Arrojarse al mar

Casa de citas/ 342

A la presentación de mi novela La historia de Mar, en Casa Disner (ver a mi amiga Damaris ya es un regalo) llegó mucha gente y el libro, por fortuna, se vendió bastante. Muchas cosas lindas ocurrieron esa noche (“son muchos los prodigios que hoy he contemplado”, como dice Keats): las dos presentadoras (Pili y Alicia) estuvieron espléndidas, mi amigo Diego Gámez llevó un fragmento radiofónico de Carámbura para que lo escuchara el público, llegaron personas muy cercana a mi corazón (no las menciono porque sería una larga lista) y Jacobo, mi amado nieto, me hizo el halago de decirme al final: “Tito, nunca dejé de verte y no te equivocaste en nada”. Pero, además de eso y otras cosas que callo, mi amiga Linda Esquinca me llevó de obsequió una caja que contenía trece libros de regalo. Soy muy afortunado y lo agradezco todo. ¡Mil gracias!

 

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Divago sobre el polvo, con citas que, me curo en salud ante cualquier imprecisión, son todas de memoria. Recordé un verso presuntamente de JEP donde habla del polvo, “la materia de que están hechas todas las cosas”. Me pareció un traslado inteligente de la sentencia bíblica Polvo eres y en polvo te convertirás. Ese es, entonces, desde esa perspectiva, nuestro ser primigenio. Lo dice también Quevedo en su famoso soneto “Amor constante después de la muerte”: Seremos polvo, mas polvo enamorado.

Lo pensé (lo piensé, como decía mi nieto Jacobo) luego de ver la muy recomendada Divines (2016, producida por Netflix y dirigida por Uda Benyamina), donde la protagonista a quien se le recuerda la presencia de Dios en nuestras vidas dice con amargura y con apego al dictum bíblico: “Para Dios sólo somos polvo”.

 

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“¿Cómo impedir que una gota de agua se seque?”, dice, en caracteres propios de la región, el lado de una piedra en la película tibetana Samsara, dirigida por Pan Nalin, en 2001; en el otro está escrita la respuesta: “Arrojándola al mar”.

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Lo leí para uno de mis cursos (lo hubiera leído, claro, de cualquier modo; ya me eché los otros dos) y pensé no citar el libro aquí. Pero me gustaron varias ideas que, creo, pueden ser útiles para quien eventualmente me lea y escriba o tenga ganas de escribir literatura. Es el volumen 3, de la Obra crítica (Alfaguara, 1983), de Julio Cortázar.

La edición de Saúl Sosnowski reunió textos de distintos tiempos y de distintas finalidades (muchos de ellos son políticos). Sólo me referiré a aquellos que hablen del trabajo del escritor. Así, dice Cortázar en la página 41: “Jamás escribiré expresamente para nadie, minorías o mayorías, y la repercusión que tengan mis libros será siempre un fenómeno accesorio y ajeno a mi tarea”.

No es mi intención, pero al juntar las citas empieza a parecer un listado de consejos, nada desdeñables (p. 43): “En lo más gratuito que pueda yo escribir asomará siempre una voluntad de contacto con el presente histórico del hombre, una participación en su larga marcha hacia lo mejor de sí mismo como colectividad y humanidad”.

En respuesta a una crítica más dirigida a su fama pública y a su prolijidad de títulos, que a su compromiso de escritura, Cortázar escribe (p. 59): “Desafío a cualquiera a que demuestre que he escrito una sola línea por razones de compromisos editoriales; […] no es culpa mía que las coplas me vayan brotando como agua de manantial; y mucho menos que ahora haya muchísimos editores dispuestos a publicarlas. ¿Debería negárselas, debería quemar mis coplas, mis cuentos? Seamos serios, che”.

Dos ideas, que de algún modo son la misma: Página 202: “Escribir, cuando su producto merece llamarse literatura, será siempre un trabajo eminentemente individual y muchas veces solitario y hasta egoísta en su implacable y empecinada búsqueda de todas las posibilidades de la escritura” y, página 220: “Los escritores, aunque sean un producto obvio de los procesos culturales, se crean de alguna manera por su propia cuenta, encuentran su camino contra viento y marea”.

Mucho queda en el tintero, por supuesto.

Contactos: hectorcortesm@gmail.com

 

 

 

 

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