2018: Año electoral

Una de las discusiones que enmarcan a las próximas elecciones del 2018 es la posibilidad de recurrir a una segunda vuelta, si en las votaciones el ganador no llega al 40% de los votos emitidos. Incluso, el día 18 de mayo pasado, se llevó a cabo una mesa redonda en el Club de Industriales en la Ciudad de México, con el tema de las elecciones y la posibilidad de la segunda vuelta. Participaron en esa mesa redonda Manlio Fabio Beltrones del PRI, Diego de Cevallos del PAN y Federico Reyes Heroles de la revista Este País. Sin duda la mesa representó un momento importante de la discusión sobre el futuro político del país, y es recomendable la consulta del número 315 de la revista Este País que contiene la reseña de las intervenciones en la mesa aludida más varios análisis de diferentes autores. En otras publicaciones, sobre todo, las de la prensa diaria de la Ciudad de México, la discusión política se centra en la proximidad de las elecciones. Dicha discusión es alentada, además, por los resultados de las encuestas que señalan a uno de los aspirantes como el que encabeza las preferencias. En ese sentido, las perspectivas del análisis por supuesto, difieren, según el punto de vista de quien analiza. Por ejemplo, en un punto de vista, en las próximas elecciones estará ausente la izquierda, porque en México quienes así se identifican no están organizados y menos tienen un partido que los represente. La contienda se dará entre partidos de centro: centro derecha y centro-centro. Esa es una perspectiva. Desde otro ángulo, la izquierda concurrirá dividida y quizá en coalición con partidos incluso de derecha. Y lo mismo esta última: para derrotar al partido que se vislumbra como ganador según las encuestas, sólo una amplia coalición, que incluye al partido gobernante, podría frenar ese triunfo. En fin, las perspectivas son múltiples. Pero la discusión, en todo caso, se sigue centrando en las elecciones.

Me parece que en necesario articular en la discusión acerca de las elecciones del 2018, a la configuración social del país con las formas políticas imperantes. Si ese ejercicio no se lleva a cabo, la comprensión de lo que pasará en el 2018 se nos quedará trunca. Además, no debe olvidarse el entorno internacional de un México que además de su condición latinoamericana, o parte de Nuestra América como diría Martí, es frontera con los Estados Unidos. Por supuesto, un tipo de análisis como el que menciono no es posible en un texto breve, pero hay que insistir en ello para no reducir la discusión al momento electoral y postelectoral y pensar que una segunda vuelta es la solución a los problemas que nos aquejan. Vivimos en un país cuya configuración política se ha venido transformando a medida que la complejidad demográfica se profundiza y la desigualdad social lejos de mitigarse va en ascenso.  El crecimiento sostenido no ha disminuido la desigualdad, sino que ha refuncionalizado las relaciones sociales clasistas además de concentrar aún más la riqueza producida por la fuerza del trabajo social mexicano. Es más, hasta la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) reconoce que la desigualdad crece cada vez a mayor velocidad y que México es líder en ese renglón, ¡a nivel mundial! Los últimos reportes que he leído de la OCDE sólo reconocen que dos son los países en los que hay una muy ligera mejoría en cuanto a la desigualdad: Grecia y Turquía. En Nuestra América, Chile y México encabezan los índices de desigualdad que además muestran una alarmante tendencia a crecer. Tanto Chile como México están clasificadas por la OCDE como parte del 25% de naciones más desiguales en el planeta. En un país así, reducir el problema de la conducción del país, del control efectivo del Estado Nacional y de los Estados que componen a la Federación a un problema de organización de las elecciones, es encubrir el asunto de fondo: la enorme desigualdad que caracteriza a México y la increíble concentración de la riqueza que contextualiza a la configuración social en su más amplia acepción, del país. Estamos en una nación en donde ¡4 personas!  concentran el 9% del PIB total producido por el trabajo social. Son cifras que suenan a inverosímiles para un país que hizo la primera revolución social con la que se abrió el siglo XX. El resultado de este estado de cosas, expuesto aquí con la brevedad del caso, es no sólo la desigualdad social, sino la impunidad, la injusticia, la delincuencia generalizada, la pobreza galopante. ¿Cómo articular esa configuración social con las elecciones? Es la pregunta que se debe responder desde los diferentes puntos de observación que ofrecen las ciencias sociales. Es evidente que, si la producción de un país tiene un telón de fondo como el de México, las consecuencias políticas son inevitables, incluyendo, por supuesto, los resultados electorales con todo y segunda vuelta. Porque en ello recae la distribución del poder que, al igual con los recursos económicos, se concentra en muy pocas personas.

Para quienes se interesen en los aspectos que he señalado, más allá de la válida discusión sobre quién ganará las elecciones del 2018, sugiero la consulta de los siguientes textos: Gerardo Esquivel, Desigualdad extrema en México. Concentración del poder económico y político, OXFAM, México, 2015; Joseph E, Stiglitz, El precio de la desigualdad, Random House, México, 2016 y Anthony B. Atkinson, Desigualdad: qué podemos hacer, Fondo de Cultura Económica, México, 2016.

Por supuesto, cada Estado del país requiere un análisis profundo de su configuración social en el más amplio sentido del concepto, para comprender lo que pasará en el 2018. Chiapas no es la excepción.

Ajijic, Ribera del Lago de Chapala, 30 de Julio de 2017.

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