Desde la tierra caliente a Los Altos

© Convento e iglesia de San Jacinto de Polonia. Ocosingo, Chiapas (2017)

Sexta parte

El camino de veras que luce de primera, como ninguno de los practicados a lo largo del recorrido, aunque en absoluto muestra ninguna señalización, situación evidentemente comprensible. Escasas estaciones radioemisoras se encuentran en el dial de la radio, todas cristianas aunque no católicas. Salvo la sempiterna XEUI, establecida a principios de la década de los sesenta que, desde Comitán y siempre en el 800 de AM aún se percibe en este punto.

Pasan junto a un área descampada, antiguo bosque, lleno de tocones. Sobre ella hay dos aserraderos bien resguardados por el campamento azul, de la policía de Seguridad Pública del Estado, y sus barricadas de enfrente. Sigue la carretera, ahora hacia abajo y… continúan los anuncios rojinegros de pueblos y servicios zapatistas, especialmente aquí, en donde la vía pavimentada transcurre por en medio de quebradas, curvas y encañadas: una franja intrincada de montañas y vegetación espesa, en donde la arboleda es a mita y mita, de clima templado y selva, zona en donde la cartografía ubica siete elevaciones considerables, entre los 1400 y 2000 metros, todos cerros: Yalchitán, El Cedro, Chaljib, Nachaur, Tzajalchén, Sacaltón y Chintón.

Van en descenso desde hace rato y de pronto, ahora sí se encuentran con el famoso río Tzaconejá, afluente del Usumacinta en la selva, el mismo que serpentea desde Huixtán en el Occidente, y acarrea las aguas de los otrora enormes y majestuosos bosques del Carmen Yalchuch y Chanal. Atraviesan el río umbrío en esta parte, puente enmohecido por la humedad y la lluvia, y ya están a las puertas de la pequeña ciudad de Altamirano. Hoy enclave militar, comercial y geopolítico.

Nada nuevo desde finales de los noventa: su enorme campamento militar a la entrada, lado izquierdo; cuartel formal de la subregión castrense, en donde a diferencia de aquellos años, hoy, además de camiones y vehículos blindados, muestra algunos coches verde-olivo, seguramente de los mandos medios. Entran a lo de siempre: a su plaza céntrica, rodeada por la Presidencia Municipal, área de mercado e iglesia de San Carlos Borromeo, recién convertida Parroquia.

San Carlos, personaje en honor a quien originalmente el pueblo se llama así durante largo tiempo. Razón por la que sancarleños es el alias genérico de los oriundos de Altamirano.

Llama la atención de los paseantes, el enorme nido de antenas y parabólicas establecidas sobre el edificio del Ayuntamiento, comprensiblemente determinadas por la ubicación estratégica del enclave. Ello respecto de su geografía, las comunidades zapatistas circundantes y su entorno sociopolítico. Continúan ahora hacia Ocosingo, rumbo NNW, bordeando aquí, reminiscencias de lo que fue la Selva Lacandona. Topan nuevamente otro convoy militar artillado. Reconocen la localidad de Santa María las Flores. Más allá encuentran el desvío que lleva a Joaquín Miguel Gutiérrez y luego el entronque con la carretera que desde Ocosingo se interna a la selva, hacia el ESE, camino de San Miguel, la famosa Patihuitz y demás comunidades ubicadas en las inmediaciones del Tzaconejá, familiarmente conocido como el Primer Valle de Ocosingo.

 

La Habana en Ocosingo

Atraviesan finalmente Nuevo Paraíso y ya está ahí la zona conurbada de la ciudad, área citadina ensanchada a más no poder durante los últimos años: irreconocible en función de los años ochenta; cinturón urbano que incorpora todas las antiguas pequeñas localidades periféricas de Ocosingo, al igual que esta nueva e inmensa gasolinería, o los magníficos carriles ecuestres recién hermoseados, los que se observan a la derecha, aunque… a la izquierda siguen en su lugar los antros non sanctos, los prostíbulos de la ciudad.

Uno que llama la atención de Augusto, por sus colores de fiesta, es el Colegiala Night Club. En blanco, rojo y amarillo, festivo anuncia: “¡Este fin de semana, todo al 2×1! Venga. ¡Consiéntase!” y adelante continúa el lienzo charro bien conocido. Están finalmente en Ocosingo, todos exaltados; transitan por una de sus calles principales, son las tres y media de la tarde.

Se estacionan frente al restaurant inveterado, el de sus múltiples andanzas, Las Delicias. Quieren comer, pues ya el hambre les aprieta. Hay bohemias, tequila y cortes… ¡Gracias a Dios! exclama Augusto.

Ya acomodados y con el gaznate fresco, voltean ahora sí, hacia el paisaje del centro y… encuentran todo en su lugar: su fuente hexagonal antigua, sin comparación ninguna, ahora forma parte de la plaza, lo mismo que el kiosco. Hacia el Poniente se yergue igual que desde mediados de los ochenta, la “nuevo” edificio de la Presidencia Municipal. Sobre la cabecera de la plaza, continúa impertérrita la casa de San Jacinto de Polonia; igual como la contemplaron los viejos viajeros precedentes, quienes buscaban Yaxchilán y Palenque, el chicle o el palo de tinta, la caoba o a los lacandones mismos.

Todo el conjunto de la plaza sigue coronado por sus antiguos portales de exquisita arquería, mismos que ojalá algún día, sin embargo, sean completados por el lado Sur; o se animen a embellecer los ahí existentes.

Descuidada, desafortunadamente se observa la iglesia, al menos desde la perspectiva externa de los excursionistas, aunque hoy como desde su construcción, a mediados del siglo XVIII, luce encalada al igual que guarnecida por sus dos torrecillas laterales, su reloj decimonónico, las singulares hornacinas de su modesta fachada neoclásica —16 nichos en total, los han contado—, desprovistos de sus efigies, y algo en especial: su cubo-caracol, proveído de algún arco de resabio mudéjar.

De su artesonado interior de madera natural, por debajo del techo ¡Ni hablar!, pues es de muy buena factura, al igual que su ábside y altar central, ambos reconstruidos.

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

 

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