El regreso de Pablo Salazar

Pablo Salazar Mendiguchía, gobernador de la democracia moderna en Chiapas, está de vuelta para contender por una senaduría de forma independiente, en el bando que comanda Armando Ríos Pitter.

Batallador, inteligente, buen orador y polémico, el exmandatario se propone, después de haberse inscrito ayer en el INE, juntar 70 mil firmas en cuatro meses, una tarea que no debe ser imposible para él y su equipo.

Sin embargo, para ganar la senaduría Pablo Salazar deberá alcanzar cuando menos medio millón de votos, en un escenario muy distinto al que contendió en el 2000 cuando se vivía una efervescencia de despertar democrático.

Hoy, casi todo ha cambiado al haberse consolidado una ínsula clientelar de votos, con subasta de voluntades, de votantes y de partidos.

Pablo Salazar es, sin duda, el exgobernador con mejor imagen. Se puede dar la oportunidad de caminar por las calles de las ciudades y pueblos chiapanecos, de ser saludado y felicitado por ciudadanos comunes y corrientes.

Su campaña, sin embargo, corre riesgos. De crecer, le saltarían enemigos financiados por Juan Sabines, porque no permitiría que su enemigo principal, aquel a quien llamaba “papá”, regrese al Senado de la República. Sería un incordio en sus días de holganza después de su ruinosa administración estatal.

Foto tomada de su página de Facebook.

El objetivo que se ha autoimpuesto Salazar es realmente difícil de lograr. En 2012, Zoé Robledo se convirtió en senador con 466 mil 874 votos, como primera minoría, muy alejado de Ovidio Cortazar Ramos del PAN, quien obtuvo 286 mil 818 votos, y de Víctor Ortiz del Carpio, del Panal, con 81 mil 497 votos. Muy arriba quedaron Luis Armando Melgar Bravo y Roberto Albores Gleason, electos por mayoría relativa, con un millón cuatro mil 35 votos.

En 2018, los partidos que podrían anotarse senadores serían el PRI, el Verde y Morena, y es posible que todos ellos rebasen los 500 mil votos hipotéticamente requeridos.

No se ve que surja un escenario que favorezca la candidatura de Pablo Salazar, por más que se apele a su administración, que ha sido la mejor en lo que va del siglo XX y gran parte del siglo pasado.

Ese sector que tiene buenos recuerdos del gobierno de “Uno con todos” es de clasemedieros, residente de zonas urbanas. Ellos serían sus principales impulsores, pero son muy pocos ante la cada vez más diluida clase media.

Apelar al grueso de los habitantes, a los rehenes de despensas, programas sociales y víctimas de la subasta del voto, es un sueño en un Chiapas convertido en receptor de dádivas de los políticos.

Otro aspecto que afectará la campaña de Pablo Salazar será la fractura que creó entre sus excolaboradores. Hoy cuenta con los dedos de su mano a las personas con las que gobernó y con quienes mantiene amistad. A la mayoría decidió apartarlas y no siempre con razón.

La participación del exgobernador chiapaneco es una buena noticia para la democracia aún tambaleante en nuestro estado, porque podría denunciar el control que se ejerce sobre hombres y mujeres a través de programas sociales y de presiones diversas.

Su participación será muy positiva si es que se convierte una voz discordante del desastre que hemos vivido en Chiapas. Recordará continuamente los logros de su gobierno, hablará de su herencia, pero una herencia que él también contribuyó a destruir al apoyar a la gubernatura a Juan Sabines Guerrero

Su regreso, solo se entiende por su pasión política y su deseo por limpiar su nombre. Podría estar muy bien disfrutando de su pensión y su jubilación, pero a los 63 años, se ha enfundado su uniforme de obrero y ha decidido meterse al ruedo para lograr un escaño en el senado, que desde aquí lo veo prácticamente imposible.

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