la finca. Se las llevaban los pobres cabizbajos, con el rabo entre las patas, mentándole la madre. Para que el pobre agradezca hay que darle plata. Plata, plata, plata sin parar o su gratitud se acaba”.

Dios no es inmutable, dice (pp. 54-55): “Vamos a suponer que en un momento dado de su eternidad Dios creó al mundo: pues en ese instante mismo dejó de ser el que era y pasó a ser otro. Antes de la creación lo que había era un Dios no creador. Y después de ella pasa a haber un Dios creador. ¿Cambió, o no cambió? ¿Dónde está la inmutabilidad de este viejo?”

La única experiencia heterosexual de la que habla (tiene muchas relaciones con muchachos, mientras más jóvenes mejor) es con una mujer casada con un hombre que la deja sola porque (p. 66) “se había ido a cobrar una herencia a Chiapas, que queda en la puta mierda”.

Vio a Fox en una cabalgata, cuenta (pp. 120-121): “¿Se imagina a un asno cabalgando a caballo? México es más loco que esto. Hace mucho que allá la realidad se les enloqueció”.

Un apunte más suave (p. 142): “El amor es una quimera de un solo sentido como la flecha, que sólo no tiene una punta, no dos. ¿Cuándo ha visto usted una flecha que vaya y venga? El amor es para darlo, no para pedirlo. No pida amor. Delo, si tiene”.

Le preguntan si hay pocas criadas en México, ya que las menciona varias veces (p. 146): “No, hay de sobra. Ahora están en la cámara de diputados, en el sindicato de maestros y hablando por televisión”.

            Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

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