Tom Petty: el último baile de María Juana

Juan Pablo Zebadúa Carbonell

Hace algunos años, en el medio tiempo del Súper Bowl XLII, mientras los Pats de Nueva Inglaterra sufrían contra los Giants de New York, Tom Petty and The Heartbreakers subió al escenario del evento deportivo más visto del año. Antes de su aparición comentábamos con mis amigos que pocas bandas y artistas pop, los llamados “band stadium”, podían acceder ya al espacio selecto y mega mediático del Súper Bowl. Entonces, el güero Petty se acomodó su guitarra y tocó y canto ante millones de televidentes.

Ante el enorme foro donde estaba actuando, nadie sabía quien era este roquero. Al día siguiente toda la prensa prácticamente lo ninguneó; no le dieron el consabido elogio de los que actúan en esos espacios. Ni mis amigos superboleros (quiere decir fans casi psicóticos del Súper Bowl) le daban crédito para aparecer en el prestigiado medio tiempo. De hecho, creo que solo el público estadounidense ovacionó a Petty. Y yo. Desconocido para muchos, de culto para otros. Así son las retóricas de las figuras ajenas a las audiencias de masas.

En mi historia roquera, la primera conmoción la tuve al morir John Lennon. Escribía hace tiempo que ese hecho fue el fin de la inocencia de mi generación musical. La otra la tuve con el deceso de David Bowie, cuando mis emociones se doblegaron en el lapidario acto de entender que los genios, las figuras realmente importantes para el mundo artístico también se tienen que morir.

Ahora no se que pasó con Tom Petty. Para mi, entrañable su presencia en mis tiempos de estudiante, donde corear sus canciones igualaba a cierto ritual que antecedía la disposición de pasarla realmente bien. Un rock muy al estilo folk pero con muchas raíces resueltamente roqueras. Rock con alegría, sin cortapisas, sin la necesidad de intelectualizar cada acorde, cada sonoridad o cada estrofa de la lírica que, como buen músico, solían estar a la altura de la agudeza de Petty. Quizá por eso mi afición por este “desconocido” músico de Florida, por la claridad con que optó hacer rock directo, sin más pretensión que hacer vibrar con la misma capacidad de generar vitalidad. Y nos caen bien esas personas. Las que no se andan con las ramas para expresarse, así sea algo en lo que no estamos de acuerdo. Con esto quiero decir que realmente me dolió su pérdida.

Y vuelvo a quedar huérfano, por enésima vez, cuando surge la interrogante vital de nuestro paso por este mundo, pero hoy se hace más sensible por tratarse de un arte y  música que nos consagra a vivirla al modo que la sentimos. ¿Por qué los buenos se van? ¿Qué penitencia estamos pagando para sufrir a los indeseables, a los que no caben en la baraja de la verdadera sensación de vida que nos deja algo que nos complace hasta lo indecible?

Muy bien, aquí estamos de nuevo, tratando de explicar lo que no se puede, o lo que ya se dijo de muchas formas. Una vez dijimos que ya asistimos a la madurez del rock porque los padres fundadores o los iniciados se están yendo. Pero hay una necesidad de hacerlo palabras, porque si no es probable que Tom Petty pueda desvanecerse en los olvidos y eso es realmente lo que desaparece a las personas. Así que a festejar también el misterio que envuelve los fallecimientos y formar parte de la universalidad de la buena música.

En realidad escribo como un doliente más, no obstante que, como chiquillo, a veces no entendemos porque se van nuestros héroes. Y cada recuerdo, cada imagen que ahora nos llena de melancolía tiene que ser parte de algo más grandioso, no sabemos que es, pero permite dimensionar el hecho de querer honrar a los grandes, los nuestros, los que solo caben en un corazón pequeño como el mío, pero que cobija la inmensidad de las historias que están por cumplirse y donde todos podemos ser protagonistas.

 

El último baile de María Juana, una vez más para matar el dolor

siento el verano acercarse y de nuevo estoy cansado de este pueblo

cómprame un trago,

cántame una canción,

tómame como soy porque no me quedare mucho tiempo.

 

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