Desde la tierra caliente a los altos

[Undécima parte] Don Rómulo es el padre y abuelo de todos. Le acompañan cuatro nietos, entre ellos una niña, vestida igual que los varones, aunque chapeada y linda a diferencia de aquellos. Todos dicen que su perro atiende a la voz Peña Nieto, que quien sigue dándole a la leña es su padre Encarnación, hijo de don Rómulo, y que su madre junto a una hermana suya, tía de los niños, “ahí andan abajo recogiendo moras”. Intentan especular con el viejo y lo logran, aunque a cucharadas. De donde queda claro que el punto sobre el cual se encuentran es el parteaguas de toda la región: hacia el Occidente quedan las montañas zoques, las del Mezcalapa; hacia el Noreste las montañas del Norte, rumbo de Palenque y Ocosingo, y a nuestras espaldas, rumbo Sur-Sureste las montañas de los Altos.

Dice don Rómulo que a punto estuvieron los andariegos de quedarse en Chibiltic, si les hubiese agarrado el aguacero que recién ha caído abajo. Con base en esta información, en su consulta al mapa que llevan y en la revisión posterior que hacen a las pequeñas cartas municipales del CEIEG, ellos concluyen: es urgente aquí mismo, antes que la gente acabe con todo este esplendor de montañas, bosques y fauna, establecer una reserva natural o una área de protección de los recursos bióticos y forestales, para preservar los saberes de la gente, y estimular el conocimiento y la memoria de las comunidades aledañas.

El polígono territorial de esta reserva debería ser formado, 1. Con el extremo SW del municipio de Yajalón, incluyendo las tierras de Chibiltic, Emiliano Zapata y El Recreo, hasta El Delirio y Linda Vista Vesubio, e incluso Santa Cruz El Palmar; 2. La extensa franja Noreste de Simojovel, desde Monte Tabor a Pueblo Nuevo Sitalá, rincón Noroeste en el que se encuentran; 3. La pequeña franja al extremo Sur exacto de Tila; 4. El extremo Sureste del municipio de Sabanilla, incluyendo los bosques de El Calvario, e igual, 5. El extremo ESE de Huitiupán, para incluir las tierras de las localidades Pabuchil Covadonga y Lázaro Cárdenas.

Esto sería, reflexionan, algo muy similar a lo que se hizo a principios de 1990, para formar la Reserva de la Biósfera El Triunfo sobre la Sierra Madre de Chiapas, tierras de los municipios de La Concordia, Siltepec, Montecristo de Guerrero, Jaltenango la Paz, Mapastepec, Acacoyagua, Escuintla y Villacorzo. Todo ello sobre una extensión de más de 119 mil hectáreas. En fin, expresa Augusto: ya veremos qué canal escucha esta llamada de auxilio, aunque mientras tanto, inician ahora mismo el descenso.

Dos campesinos van hacia abajo con sus respectivos tercios de leña a la espalda. Un tipo joven provisto de botas, sombrero de palma y morral de jarcia, va hacia arriba con un rifle 0.22 al hombro. Más abajo dos mujeres y un hombre, igual, llevan leña a cuestas, aunque las muchachas cargan sus atados sobre la cabeza. Una familia completa, sin ninguna carga ostensible, regresa seguramente de su parcela, pues llevan consigo machete, coa y azadón. Y en fin que llegan al primer paraje serrano de Simojovel: Pueblo Nuevo Sitalá, formado seguramente con inmigrantes del municipio de Sitalá, arracimado y sobrepuesto a la montaña.

Aunque la villa se asienta sobre el escalón del monte, hacia el Suroeste las casas intentan vencer el terrible relieve, el desnivel que en forma de quebrada baja hacia la encañada.

 Pueblos serranos. Comida exquisita.

En el lugar más eminente está su iglesia de láminas oxidadas y un solo campanario. Su calle principal, la de entrada y salida, se encuentra pavimentada con concreto desde hace cuatro años, según les explican, aunque igual que del lado en que vienen, casi toda la calle es utilizada como patio exterior de las viviendas apuñuscadas. Ahí mantienen sus animales y almacenan leña, madera, materiales de construcción, semillas, autos. Buscan con los ojos algún lugar en donde puedan darles de comer. Un restaurant es impensable en estos caseríos; igual que una fonda, una refresquería o una tienda de abarrotes bien surtida. Ya son casi las cuatro, por lo que continúan.

Algún vecino informa que Vinoté, el pueblo próximo, es algo más grande que éste, y que “ahí hay tiendas más surtidas”. Avanzan hacia allá y, efectivamente, encuentran no sólo aquello sino incluso una iglesia católica vieja, de muros de mampostería y techo de tejas rojas, ocres, negras, y hasta una “tienda escolar”. Quieren decir: de artículos escolares. Provisto de enfriadores de Pepsicola, teléfono, “recargas” e incluso internet.

Un tugurio sucio, salta a la vista. Oscuro y desaliñado, provisto de mesas y sillas azules, casi naturalmente una cantina. Preguntan de inmediato, pero no hay servicio. “Cerveza sí hay, sólo no hay tortilla mucho. Na’más pa’nosotros”, dice la señora que apenas si les responde, aunque tal vez la respuesta se deba a que no saben cómo preparar una comida urgente.

Van al tendejón de madera, provisto de dos estantes, un mostrador y dos enfriadores de la misma marca. Preguntan en el umbral de la puerta. Se ven a los ojos el hombre y la mujer, probablemente dueños del sitio, ambos jóvenes. Él pregunta qué desean comer y Clara igual, responde que… “Con que haya tortillas y frijolitos es suficiente… Seis huevos revueltos, dos para cada uno, y una latita de chiles”. Se ven los jóvenes patrones nuevamente a los ojos, entonces la mujer va a la cocina ubicada a mitad del patio, desde donde varias personas los escudriñan, los escuchan. Vuelve la joven, hablan probablemente cho’l o tzeltal y… finalmente responde el muchacho: “Sí hay su comida, señores. Setenta pesos por los tres. Ahí están las sillas. Van a esperar un ratito”.

La miscelánea mientras tanto se llena de niños. Ensayan su español y conversan con ellos. Hacen piruetas. Les confían sus apodos y… a cambio, doña Clara les regala dulces, e incluso tres manzanas rojas que conservan desde Tuxtla. Vienen los tres platos hondos, rebosantes de frijoles recién hervidos, calientes; en el propio sartén de peltre, en el que se han cocinado, van los huevos revueltos con cebolla y jitomates; aparte, la jovencita pone al centro el tol de las tortillas, y en otro plato igual, apetitosas se ven las rajas rojas de los chiles jalapeños. ¡Esta es la mejor comida del viaje, don Augus!, exclama Juan José. ¡Una delicia!

Retroalimentación porfas. cruzcoutino@gmail.com

© Cúspide de la montaña con Blanqui al centro. Linderos de Simojovel, Chiapas (2017).

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