Tuxtla, la sensación de desmoronamiento de una ciudad

A los habitantes de Tuxtla les ha llegado la sensación de inseguridad a través del robo a casas habitación, asalto a comercios y, en especial, de la muerte violenta de dos jóvenes. El 78 por ciento de los tuxtlecos, de acuerdo al Inegi, dice sentirse inseguro en la ciudad, y más si está en un cajero automático o en el transporte público.

Hay una percepción de desmoronamiento de la ciudad, una sensación de pérdida del control, de una derrota anticipada de las autoridades y posibles componendas con los delincuentes.

Si algo han atesorado las tuxtlecas en una ciudad en donde casi todos los servicios públicos funcionan a destiempo, es la relativa tranquilidad con que se puede vivir, con muy esporádicos asesinatos y levantones en las calles.

Por eso ha conmocionado lo sucedido a Gloria y a Adán;, además, porque eran parte de esa cultura del progreso clasemediero que brinda vitalidad a Tuxtla Gutiérrez, y porque vivían y enfrentaban la ciudad como la mayoría de los habitantes. Al esclarecimiento de la muerte de Adán se han sumado autoridades de la UNAM.

Eso no quiere decir que solo importen estos crímenes. Al contrario, al identificarse con estos hechos se reconocen los demás que han quedado ocultos, el de muertes anónimas pero no menos dolorosas, la de tres personas que mueren en Chiapas de forma violenta cada dos días. El año pasado sumaron 551. 

El sentimiento de inseguridad atraviesa todo el país, pero hay ciudades en donde alcanza el 90 por ciento  de sus habitantes como en las vecinas Villahermosa y Coatzacoalcos, en contraste con Mérida, en donde esta percepción baja al 27 por ciento.

El Observatorio Ciudadano de Seguridad y ChiapasLigaLab indican que el robo y los asaltos a negocios se están disparando al ritmo de lo que vivimos en 1997. Además, Tuxtla Gutiérrez ha incrementado en un seis por ciento los delitos relacionados con la extorsión, robo de vehículos, secuestros, robo a casa habitación y violación sexual.

Más allá de las cifras, un tema recurrente en las conversaciones y grupos de redes sociales es el tema de la inseguridad. No la mera inseguridad fantasma y lejana, sino la que tiene nombre y apellidos: el secuestro de un conocido, el robo a la casa o al negocio de un amigo. Por ejemplo, Subway Libramiento Sur ha sido tantas veces asaltado que sus empleados ya han perdido la cuenta de los atracos, y varios negocios de esa zona sufren la extorsión y la violencia cotidiana.

La manifestación de repudio ciudadano por la inseguridad es también por el sentimiento ciudadano que lo más preciado que ha tenido Tuxtla está por perderse: la paz relativa que han gozado sus habitantes, en una ciudad caótica, es cierto, pero hasta hace poco protectora de sus vidas.

En aquellos tiempos en que Juan Sabines se dedicó a comprar a diversos funcionarios de organismos internacionales para avalar su gobierno, Tuxtla recibió en Estocolmo el certificado de Ciudad Segura, la primera en México y la tercera en América Latina. Era raro que ahí no apareciera Mérida, la cual presenta los mejores indicadores de seguridad y habitabilidad.

Hoy sabemos que mucho de lo presumido no funcionaba o funcionaba a medias, como el programa de Taxista Vigilante, el Botón Negocio Seguro y el Sistema de Protección y Tratamiento de la Basura, porque para convertirse en Ciudad Segura se deben cubrirse varios requisitos de confort habitacional.

Tuxtla no es una ciudad sangrienta, como Chilpancingo o Reynosa, pero sus habitantes empezamos a sentir temor a ser asaltados, violentados o asesinados.

Este ambiente de inseguridad propicia también la circulación de noticias falsas, de falsos desaparecidos y falsos levantones. Exacerba también el ánimo ciudadano para culpar, venga o no al caso a las autoridades. Por supuesto, que tienen mayormente la culpa de ese camino al precipicio que lleva Tuxtla, pero es un trayecto que se ha trazado a lo largo de varios años de gobiernos corruptos.

Las señales son alarmantes, pero aún estamos a tiempo para no capitular ante la delincuencia. Urge retomar el buen gobierno en Tuxtla. Urge trazar planes sensatos e inteligentes de seguridad, con policías mejor remunerados y sistemas de vigilancia total. Perder la autoridad, el ejercicio real de gobernar trae sus consecuencias. En el poder no hay vacíos. Y el vacío que dejan las autoridades lo puede ocupar la delincuencia.

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