Navidad y comensalía

Los humanos celebramos reunidos, en forma de ritual o fiesta, desde que tenemos conocimiento de nuestra existencia. Somos seres rituales que recordamos o deseamos lograr anhelos y propósitos. Es por ello que en estas fechas pueblos y ciudades de México, y de muchos lugares del mundo, recordaron el nacimiento de Cristo reunidos con familiares y amigos; y también recibirán el Año Nuevo como parte de una historia de rituales de renovación que marcan la entrada de otro ciclo temporal y de vida.

Muchas personas dan por sentada esta celebración sin preguntarse, tampoco es su obligación, los motivos que nos llevan a ese estar juntos alrededor de una mesa. Es evidente que quienes tienen sentimientos religiosos, además de ser practicantes de alguna adscripción religiosa que reconoce la existencia de Jesucristo, tendrán clara la conmemoración que significa la Natividad, la Navidad, es decir, el nacimiento del referente de la institución religiosa que más influencia ha tenido, y continúa expresando, en el mundo occidental.

México, a pesar de su temprana separación de poderes entre la Iglesia católica y el Estado producida en el siglo XIX, mantiene una amplia presencia de creyentes, aunque las formas de dicha creencia no siempre son acordes con las deseadas por esa institución religiosa. Misas o celebraciones en las casas particulares forman parte de ese recordatorio religioso que la Navidad establece, sin embargo, muchos de los festejos y de las reuniones de las personas emparentadas o unidas por algún tipo de lazo tienen que ver con la comensalía, con el comer juntos.

Una comensalía que para el diccionario de la Real Academia Española es algo muy conciso: “compañía de casa y mesa”, pero que en su origen etimológico ya remite a la idea de colectividad, de reunión dirigida a compartir comida y, lógicamente, también bebida. Una comensalía que se caracteriza por su periodicidad, es decir, porque se realiza en días y momentos concretos, como pueden ser las celebraciones de cumpleaños y la misma Navidad. Es así que esta forma de reunirse, de reunirnos, suele estar estructurada y establecida socialmente y siguiendo ciertas prescripciones de tiempo de desarrollo, lugar donde se efectúa y de las actividades que la componen. Se está, pues, ante una forma de comida institucionalizada que tiene poco de espontánea, aunque lo que ocurra en ella no siempre es controlable para los seres humanos que comparten una mesa.

Comemos y bebemos juntos para reconocernos y fijar nuestros vínculos, algo muy común en las festividades navideñas convertidas en un regocijo o un sufrimiento, dependiendo de las personas, alrededor de una mesa compuesta por los familiares. Sin ese comer y beber juntos seguramente no seríamos estos humanos, con todos nuestros defectos, que somos hoy.

Para los que sufren las institucionalización recordarles que la Navidad y el Año Nuevo siempre pasan, aunque regresan un año después; para quienes gozan esas festividades desearles ese disfrute con sus seres queridos.

En lo personal volveré hasta el año 2018 a escribir en Chiapas Paralelo. Mientras llega ese momento también tendré mis raciones de comensalía. Espero que los lectores, y el equipo de este medio informativo y de opinión, disfruten las suyas como espero hacerlo yo, y reciban el próximo año con los renovados ímpetus necesarios para ese rito de renovación que es el Año Nuevo.

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